Por Max Gurian
A la Mujer Maravilla, ícono televisivo de fines de los 70 y comienzos de nuestra infancia, no se le conoce descendencia directa y, sin embargo, su lazo mágico ha concebido, desde entonces, un sinnúmero de reivindicaciones de género y no menos imputaciones sexistas, haciendo gala, para ello, de un atuendo de traza yanqui que la moda actual sólo admite en cumpleaños de un dígito, en inventarios de pornoshop con licencia para el comercio kitsch o, cual efecto de realidad, en las emisiones de cumbia sabatinas. Tan etéreas y evidentes como el avión de esta heroína impar, dos mujeres son el vehículo inconsulto de las pasiones puestas en juego por la comunidad de hombres que puebla La comemadre. Menéndez, Jefa de Enfermeras del Sanatorio Temperley, es el mudo objeto de deseo del cuerpo médico a cargo de la institución, grupo contemporáneo de las rimas modernistas de Leopoldo Lugones y adepto, como él, a las fuerzas extrañas, la depuración de la raza y el suicidio ritual. La académica Linda Carter, en cambio, será, un siglo más tarde, apenas un año atrás de acuerdo al calendario vigente, centro de mofa y estrategia crítica de un artista plástico local con pretensiones cosmopolitas. Ambas mujeres asistirán, desde el escenario o en un palco lateral, a las metamorfosis amorosas del Doctor Quintana y del joven creador sin nombre, voces cantantes de la narración que se empeñan en mezclar el registro de sus propias mutaciones con la descripción paciente de los experimentos límites que realizan con los otros.
Quiero hacer mía la queja que la doctoranda extranjera formula a modo de presentación en la novela. Dice (y cito): “Soy una mártir de la homonimia” (97). Como recordarán, Linda Carter es, de hecho, el nombre de la actriz que encarnó a la Mujer Maravilla en la serie mencionada, pero no así –hay que subrayarlo– el otro nombre del personaje, que sigue, a pie juntillas, la lógica identitaria dual de los superhéroes: para los amigos del barrio, entusiastas del olímpico Pierre Grimal, su nombre era, simplemente, Diana. Es en esa brecha constitutiva entre nombres y cuerpos, ya advertida, desde el título mismo de la publicación, en el anuncio de la revista Caras y Caretas que da cuerda y tono a la fábula de La comemadre, que Larraquy habrá de indagar, corrosivo, los modos de construcción de toda genealogía.
Si traigo a colación el drama nominal de la tesista norteamericana, conflicto de neto corte cartesiano –permítanseme la cacofonía y la insistencia en el dilema onomástico, cuestiones no ajenas a la biografía del mismo Roque–, si traigo a colación este drama, entonces, no es sólo por rigor hermenéutico ni por solidaridad corporativa con la compañera docente, sino mas bien porque un puñado de amigos del autor, reunidos todos aquí en la sala, hemos visto usurpados nuestros apellidos y nuestras miserias y endilgado el conjunto, con leves variantes, al elenco estable de la novela. Cada cual hará, en la circunstancia y modalidad que le resulte oportuna, la propia recriminación al escritor y a su impertinencia. En mi caso, el Doctor Gurian, miembro del coro médico, deja al descubierto mis cualidades más encantadoras: ampuloso y parco a la vez, en desacuerdo constante con los compañeros y sus propósitos y resultas, cínico por principio y hasta el fin. Como único atributo digno de mención, debo reconocer, mi otro yo cumple con eficacia la tarea de lector público de los protocolos experimentales del sanatorio, y lo hace con una dicción impecable que no puedo sino envidiarle, producto quizás de la biomecánica de su dentadura postiza, artilugio que no se priva de exhibir fuera del recinto de su boca y con el cual, digerido a medias el asado, mantiene conversaciones inefables.
Semejante afrenta, creo, me habilita a comentar sin reparo alguno las acciones perpetradas por mis colegas imaginarios y su instigador sajón, Míster Allomby, dueño y señor de la clínica bonaerense. Es éste quien les entrega a sus subordinados un documento, de procedencia desconocida y dudosa traducción, sobre la experiencia laboral de los verdugos europeos. Síntesis del documento leído: reflexión centenaria sobre una disciplina ejemplar. Ejemplo cabal de técnica, jurisprudencia y economía de recursos. Deontología paso a paso para una carrera exitosa y sin culpas al pie de la guillotina. Tratado de filosofía del derecho con apostillas piadosas en torno a la última visión de los condenados. Todo esto, y mucho más, puede leerse en esas pocas páginas, páginas que demuestran el talento presocrático de Larraquy para persuadirnos de la cientificidad de, diría, casi cualquier cosa y, más aun, para hacernos creer, a los legos y a los alópatas ficticios, que comprendimos, sí, que fuimos capaces de comprender los axiomas de partida, el razonamiento rector y la conclusión de llegada. También, por cierto, puede leerse ahí una idea descabellada defendida con celo por la praxis de los ejecutores: toda cabeza cercenada, afirman, tendría unos cuantos segundos de sobrevida. (Nótese, entre paréntesis, el cariz familiar y tradicionalista del escrito: es el legado de verdugos padres a hijos verdugos, un pasaje de postas que la novela, con admirables piruetas, reproduce entre sus dos historias, sin dejar de postular un entramado de ascendencias insospechadas.) La lectura argentina del texto foráneo, por ende, da rienda suelta a la voluntad de lucro profesional y monetario de los atentos escuchas; y estimula la competencia viril entre Quintana y su némesis, el memorable Papini, frenólogo aficionado y pretendiente de la fantasmática Jefa de Enfermeras.
Lejos de Hipócrates, en las inmediaciones de Lombroso y muy cerca del Petiso Orejudo, los médicos entienden que la mejor manera de prevenir la muerte de los pacientes terminales es adelantar su inminencia, y darles un empujoncito hacia el más allá. Se trata, en suma, de cortar cabezas, y a ver qué pasa, che. Considerando que tienen los propios cuellos a resguardo gracias al almidón de sus camisas, los facultativos se lanzan a la busca de cancerosos. Con el arpa en una mano y el estetoscopio en la otra, no encuentran demasiada resistencia en los dolientes. Apunta, al respecto, Quintana en su diario (cito): “La mayoría se deja convencer porque intuye un desafío científico argentino de dimensión mundial, y en esta efusión de patriotismo entregan el cuerpo. El clima de gesta favorece el sí fácil” (63).
Aleccionados, supongo, por el chauvinismo previo al primer Centenario, enardecidos por la literatura fantástica del Doctor Eduardo Holmberg, y munidos del imprescindible saber acerca del funcionamiento de la glotis que Wilde (también Eduardo y doctor) había desplegado en su tesis sobre el hipo décadas antes, ¿qué más cabía esperar de estos individuos? ¿Pruritos éticos? ¿Sentimientos humanitarios? Sea como fuere, cuando la pseudociencia del viejo continente llega a la pampa bovina y cuchillera se transforma, sin remedio, en “cosa ‘e mandinga” o en tecnología de punta, pero nunca permanece igual. En un país sin reyes ni sumos pontífices, la guillotina abandona la vertical y se recuesta sobre sí con cierta indolencia, y hasta con un sesgo democrático. El uso capital del suplicio francés deviene aquí un artefacto que tiende al gasto improductivo y cuya verdadera finalidad se ignora. De hecho, a pesar del entusiasmo general, la pesquisa metafísica propuesta tiene, en lo inmediato, resultados triviales. Las cabezas parlantes de los pacientes degollados sólo pronuncian, en los casos en que no se llaman a silencio, frases sin carga esotérica o meras palabras de circunstancia, dejando en evidencia, como mínimo, el contraste entre lo percibido y lo enunciado. El fracaso, se verá, tendrá su redención narrativa en la siguiente sección de La comemadre. En esta, entre otros dividendos colaterales, nos remite a la flamante invención del cine y busca descubrir, a través del corte de cabezas en serie, la velocidad exacta para producir la ilusión del movimiento realista en la pantalla; o nos deleita, a su vez, cuando Larraquy, con la elegancia que impone la locación y su notable pericia para el deslizamiento metonímico y el usufructo incesante de los elementos de la fábula, transfigura las consabidas cuchillas en patines para hielo en una multitudinaria escena de amor y de escarnio situada en el Palais de Glace.
Retengamos por último, de este primer relato de La comemadre, el esbozo de una teoría ontológica ligada a la falta, aventurado por Papini y consignado por Quintana (cito): “La hipótesis es que somos porque no somos todo lo que podríamos ser. Dicho de otra manera, señor director, el ser se funda en su falta de variedad, que es casi lo mismo que decir que existimos en y por el error” (82).
La segunda parte de la novela es mucho más breve, como conviene al mundo contemporáneo, puro vértigo y simultaneidad. No obstante, al igual que la anterior, aúna cortejo fúnebre y cortejo amoroso en el retrato de un artista adolescente fascinado por los espejos y la cópula homosexual. Mezcla, en partes iguales, de niño terrible y niño cobayo, el protagonista descubre pronto su excepcionalidad: posee talento gráfico para la reproducción de pinturas canónicas o miembros de la anatomía humana, y también una precoz capacidad para la ignominia. A los seis años, ante las cámaras de televisión de Canal 9, copia sin esfuerzo el Cristo de Mantegna en posición decúbito prono –un Cristo muerto–, y le hace, con idéntica maestría, un tacto rectal al niño canadiense que pretende llevarse los laureles catódicos en pugna. Con la adolescencia llega la obesidad, el deseo de inscribir su nombre (nunca pronunciado) en la piel de los otros, y la decisión de (cito) “dar vida al monstruo” (102). No se trata ya de medir y controlar la diferencia orgánica de posibles seres atávicos –prerrogativa de la clase dominante que inquietaba al Doctor Papini–, sino, por el contrario, de producir ese malestar clasificatorio, el desvío que pone en jaque la norma y la relación entre lo mismo y lo otro –estrategia de supervivencia viral de los estamentos sin medios–. Toda la biografía estética del joven y su relación erótica con los partenaires Lucio y Sebastián es una exasperación de la noción de doble que habrá de tornarse triple y única, como la santísima trinidad, en una vuelta de tuerca final.
Si hay algo monstruoso ¬–y lo hay– en la novela de Larraquy, no es tanto la sucesión de escenas de matarife ni la inmoralidad de los protagonistas sino la anomalía atribuida a todo origen, a toda creación, a toda identidad. La problemática se halla inscripta, desde el vamos, en la doble nomenclatura del término “comemadre”, tanto en el neologismo español como en sus vertientes siamesas anglosajonas (motherseeker y momsicker; 139), denominación paradójica que el narrador traduce como “buscamadre” y “enfermami”, respectivamente, y que no escaparía a la sagacidad filológica de Linda Carter. La múltiple denominación, por supuesto, responde a una indeterminación estructural, a la doble entidad biológica de la comemadre, perteneciente tanto al reino animal como al mundo vegetal.
La novela tiene, en resumen, dos modos de tratar la materia: el corte y la disolución. El primero remite a la guillotina y a lo quirúrgico; el siguiente, a los efectos químicos del fuego, a la implacable dieta sin carbohidratos y a las larvas de la comemadre. Lo que persiste, pese a todo, son los restos, las reliquias, los cadáveres y, en primer lugar, la lengua. De allí que se insista en la continuidad de los significantes desde la primera página. De los dúos galácticos imaginados por el pensamiento moderno, el tándem Saussure-Parravicini no deja de asombrar por su alto grado de perversión. Los epígrafes de la novela profetizaban ya el regreso triunfal, en esta segunda historia, de todas y cada una de las frases postreras que escuchamos de boca de los donantes. La comemadre es así una novela escatológica: indaga con ironía sobre el fin del hombre y de lo humano y lo hace, como corresponde, desde el cuarto de baño. Escatología por demás innovadora dado su proselitismo por la asepsia. Tarea para el hogar: identifique el lector las escenas que transcurren en baños y medite sobre su relevancia para el desarrollo de la trama. Algunas pistas, y sólo algunas: Papini localiza la diferencia femenina –su amenaza– en el uso arcano del bidet; hay quien descubre en ese cuarto las bondades del dulce de leche y quien intenta matarse ahí, durante la década infame, a punta de pistola; otros lloran y confiesan sus pesares a terceros.
¿Qué se transforma y qué subsiste en el pasaje de un siglo (1907) al otro (2009)? Con la lógica proliferante del cáncer, se retoman aquí los elementos ya empleados y se los vuelve a replicar una y otra vez. De la tentativa cientificista por atisbar el sentido del más allá pasamos a la mutilación como espectáculo y a una seguidilla de instalaciones grotescas y pop que olvidan el virtuosismo artesanal de la infancia y sacan provecho del escándalo mediático y de las regulaciones impuestas hoy por el mercado del arte. Pero ¡atención!, aun en este contexto, el descaro tiene límites claros de antigua cepa: la exposición anatómica de articulaciones humanas en las diversas obras concebidas por el artista coincide, de manera peculiar, con el retaceo de la imaginería sexual e, incluso, con un pudor sentimental exacerbado.
Tendrán presente todos el clásico truco “La serruchada”: una mujer, bella o con brillantina en los pómulos, se adentra en un receptáculo hermético de la mano del mago de turno y sonríe ampliamente mientras el hombre examina cerrojos, ajusta compuertas y blande un serrucho. El corte por la mitad es exacto y cada parte se exhibe como un todo. La novela procede de igual forma pero omite la catarsis final que la audiencia espera: las secciones de la caja no vuelven a juntarse y sus dimensiones y caracteres habrán de ser, fatalmente, distintos. El éxito de la empresa, me parece, reside, en efecto, en dejar las partes al descubierto para barajar y dar de nuevo, y volver a cortar, mediante una mixtura de géneros inusual en la literatura argentina reciente.
Y como creo percibir, de hecho, la sombra de una cuchilla en la nuca, anunciando mis últimos segundos, nada más diré sobre el destino amoroso y experimental de los protagonistas: deberán adquirir el libro y leerlo por cuenta propia. Pero dado que mi homónimo es un hombre docto que quedó, en la divisoria de aguas, del lado del mal, quizá no sea yo la víctima propiciatoria que cabría esperar esta noche sino, claro está, ustedes, los futuros lectores que se han acercado hasta aquí, dóciles y sin bufanda, para gozar del melodrama cáustico compuesto por el autor. Hago a un lado, entonces, el dedo censor de mi doble y dejo que la dentadura postiza que se me atribuye aplauda sin cesar sobre el escritorio, mientras me dispongo a ver cómo ruedan las cabezas y repito, para mis adentros: “¡A ver esa magia, Larraquy!”.
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Apostillas (el desborde)
Wednesday, January 05, 2011
Friday, June 05, 2009
Primeras páginas (V)
Antuca (novela)
de Raúl Castro
Miro los destellos de agua, el temblor de los reflejos, las ondas que se cruzan y bailotean, y es una red tan intrincada como mi memoria, tan impenetrable y misteriosa.
El muelle de madera podrida cruje siempre, con una queja monótona y vacía.
Así paso las horas y los días mirando el agua marrón, con olor a barro fermentado, a junco y a pescado.
Paso las horas y los días esperando mi nombre. Esperando que se abra ese telón pesado que me separa de mis recuerdos, y sepa quién soy. Que me diga quién carajo es este tipo que está sentado en este muelle crujiente de madera podrida, mirando el agua.
Mi historia termina del otro lado de la isla, donde los naranjales se encuentran con el río Luján, donde los camalotes se enganchan en el recodo de la orilla.
Allí me recogió Roberta y me arrastró por el yuyal y el colchón de naranjas caídas, me cargó por la escalera de troncos hasta la casilla y me dejó en su catre, como si hubiera pescado un hombre.
Roberta dice que hervía y que hablé mucho pero que no entendió lo que decía, que más bien era un lamento o un llanto, y que a veces me retorcía como un animal maniatado que estuvieran marcando.
Eso decía Roberta, y es toda mi prehistoria. A los tres días desperté violentamente, me sorprendí sentado sobre un catre, en una casilla precaria, con una mujer maciza, de cara aindiada, pómulos fuertes, pelo lacio y tez muy oscura, que me miraba desde un rincón, sentada en una silla de mimbre.
Dice que me sacó del río enredado en las ramas de un camalote, con las manos atadas con alambre de enfardar. Todavía tengo marcas rojas en las muñecas y heridas en el cuerpo que parecen quemaduras, y un horror impreciso y lejano que se mueve atrás de la niebla, más allá del naranjal.
En mi historia, por lo menos la que recuerdo, dependo de Roberta.
Los primeros días, cuando yo andaba receloso y sin ganas de vivir esa vida que no entendía, me alimentó, contra mi voluntad, con sopa de pescado y curó mis heridas con un líquido verde y pegajoso que preparó en un mortero.
Me ayudó a bajar la escalera para llegar a la letrina que está al pie de la casilla y me acompañó hasta el río para lavarme.
Siempre en silencio.
Roberta es de muy pocas palabras, pero un día, cuando mis músculos ya se habían tonificado, mis piernas me mantenían y mis brazos podían abrazar, me dijo: –Bueno, ahora sos mi hombre.
Hicimos el amor en el piso de madera de la casilla.
¿Por qué recuerdo el nombre de las cosas?
¿Por qué puedo hablar y expresarme y al mismo tiempo no recordar quién soy?
Hago chasquear un junco sobre el agua, rítmicamente, como queriendo romper la trama plateada que me separa del pasado.
Esperando una señal, un signo, alguna imagen que me permita reconstruirme.
No sé mi nombre ni mi cara. No hay espejo. Roberta dice que había uno y se rompió cuando la creciente se llevó a su Pedro, y que a ella no le interesa perder tiempo mirándose.
Mi cara se destruye en el agua del río.
La piel tiene memoria. Envuelto en Roberta me estalla el pasado como un fogonazo, como un pozo de aire.
Otras pieles, otros cuerpos, imágenes fragmentadas que trato de reconstruir pero que escapan como un sueño censurado.
Sus brazos me rodean para calmarme. Los mismos brazos fuertes que me cargaron cuando estaba medio muerto, pueden llevarme hasta mi pasado, creo.
Hoy descubrí que tengo ciertas habilidades. Arreglé el gasógeno.
Es un colector de gas de los pantanos muy primitivo. Dos tambores enfrentados que se desplazan uno dentro del otro con agua en el de abajo, acumulan el gas que asciende por un caño clavado en el suelo hasta dos o tres metros de profundidad. Hay tanta materia orgánica en descomposición que este sistema colecta el gas suficiente para un uso diario moderado. Desde que a Pedro se lo llevó la correntada no funcionaba y Roberta cocina con leña abajo de la casilla.
Roberta cree que ahora las cosas están en su lugar. Piensa que me voy a quedar con ella y que de alguna manera le pertenezco.
Yo miro el río. Sé que un día me iré por ese río, pero quisiera primero encontrar mi memoria, saber qué soy.
Roberta dice que si los que me tiraron al río saben que estoy vivo me van a venir a buscar, y creo que tiene razón.
–No es bueno que se esté en el muelle cuando pasan las lanchas –me recuerda.
Pienso que ella sabe más de lo que dice, y por ahora, hasta que mi memoria no se aclare no tengo más remedio que hacerle caso.
Pero es en el agua donde busco mi memoria. En ese tramado brillante espero que se forme alguna imagen de mi pasado.
–Hoy viene José –me dice–. Ni bien escuche el ruido de su lanchón, se mete en la casa y no se asoma.
Digo que sí, como un chico obediente.
–¿Fuma? –me pregunta, con el ceño fruncido.
–Negros –le digo, recordando.
Estoy escondido en la casilla, mirando por una ranura entre las tablas, porque llegó José.
Según parece, una vez por mes atraca su lanchón en el muelle y carga bolsas de naranjas, pieles de nutria o frascos de mermelada. Después negocia con Roberta. Es una larga discusión que termina pareciendo un juego de picardía, del que ninguno de los dos parece salir conforme. Pero José tiene las de ganar, porque trae de todo en el lanchón (yerba, azúcar, aceite, bebidas, cigarrillos, revistas) y como se basa en el trueque, se maneja más por las necesidades que por el costo real de la mercadería.
Cuando el lanchón de José se va, ayudo a Roberta a cargar las provisiones.
Entre las bolsas hay un cartón de Particulares y una botella de ginebra. Le agradezco con la mirada. Ni sonríe. Insondable.
Roberta es más misteriosa que mi memoria. Impone distancia, y un natural acatamiento.
Se mueve con majestuosa dignidad como si la casilla fuese una mansión y el fangal con olor a junco podrido un parque.
Me gusta verla trabajar. Su cuerpo voluminoso pierde densidad, y sus movimientos son livianos y eficaces, con esa solvencia de quien conoce bien el lenguaje de la materia.
La necesito.
Andar sin memoria es andar sin paredes. Estás desamparado y torpe, sin referencia. Sentís vértigo, y en algunas ocasiones la angustia te paraliza. En esos casos me acerco a Roberta, camino tras de ella como un perro porque mi mundo está solo dentro de su cono de sombra.
Reconozco su olor, sus deseos, algunos pensamientos, lo demas en Roberta es misterio. Un misterio de sombra húmeda, de presagio.
Estoy en la casilla pensando estas cosas, mientras ella anda por afuera, siempre en movimiento, siempre haciendo algo.
Cae la tarde y la luz en la pieza se vuelve irreal. Los últimos rayos del sol que filtra el sauce, pasan por el ventanuco y se reflejan en la madera rojiza y la luz parece un polvo leve que va cubriendo las cosas.
Estoy sentado en el sillón de mimbre, embargado de color y sombras, como mirando un viejo cuadro. Un cuadro visto muchas veces pero al que siempre se le encuentran matices, detalles, algún magnifico golpe de pincel.
Entra Roberta y se sorprende. Me imaginaba en el muelle, como siempre, esperando mi pasado.
–No se mueva –le digo–. Mire un poco más hacia la ventana.
Me hace caso.
La luz marca sus pómulos, la fuerza de sus rasgos, su belleza dura. Quiero tener una paleta y pintarla. Mis manos se acuerdan de pinceles y espátulas. Siento el olor del aceite y los pigmentos.
Recorro su figura detalle por detalle como si la viera por primera vez, tomándome todo el tiempo.
Ella sigue ahí, estática y majestuosa, dejándose mirar.
–Sáquese la ropa, Roberta –digo con seguridad, y es la primera vez que le doy una orden.
Se quita la bata y la deja con cuidado sobre el catre.
–Vuelva a la posición que estaba. Mire un poco más hacia acá.
Nunca había visto su cuerpo desnudo. Cuando hicimos el amor siempre era oscuro, siempre una tarea nocturna.
Ahora su cuerpo esta aquí, potente, absorbiendo la luz amarillenta.
Los brazos musculosos cuelgan inertes y la punta de sus dedos tocan apenas la tela del calzón que cubre su abultado vientre y sus carnosas nalgas. Los muslos bajan macizos como columnas de bronce, como seguras pinceladas de amarillo sobre marrón.
El pasado mordisquea mis entrañas. Gotas de sudor me recorren la cara y gotean por mi mentón.
–Sáquese el corpiño, Roberta.
Obedece. Sus senos se vuelcan, generosos, amplios. Los pezones erguidos color rosa morado sobre el amarillo. El toque de espátula. El temblor del óleo en la sombra del seno. El olor a aceite y a transpiración.
–Sáquese todo.
Afloja la cinta que le ciñe la cintura, y se baja el calzón. Lo hace despacio y con seriedad.
Le pido que se ponga en cuclillas, que se lleve la mano derecha a la nuca y que apoye la mano izquierda en el suelo. Su rodilla se flexiona y su espalda se curva hasta que los pezones tocan sus piernas.
La realidad tiene la textura del óleo. La luz en Roberta se vuelve profunda y vigorosa, y el amarillo enrojece en las sombras, en los rincones húmedos, en los pliegues oscuros de su cuerpo.
De pronto me veo como en un espejo, frente a esa mujer en cuclillas, con un pincel en una tela imaginaria.
Escapo de la casilla porque siento un vacío que me traga. Corro hasta el muelle. Hasta el límite de mi realidad, donde comienza el agua de la memoria, los brillos indescifrables.
Estoy llorando.
Me siento sobre los troncos podridos y enciendo un cigarrillo.
Mientras fumo, anochezco con el río.
Miro hacia la casilla. Roberta encendió el sol de noche y está escamando un surubí para la cena.
de Raúl Castro
Miro los destellos de agua, el temblor de los reflejos, las ondas que se cruzan y bailotean, y es una red tan intrincada como mi memoria, tan impenetrable y misteriosa.
El muelle de madera podrida cruje siempre, con una queja monótona y vacía.
Así paso las horas y los días mirando el agua marrón, con olor a barro fermentado, a junco y a pescado.
Paso las horas y los días esperando mi nombre. Esperando que se abra ese telón pesado que me separa de mis recuerdos, y sepa quién soy. Que me diga quién carajo es este tipo que está sentado en este muelle crujiente de madera podrida, mirando el agua.
Mi historia termina del otro lado de la isla, donde los naranjales se encuentran con el río Luján, donde los camalotes se enganchan en el recodo de la orilla.
Allí me recogió Roberta y me arrastró por el yuyal y el colchón de naranjas caídas, me cargó por la escalera de troncos hasta la casilla y me dejó en su catre, como si hubiera pescado un hombre.
Roberta dice que hervía y que hablé mucho pero que no entendió lo que decía, que más bien era un lamento o un llanto, y que a veces me retorcía como un animal maniatado que estuvieran marcando.
Eso decía Roberta, y es toda mi prehistoria. A los tres días desperté violentamente, me sorprendí sentado sobre un catre, en una casilla precaria, con una mujer maciza, de cara aindiada, pómulos fuertes, pelo lacio y tez muy oscura, que me miraba desde un rincón, sentada en una silla de mimbre.
Dice que me sacó del río enredado en las ramas de un camalote, con las manos atadas con alambre de enfardar. Todavía tengo marcas rojas en las muñecas y heridas en el cuerpo que parecen quemaduras, y un horror impreciso y lejano que se mueve atrás de la niebla, más allá del naranjal.
En mi historia, por lo menos la que recuerdo, dependo de Roberta.
Los primeros días, cuando yo andaba receloso y sin ganas de vivir esa vida que no entendía, me alimentó, contra mi voluntad, con sopa de pescado y curó mis heridas con un líquido verde y pegajoso que preparó en un mortero.
Me ayudó a bajar la escalera para llegar a la letrina que está al pie de la casilla y me acompañó hasta el río para lavarme.
Siempre en silencio.
Roberta es de muy pocas palabras, pero un día, cuando mis músculos ya se habían tonificado, mis piernas me mantenían y mis brazos podían abrazar, me dijo: –Bueno, ahora sos mi hombre.
Hicimos el amor en el piso de madera de la casilla.
¿Por qué recuerdo el nombre de las cosas?
¿Por qué puedo hablar y expresarme y al mismo tiempo no recordar quién soy?
Hago chasquear un junco sobre el agua, rítmicamente, como queriendo romper la trama plateada que me separa del pasado.
Esperando una señal, un signo, alguna imagen que me permita reconstruirme.
No sé mi nombre ni mi cara. No hay espejo. Roberta dice que había uno y se rompió cuando la creciente se llevó a su Pedro, y que a ella no le interesa perder tiempo mirándose.
Mi cara se destruye en el agua del río.
La piel tiene memoria. Envuelto en Roberta me estalla el pasado como un fogonazo, como un pozo de aire.
Otras pieles, otros cuerpos, imágenes fragmentadas que trato de reconstruir pero que escapan como un sueño censurado.
Sus brazos me rodean para calmarme. Los mismos brazos fuertes que me cargaron cuando estaba medio muerto, pueden llevarme hasta mi pasado, creo.
Hoy descubrí que tengo ciertas habilidades. Arreglé el gasógeno.
Es un colector de gas de los pantanos muy primitivo. Dos tambores enfrentados que se desplazan uno dentro del otro con agua en el de abajo, acumulan el gas que asciende por un caño clavado en el suelo hasta dos o tres metros de profundidad. Hay tanta materia orgánica en descomposición que este sistema colecta el gas suficiente para un uso diario moderado. Desde que a Pedro se lo llevó la correntada no funcionaba y Roberta cocina con leña abajo de la casilla.
Roberta cree que ahora las cosas están en su lugar. Piensa que me voy a quedar con ella y que de alguna manera le pertenezco.
Yo miro el río. Sé que un día me iré por ese río, pero quisiera primero encontrar mi memoria, saber qué soy.
Roberta dice que si los que me tiraron al río saben que estoy vivo me van a venir a buscar, y creo que tiene razón.
–No es bueno que se esté en el muelle cuando pasan las lanchas –me recuerda.
Pienso que ella sabe más de lo que dice, y por ahora, hasta que mi memoria no se aclare no tengo más remedio que hacerle caso.
Pero es en el agua donde busco mi memoria. En ese tramado brillante espero que se forme alguna imagen de mi pasado.
–Hoy viene José –me dice–. Ni bien escuche el ruido de su lanchón, se mete en la casa y no se asoma.
Digo que sí, como un chico obediente.
–¿Fuma? –me pregunta, con el ceño fruncido.
–Negros –le digo, recordando.
Estoy escondido en la casilla, mirando por una ranura entre las tablas, porque llegó José.
Según parece, una vez por mes atraca su lanchón en el muelle y carga bolsas de naranjas, pieles de nutria o frascos de mermelada. Después negocia con Roberta. Es una larga discusión que termina pareciendo un juego de picardía, del que ninguno de los dos parece salir conforme. Pero José tiene las de ganar, porque trae de todo en el lanchón (yerba, azúcar, aceite, bebidas, cigarrillos, revistas) y como se basa en el trueque, se maneja más por las necesidades que por el costo real de la mercadería.
Cuando el lanchón de José se va, ayudo a Roberta a cargar las provisiones.
Entre las bolsas hay un cartón de Particulares y una botella de ginebra. Le agradezco con la mirada. Ni sonríe. Insondable.
Roberta es más misteriosa que mi memoria. Impone distancia, y un natural acatamiento.
Se mueve con majestuosa dignidad como si la casilla fuese una mansión y el fangal con olor a junco podrido un parque.
Me gusta verla trabajar. Su cuerpo voluminoso pierde densidad, y sus movimientos son livianos y eficaces, con esa solvencia de quien conoce bien el lenguaje de la materia.
La necesito.
Andar sin memoria es andar sin paredes. Estás desamparado y torpe, sin referencia. Sentís vértigo, y en algunas ocasiones la angustia te paraliza. En esos casos me acerco a Roberta, camino tras de ella como un perro porque mi mundo está solo dentro de su cono de sombra.
Reconozco su olor, sus deseos, algunos pensamientos, lo demas en Roberta es misterio. Un misterio de sombra húmeda, de presagio.
Estoy en la casilla pensando estas cosas, mientras ella anda por afuera, siempre en movimiento, siempre haciendo algo.
Cae la tarde y la luz en la pieza se vuelve irreal. Los últimos rayos del sol que filtra el sauce, pasan por el ventanuco y se reflejan en la madera rojiza y la luz parece un polvo leve que va cubriendo las cosas.
Estoy sentado en el sillón de mimbre, embargado de color y sombras, como mirando un viejo cuadro. Un cuadro visto muchas veces pero al que siempre se le encuentran matices, detalles, algún magnifico golpe de pincel.
Entra Roberta y se sorprende. Me imaginaba en el muelle, como siempre, esperando mi pasado.
–No se mueva –le digo–. Mire un poco más hacia la ventana.
Me hace caso.
La luz marca sus pómulos, la fuerza de sus rasgos, su belleza dura. Quiero tener una paleta y pintarla. Mis manos se acuerdan de pinceles y espátulas. Siento el olor del aceite y los pigmentos.
Recorro su figura detalle por detalle como si la viera por primera vez, tomándome todo el tiempo.
Ella sigue ahí, estática y majestuosa, dejándose mirar.
–Sáquese la ropa, Roberta –digo con seguridad, y es la primera vez que le doy una orden.
Se quita la bata y la deja con cuidado sobre el catre.
–Vuelva a la posición que estaba. Mire un poco más hacia acá.
Nunca había visto su cuerpo desnudo. Cuando hicimos el amor siempre era oscuro, siempre una tarea nocturna.
Ahora su cuerpo esta aquí, potente, absorbiendo la luz amarillenta.
Los brazos musculosos cuelgan inertes y la punta de sus dedos tocan apenas la tela del calzón que cubre su abultado vientre y sus carnosas nalgas. Los muslos bajan macizos como columnas de bronce, como seguras pinceladas de amarillo sobre marrón.
El pasado mordisquea mis entrañas. Gotas de sudor me recorren la cara y gotean por mi mentón.
–Sáquese el corpiño, Roberta.
Obedece. Sus senos se vuelcan, generosos, amplios. Los pezones erguidos color rosa morado sobre el amarillo. El toque de espátula. El temblor del óleo en la sombra del seno. El olor a aceite y a transpiración.
–Sáquese todo.
Afloja la cinta que le ciñe la cintura, y se baja el calzón. Lo hace despacio y con seriedad.
Le pido que se ponga en cuclillas, que se lleve la mano derecha a la nuca y que apoye la mano izquierda en el suelo. Su rodilla se flexiona y su espalda se curva hasta que los pezones tocan sus piernas.
La realidad tiene la textura del óleo. La luz en Roberta se vuelve profunda y vigorosa, y el amarillo enrojece en las sombras, en los rincones húmedos, en los pliegues oscuros de su cuerpo.
De pronto me veo como en un espejo, frente a esa mujer en cuclillas, con un pincel en una tela imaginaria.
Escapo de la casilla porque siento un vacío que me traga. Corro hasta el muelle. Hasta el límite de mi realidad, donde comienza el agua de la memoria, los brillos indescifrables.
Estoy llorando.
Me siento sobre los troncos podridos y enciendo un cigarrillo.
Mientras fumo, anochezco con el río.
Miro hacia la casilla. Roberta encendió el sol de noche y está escamando un surubí para la cena.
Wednesday, February 25, 2009
Condición de las flores, de Mario Bellatin
Por Ariel Schettini
Para negar la sentencia que diagnostica que los argentinos somos pedantes y altaneros, contamos con una serie (estoy tentado de decir: un ramillete) de visitantes ilustres que han apostrofado a los argentinos de modos diversos. No me refiero a los ya célebres “viajeros del siglo XIX” –aunque podría incluir en esta lista a los “naturalistas” (porque algo de naturalista hay en la obra que nos convoca), sino a aquellos que durante el siglo XX no han cesado de hacer de esta pobre patria un hogar que demandó de ellos epítetos y exhortaciones, títulos y advertencias.
En el año 1932, Borges adjudicó la autoría de la definición del efecto geográfico astronómico de la pampa (la vastedad del horizonte) a uno de los tantos “visitantes ilustres” de Victoria Ocampo, Pierre Drieu La Rochelle. En su paso por Argentina, antes de su “conversión” al nazismo, dijo la frase que es relatada por Borges así: “(...) recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica (...)” (Revista Sur, Nro. 349.)
No muchos años después, en una de sus conferencias en la Universidad de La Plata, Ortega y Gasset, otro visitante ilustre, nos calificó de modos varios (en todas sus versiones uno podría decir que eran formas educadas y finas de decir que los argentinos eran haraganes…). Pero lo hizo con un argumento de la “Geografía Humana”: Ortega miró la vasta llanura pampera y percibió que en esa inmensidad que se hundía había algo de la idiosincrasia argentina: la idea de un país cuyo valor consistía en ser una pura promesa que jamás se habría de realizar. Como Ortega y Gasset era filósofo, creyó que una palabra suya era suficiente para cambiar ese destino ya trazado en la orografía y decidió poner manos a la obra y hacer del relieve pampeano un desafío que su sola voz habría de transformar como un terremoto: “Argentinos, a las cosas”, rezó, para la sabiduría o el misterio nacional.
Seguramente hubo otros, pero hoy me preocupa agregar uno más a la lista: la semana pasada, invitados por la Fundación que dirige Arturo Carrera, un grupo de artistas e intelectuales fuimos a conocer el proyecto de Estación Pringles. Conocimos la Estación de Quiñihual, donde pronto habrá una residencia de artistas, que en el medio de la pampa podrán ver florecer su obra, protegidos por la hospitalidad de otros artistas. Allí, Arturo Carrera confrontó a Mario Bellatin con el Paisaje chato, uniforme e indudablemente rico, y el Autor de Condición de las flores dijo su frase para el bronce.
Ajeno a la historia de extranjeros que lo precedían, dijo aquello que los argentinos esperan que se diga cuando se coteja a un foráneo con esa rareza del relieve pampeano.
Como en todos los casos en los que habla, casi sin intención o fingiendo espontaneidad, Bellatin inauguró la lista ilustre del siglo XXI.
El hombre miró la llanura, y luego de una meditación corta y bajo el rayo del sol que nos doblegada, pronunció las palabras. Dijo (y aquí la entrego para la meditación colectiva): “¡Qué verde es casi todo!”.
Desafiado por esa voz, apenas atiné a pensar en este libro nuevo de Bellatin, “Condición de las flores”, en su novela, “Flores”, en todos los lugares de su obra donde la naturaleza y la cultura son puestas en estado de contradicción. “Condición de las flores” (la condición de las flores es una contradicción de las flores: existen para reproducir a la especie y las arrancamos para adornar el espacio; o: atraen por su belleza en el momento en que agonizan…) es un libro más y es una miscelánea de textos (un ramillete), pero ¿qué querrá decir la palabra “miscelánea” en la obra de Bellatin, que está apenas construida, o que está siempre en una estado o de proceso de inacabamiento o, como dijo otro crítico, de “despojo”? Su obra habla sobre lo que queda. Lo que queda de un despojo esencial que dejó a los textos en fragmentos, en cachos, en partes y en ruinas que no se pueden rearmar.
“Que verde es casi todo”, dijo. Y mientras lo miraba caminar por esa especie de vacío que es la pampa, pensaba que de alguna manera el “efecto Bellatin” sobre la cultura argentina es tan pregnante porque nada le conviene más a nuestra literatura, en la que el exotismo es un estado de las cosas continuo. Bellatin sería un caso de exotismo radical: sus personajes son extranjeros adentro de sus cuerpos y su único vínculo con la verdad de sí es que se ven a sí mismos como lo que queda de un despojo esencial.
Un exotismo que hace de lo raro el espacio donde se respira. Pero se respira con asma, por efecto de un exilio constante en el que los personajes viven su relación consigo mismos.
De modo que para la obra de Bellatin no hay extranjería ni aduana ni documento de identidad. Aquello de lo que se habla siempre está desubicado, siempre es deforme, y siempre está fuera de la norma.
Por eso no se puede hablar de miscelánea, porque el procedimiento de su escritura se arma a partir de la yuxtaposición de objetos o de partes que provienen de un todo imposible. Como si se quisiera volver a armar un nuevo juguete partiendo de piezas de varios, otros distintos: se une la cabeza con las ruedas y los ojos se atan a un tractor. En el caso de Bellatin, el asombro ocurre porque a esas piezas yuxtapuestas las vemos funcionar y caminar.
El niño de Condición de la flores debería haber jugado, pero a los diez años escribió su primer libro (objeto y juguete), que sólo sirvió para escándalo de sus mayores. Entre el juguete y la obra algo que tiene que ver con bestias institucionalizadas, con animales serviles o perros de vidas heroicas fue suficiente para crear la primera máquina que funciona en el mismo lugar donde muestra su monstruosidad.
No hay miscelánea porque tampoco nunca hubo novela. En el sentido estricto de la palabra. Como no hay literatura en Bellatin, podríamos decir, sino objetos como juguetes con el poder siniestro de una cuerda infinita o instalaciones artísticas verbales que no necesitan de las claves clásicas de la literatura (personajes, enigma, intriga, situaciones, parámetros espacio/temporales), apenas las marcas del soporte (que en “Condición de las flores” parecen escritas por otro personaje de Bellatin): largos prolegómenos que indican cómo fue hallado este texto y en qué condiciones estaba cuando fue encontrado:
Este relato ocupa 6 páginas mecanografiadas o es un dactiloscrito o fue enviada por correo electrónico en hojas lisas de 21 x 30 cms… fue enviado a... en el momento de su creación… datamos esta etapa de elaboración en hojas de papel con sello que dice ¡Calidad Atlas Industria peruana… doblado en 4 : el primer doblez forma un pliego de 21,7 por 30,7 cms…!
Como si se tratara de un autor o de un artista muy viejo cuya obra es rescatada en un palimpsesto, como si el texto existiera por efecto de una búsqueda y la investigación científica, y que lo único que presenta como enigma al lector es una pregunta que no se escribe pero que en todos esos prolegómenos se interrogan lo mismo que los personajes, héroes o perros: ¿Por qué existo?
Ni miscelánea ni novela, ni fragmento ni caso científico. Flores, que solamente para que vivan con nosotros se arrancarán de cuajo. Los restos de una novela contada, en otra parte, allá lejos en la pampa, donde todo (casi todo) es verde, y lo que no es verde son las flores o es el Estado. Es decir, lo que agoniza y el momento en que agoniza entiende que vive, y lo que vive es solamente lo que duele, y lo que duele apenas comienza, está muy verde, como todo o casi todo lo que es.
Noviembre de 2008
Para negar la sentencia que diagnostica que los argentinos somos pedantes y altaneros, contamos con una serie (estoy tentado de decir: un ramillete) de visitantes ilustres que han apostrofado a los argentinos de modos diversos. No me refiero a los ya célebres “viajeros del siglo XIX” –aunque podría incluir en esta lista a los “naturalistas” (porque algo de naturalista hay en la obra que nos convoca), sino a aquellos que durante el siglo XX no han cesado de hacer de esta pobre patria un hogar que demandó de ellos epítetos y exhortaciones, títulos y advertencias.
En el año 1932, Borges adjudicó la autoría de la definición del efecto geográfico astronómico de la pampa (la vastedad del horizonte) a uno de los tantos “visitantes ilustres” de Victoria Ocampo, Pierre Drieu La Rochelle. En su paso por Argentina, antes de su “conversión” al nazismo, dijo la frase que es relatada por Borges así: “(...) recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica (...)” (Revista Sur, Nro. 349.)
No muchos años después, en una de sus conferencias en la Universidad de La Plata, Ortega y Gasset, otro visitante ilustre, nos calificó de modos varios (en todas sus versiones uno podría decir que eran formas educadas y finas de decir que los argentinos eran haraganes…). Pero lo hizo con un argumento de la “Geografía Humana”: Ortega miró la vasta llanura pampera y percibió que en esa inmensidad que se hundía había algo de la idiosincrasia argentina: la idea de un país cuyo valor consistía en ser una pura promesa que jamás se habría de realizar. Como Ortega y Gasset era filósofo, creyó que una palabra suya era suficiente para cambiar ese destino ya trazado en la orografía y decidió poner manos a la obra y hacer del relieve pampeano un desafío que su sola voz habría de transformar como un terremoto: “Argentinos, a las cosas”, rezó, para la sabiduría o el misterio nacional.
Seguramente hubo otros, pero hoy me preocupa agregar uno más a la lista: la semana pasada, invitados por la Fundación que dirige Arturo Carrera, un grupo de artistas e intelectuales fuimos a conocer el proyecto de Estación Pringles. Conocimos la Estación de Quiñihual, donde pronto habrá una residencia de artistas, que en el medio de la pampa podrán ver florecer su obra, protegidos por la hospitalidad de otros artistas. Allí, Arturo Carrera confrontó a Mario Bellatin con el Paisaje chato, uniforme e indudablemente rico, y el Autor de Condición de las flores dijo su frase para el bronce.
Ajeno a la historia de extranjeros que lo precedían, dijo aquello que los argentinos esperan que se diga cuando se coteja a un foráneo con esa rareza del relieve pampeano.
Como en todos los casos en los que habla, casi sin intención o fingiendo espontaneidad, Bellatin inauguró la lista ilustre del siglo XXI.
El hombre miró la llanura, y luego de una meditación corta y bajo el rayo del sol que nos doblegada, pronunció las palabras. Dijo (y aquí la entrego para la meditación colectiva): “¡Qué verde es casi todo!”.
Desafiado por esa voz, apenas atiné a pensar en este libro nuevo de Bellatin, “Condición de las flores”, en su novela, “Flores”, en todos los lugares de su obra donde la naturaleza y la cultura son puestas en estado de contradicción. “Condición de las flores” (la condición de las flores es una contradicción de las flores: existen para reproducir a la especie y las arrancamos para adornar el espacio; o: atraen por su belleza en el momento en que agonizan…) es un libro más y es una miscelánea de textos (un ramillete), pero ¿qué querrá decir la palabra “miscelánea” en la obra de Bellatin, que está apenas construida, o que está siempre en una estado o de proceso de inacabamiento o, como dijo otro crítico, de “despojo”? Su obra habla sobre lo que queda. Lo que queda de un despojo esencial que dejó a los textos en fragmentos, en cachos, en partes y en ruinas que no se pueden rearmar.
“Que verde es casi todo”, dijo. Y mientras lo miraba caminar por esa especie de vacío que es la pampa, pensaba que de alguna manera el “efecto Bellatin” sobre la cultura argentina es tan pregnante porque nada le conviene más a nuestra literatura, en la que el exotismo es un estado de las cosas continuo. Bellatin sería un caso de exotismo radical: sus personajes son extranjeros adentro de sus cuerpos y su único vínculo con la verdad de sí es que se ven a sí mismos como lo que queda de un despojo esencial.
Un exotismo que hace de lo raro el espacio donde se respira. Pero se respira con asma, por efecto de un exilio constante en el que los personajes viven su relación consigo mismos.
De modo que para la obra de Bellatin no hay extranjería ni aduana ni documento de identidad. Aquello de lo que se habla siempre está desubicado, siempre es deforme, y siempre está fuera de la norma.
Por eso no se puede hablar de miscelánea, porque el procedimiento de su escritura se arma a partir de la yuxtaposición de objetos o de partes que provienen de un todo imposible. Como si se quisiera volver a armar un nuevo juguete partiendo de piezas de varios, otros distintos: se une la cabeza con las ruedas y los ojos se atan a un tractor. En el caso de Bellatin, el asombro ocurre porque a esas piezas yuxtapuestas las vemos funcionar y caminar.
El niño de Condición de la flores debería haber jugado, pero a los diez años escribió su primer libro (objeto y juguete), que sólo sirvió para escándalo de sus mayores. Entre el juguete y la obra algo que tiene que ver con bestias institucionalizadas, con animales serviles o perros de vidas heroicas fue suficiente para crear la primera máquina que funciona en el mismo lugar donde muestra su monstruosidad.
No hay miscelánea porque tampoco nunca hubo novela. En el sentido estricto de la palabra. Como no hay literatura en Bellatin, podríamos decir, sino objetos como juguetes con el poder siniestro de una cuerda infinita o instalaciones artísticas verbales que no necesitan de las claves clásicas de la literatura (personajes, enigma, intriga, situaciones, parámetros espacio/temporales), apenas las marcas del soporte (que en “Condición de las flores” parecen escritas por otro personaje de Bellatin): largos prolegómenos que indican cómo fue hallado este texto y en qué condiciones estaba cuando fue encontrado:
Este relato ocupa 6 páginas mecanografiadas o es un dactiloscrito o fue enviada por correo electrónico en hojas lisas de 21 x 30 cms… fue enviado a... en el momento de su creación… datamos esta etapa de elaboración en hojas de papel con sello que dice ¡Calidad Atlas Industria peruana… doblado en 4 : el primer doblez forma un pliego de 21,7 por 30,7 cms…!
Como si se tratara de un autor o de un artista muy viejo cuya obra es rescatada en un palimpsesto, como si el texto existiera por efecto de una búsqueda y la investigación científica, y que lo único que presenta como enigma al lector es una pregunta que no se escribe pero que en todos esos prolegómenos se interrogan lo mismo que los personajes, héroes o perros: ¿Por qué existo?
Ni miscelánea ni novela, ni fragmento ni caso científico. Flores, que solamente para que vivan con nosotros se arrancarán de cuajo. Los restos de una novela contada, en otra parte, allá lejos en la pampa, donde todo (casi todo) es verde, y lo que no es verde son las flores o es el Estado. Es decir, lo que agoniza y el momento en que agoniza entiende que vive, y lo que vive es solamente lo que duele, y lo que duele apenas comienza, está muy verde, como todo o casi todo lo que es.
Noviembre de 2008
Thursday, January 15, 2009
Primeras páginas (IV)
Todo esto será tuyo (novela)
de Augusto Bianco
1
–El tren venía por el espacio abriendo el universo. Verdetierra, verdetierra, laguna y cielo, desparramo de pájaros, alambrado y silencio. Sin saberlo, entraba en un mundo que sería mío... De la estación, hicimos campo hasta una paré altísima. Todo parecía quieto, muerto, sin lugar. Nos hicieron pasar. Movieron papeles, suelas, palabras. Isa me dijo: hijo, aquí van a enseñarte a ser un hombre de bien. Me dio un beso y se fue. Nunca más la vi.
–Tuvo que viajar... Ya te contaré.
–En el dormitorio me mostraron: tu cama, tu pilcha, tu ropero, tu número, el ciento once. Resinación y obediencia. Ciega, me dicieron. Quitaron la luz que me estaba desvistiendo. Para apurarme, el celador me tiró un bollo. Como me reí, ligué otro. Como me reí más, otro. Resultado: terminé en el piso y el tipo me zapateó completo. Los pibes, a zafarrancho.
–¿De qué te reías?
–No sé. Ha de ser la drenamina.
–La adrenalina...
–Eso... Entra un dogor, con voz de pito pone todos a callar y me revolea escalera abajo. De los pelos. En el patio empieza a meterme trompadas de sangre. Reíte ahora uno uno uno feto de mil putas. Al final, me metió un gargajo y yo le batí: gracias, vieja.
–¿Por?
–No sé. Venía perdedor. No sabía que me podía reasionar... En enfermería supe que al inflado le decían Clara Boya; que cuando lo veían venir los pibes se hacían encima, entonces iba por otro; que había un par de monguis que habían quedado así por los piñazos del bufa; que con el único que no se metía era con uno que se llamaba Chatarra; que al dire le decían Cangrejo por la cara de curda. Eso supe por el Moncho, un correntino gorgojo, trucha de mulita. Buenazo. Contaba que la vieja lo había parido prematurro. De gramos. Que lo cagó y se fue. Que para salvarlo la partera se lo enchaconó y lo crió ahí calientito calientito. Que le daba teta ahí abajo direto y que cuando al final lo desconchó se vio que se le había formado otro umbligo. Único humano con dos umbligos mostraba levantando la pilcha.
Ella lo miró torcido.
–Bueno, después me batió la justa... Éste, me lo hizo la vieja que me parió y éste otro es un cuarenticincazo que me chantó la yuta. Lo que esplica por qué además era el único humano con umbligo a la espalda.
–¿Lo balearon?
–De lado a lado. El viejo, que no era el viejo sino el punto de la partera, cansado de tanto conche y desconche se lo alquiló a un circo para que lo tirara a cañón. Un día se le cayó del cielo a un policía que lo confundió con estraterrestre por lo fulero y lo balió. Resultado, el cirquero lo devolvió por inservible y el punto de la partera al concebirlo difunto lo encajonó para basura. Pero esa noche se raja el cielo, se desmadra el río y el jonca con el pibe se va Paraná abajo y le entra por la ventana a una curandera que recibe el cadáver a medio hacer...
–¡Qué historia!
–...La mano santa se lo disputa a la parca, lo retorna a la esistencia y se lo vende al mismo circo, mire usté, como el único humano nacido dos veces que en realidá eran tres. Y ¡vuelta a cañonearlo! Y ahí, basta. El Moncho se espianta definitivo, en camalote, río abajo como quien va en bote a mano y remando... En el Purga, pasó, como todos, por el buzón, el desierto...
–¿El desierto?
–Montañas de arena en cuadros de madera, dejando siempre uno libre. Cuando el Cangrejo viene y me dice saque a pasear las montañas, yo le contesto, oiga, ¿está en pedo? Y el tipo: acá el pedo es salú y me manda derecho al buzón, un roperito de entrar parado. Días. Encima, cuando te abren te caés y como no podés caminar te mueven a rebencazos. Total, que te cuidás.
Ella pasó el mate.
–¿La escuela funcionaba?
–Funcionó dos años, con la Yeguasa. Le decíamos así por yegua santa. Yo me hice gente con ella... Un día le confío: no tengo recostadero. Y ella: todos tenemos en el mundo un lugar reservado nuestro que nadie ocupará jamás. ¿Ha de creerme?
–Comonó.
–Y cuál es ese lugar, pregunto. Tendrá que descubrirlo, me dice. Me enseñó a tenerme respeto. Y paciencia... El másimo tesoro no es el dinero, es la intensidá de la mirada, decía, la curiosidá. El pior enemigo del pobre es la vergüenza, vergüenza de preguntar, de no saber. No se dice pa', se dice para; no se dice lo' libro', se dice losss librosss. Cada vez que alguno decía: y yo qué sé, ella contestaba: todo niño es un sabio que no sabe que sabe. ¡Nos rompecabeceaba, la guacha! ¿Y saben por qué sabe aunque no sepa? Porque quiere aprender. Nunca afirmaba: esplicaba preguntado. La sigo viendo en su despedida... Yo casi no la escuchaba porque la venía palando para adentro, almacenándola para el invierno. Al final, como pasando raya y sumando dijo: hay dos tipos de tiempo, en uno de esos tiempos no hay despedidas ni dolores. Ahí los espero. Abrió la puerta y se mandó... Como nadando.
Oscurecía.
–...La hallaba igualita a la virgen María. Pintada. Pero no ha de ser porque al tiempo agarró cría. Ésa fue, se malicia, la razón de su partida. Por sentir la paz que en su calor despedía, con el Cabeza hacíamos tarde en biblioteca...
–¿Quién es el Cabeza?
–Mineti, mi hermano.
–Si vos no tenés hermanos.
–Hay hermanos que se hacen, y valen doble, triple. El Cabezón es mi hermano. Me leía. Nos perdíamos en las historias... tanto, que cuando sonaba la campana salíamos tembleques.
–Y de mis visitas, ¿te acordás?
–Cómo no me voy a acordar. Cuando me dicieron tenés visita se me aflojaron las patas. Tenía miedo que fuera Isa. Que me sacara.
–¿No querías salir?
–¿Está loca?
–Hablabas tan poco...
–Usté traía un dulce de leche envuelto en papel blanco, atado con hilo blanco a un manguito de madera blanca, marcado a fuego como las vacas, donde se leía "Confitería París"... Después, no vino más.
–Enfermé... El frío, esas horas de tren, y yo tan chacabuca.
–¿Usté la veía a Isa?
–Le había pedido tu tenencia.
–¿Qué le contó de mí?
–No mucho. Vos sabés, es de pocas palabras.
–Yo soy distinto, Sara...
–Sos como todos.
–No. En el Purga me decían Piltra, por Piltrafa. Un día... Chatarra me manda llamar. Él hacía cuartel en la cancha de paleta. Así que a vos te gusta que te den felpa, te gusta el fracaso, y movía el faso de un lado para el otro con la lengua. Bueno, te voy a dar el gusto, te voy a fracasar para siempre, pero no a vos, a tu colifa. Andá sabiendo, me alesionó, que todos llevamos dentro un colifato, un mostro descerebrado y caníbal. Para ser alguien hay que hacerlo mierda, ¿cuadrás?, bien mierda. Si no, él te hace mierda a vos. Así que, aprontate. Para mí, ese día no termina de pasar... A cada mano que me metía se me soltaba el cuerpo y tras el cuerpo lalma. Cuando el Chata paró yo estaba a la miseria, pero él no andaba mejor. Los pibes me alzaron: Pil-tra-fa... Pil-tra-fa... Ni mierda me voy a olvidar ese día... Tenés las manos pesadas y el cuerpo firme habló y todos escucharon, pero para incrustarle al Clara Boya las astillas de la napia contra la nuca te falta yel, odio, cemento. Todo podrás si te lo propones. Son muchos los que quieren patinar sobre esa bolsa de pus.
Ella se levantó y encendió la luz.
–¿Y en taller, qué hacían?
–Carpintería, torno... Pero lo que más me gustaba era huerta, gracias a las enseñanzas del tío Tuto. ¿Usté lo conoció?
–Apenas.
–Un tipazo. Gracias a él, me hicieron capaz.
–...Capataz...
–Eso. Palar, abrir el mundo, dejar las lumbrices pataleando. Eso aserena. Viene como una respiración de ahí.
de Augusto Bianco
1
–El tren venía por el espacio abriendo el universo. Verdetierra, verdetierra, laguna y cielo, desparramo de pájaros, alambrado y silencio. Sin saberlo, entraba en un mundo que sería mío... De la estación, hicimos campo hasta una paré altísima. Todo parecía quieto, muerto, sin lugar. Nos hicieron pasar. Movieron papeles, suelas, palabras. Isa me dijo: hijo, aquí van a enseñarte a ser un hombre de bien. Me dio un beso y se fue. Nunca más la vi.
–Tuvo que viajar... Ya te contaré.
–En el dormitorio me mostraron: tu cama, tu pilcha, tu ropero, tu número, el ciento once. Resinación y obediencia. Ciega, me dicieron. Quitaron la luz que me estaba desvistiendo. Para apurarme, el celador me tiró un bollo. Como me reí, ligué otro. Como me reí más, otro. Resultado: terminé en el piso y el tipo me zapateó completo. Los pibes, a zafarrancho.
–¿De qué te reías?
–No sé. Ha de ser la drenamina.
–La adrenalina...
–Eso... Entra un dogor, con voz de pito pone todos a callar y me revolea escalera abajo. De los pelos. En el patio empieza a meterme trompadas de sangre. Reíte ahora uno uno uno feto de mil putas. Al final, me metió un gargajo y yo le batí: gracias, vieja.
–¿Por?
–No sé. Venía perdedor. No sabía que me podía reasionar... En enfermería supe que al inflado le decían Clara Boya; que cuando lo veían venir los pibes se hacían encima, entonces iba por otro; que había un par de monguis que habían quedado así por los piñazos del bufa; que con el único que no se metía era con uno que se llamaba Chatarra; que al dire le decían Cangrejo por la cara de curda. Eso supe por el Moncho, un correntino gorgojo, trucha de mulita. Buenazo. Contaba que la vieja lo había parido prematurro. De gramos. Que lo cagó y se fue. Que para salvarlo la partera se lo enchaconó y lo crió ahí calientito calientito. Que le daba teta ahí abajo direto y que cuando al final lo desconchó se vio que se le había formado otro umbligo. Único humano con dos umbligos mostraba levantando la pilcha.
Ella lo miró torcido.
–Bueno, después me batió la justa... Éste, me lo hizo la vieja que me parió y éste otro es un cuarenticincazo que me chantó la yuta. Lo que esplica por qué además era el único humano con umbligo a la espalda.
–¿Lo balearon?
–De lado a lado. El viejo, que no era el viejo sino el punto de la partera, cansado de tanto conche y desconche se lo alquiló a un circo para que lo tirara a cañón. Un día se le cayó del cielo a un policía que lo confundió con estraterrestre por lo fulero y lo balió. Resultado, el cirquero lo devolvió por inservible y el punto de la partera al concebirlo difunto lo encajonó para basura. Pero esa noche se raja el cielo, se desmadra el río y el jonca con el pibe se va Paraná abajo y le entra por la ventana a una curandera que recibe el cadáver a medio hacer...
–¡Qué historia!
–...La mano santa se lo disputa a la parca, lo retorna a la esistencia y se lo vende al mismo circo, mire usté, como el único humano nacido dos veces que en realidá eran tres. Y ¡vuelta a cañonearlo! Y ahí, basta. El Moncho se espianta definitivo, en camalote, río abajo como quien va en bote a mano y remando... En el Purga, pasó, como todos, por el buzón, el desierto...
–¿El desierto?
–Montañas de arena en cuadros de madera, dejando siempre uno libre. Cuando el Cangrejo viene y me dice saque a pasear las montañas, yo le contesto, oiga, ¿está en pedo? Y el tipo: acá el pedo es salú y me manda derecho al buzón, un roperito de entrar parado. Días. Encima, cuando te abren te caés y como no podés caminar te mueven a rebencazos. Total, que te cuidás.
Ella pasó el mate.
–¿La escuela funcionaba?
–Funcionó dos años, con la Yeguasa. Le decíamos así por yegua santa. Yo me hice gente con ella... Un día le confío: no tengo recostadero. Y ella: todos tenemos en el mundo un lugar reservado nuestro que nadie ocupará jamás. ¿Ha de creerme?
–Comonó.
–Y cuál es ese lugar, pregunto. Tendrá que descubrirlo, me dice. Me enseñó a tenerme respeto. Y paciencia... El másimo tesoro no es el dinero, es la intensidá de la mirada, decía, la curiosidá. El pior enemigo del pobre es la vergüenza, vergüenza de preguntar, de no saber. No se dice pa', se dice para; no se dice lo' libro', se dice losss librosss. Cada vez que alguno decía: y yo qué sé, ella contestaba: todo niño es un sabio que no sabe que sabe. ¡Nos rompecabeceaba, la guacha! ¿Y saben por qué sabe aunque no sepa? Porque quiere aprender. Nunca afirmaba: esplicaba preguntado. La sigo viendo en su despedida... Yo casi no la escuchaba porque la venía palando para adentro, almacenándola para el invierno. Al final, como pasando raya y sumando dijo: hay dos tipos de tiempo, en uno de esos tiempos no hay despedidas ni dolores. Ahí los espero. Abrió la puerta y se mandó... Como nadando.
Oscurecía.
–...La hallaba igualita a la virgen María. Pintada. Pero no ha de ser porque al tiempo agarró cría. Ésa fue, se malicia, la razón de su partida. Por sentir la paz que en su calor despedía, con el Cabeza hacíamos tarde en biblioteca...
–¿Quién es el Cabeza?
–Mineti, mi hermano.
–Si vos no tenés hermanos.
–Hay hermanos que se hacen, y valen doble, triple. El Cabezón es mi hermano. Me leía. Nos perdíamos en las historias... tanto, que cuando sonaba la campana salíamos tembleques.
–Y de mis visitas, ¿te acordás?
–Cómo no me voy a acordar. Cuando me dicieron tenés visita se me aflojaron las patas. Tenía miedo que fuera Isa. Que me sacara.
–¿No querías salir?
–¿Está loca?
–Hablabas tan poco...
–Usté traía un dulce de leche envuelto en papel blanco, atado con hilo blanco a un manguito de madera blanca, marcado a fuego como las vacas, donde se leía "Confitería París"... Después, no vino más.
–Enfermé... El frío, esas horas de tren, y yo tan chacabuca.
–¿Usté la veía a Isa?
–Le había pedido tu tenencia.
–¿Qué le contó de mí?
–No mucho. Vos sabés, es de pocas palabras.
–Yo soy distinto, Sara...
–Sos como todos.
–No. En el Purga me decían Piltra, por Piltrafa. Un día... Chatarra me manda llamar. Él hacía cuartel en la cancha de paleta. Así que a vos te gusta que te den felpa, te gusta el fracaso, y movía el faso de un lado para el otro con la lengua. Bueno, te voy a dar el gusto, te voy a fracasar para siempre, pero no a vos, a tu colifa. Andá sabiendo, me alesionó, que todos llevamos dentro un colifato, un mostro descerebrado y caníbal. Para ser alguien hay que hacerlo mierda, ¿cuadrás?, bien mierda. Si no, él te hace mierda a vos. Así que, aprontate. Para mí, ese día no termina de pasar... A cada mano que me metía se me soltaba el cuerpo y tras el cuerpo lalma. Cuando el Chata paró yo estaba a la miseria, pero él no andaba mejor. Los pibes me alzaron: Pil-tra-fa... Pil-tra-fa... Ni mierda me voy a olvidar ese día... Tenés las manos pesadas y el cuerpo firme habló y todos escucharon, pero para incrustarle al Clara Boya las astillas de la napia contra la nuca te falta yel, odio, cemento. Todo podrás si te lo propones. Son muchos los que quieren patinar sobre esa bolsa de pus.
Ella se levantó y encendió la luz.
–¿Y en taller, qué hacían?
–Carpintería, torno... Pero lo que más me gustaba era huerta, gracias a las enseñanzas del tío Tuto. ¿Usté lo conoció?
–Apenas.
–Un tipazo. Gracias a él, me hicieron capaz.
–...Capataz...
–Eso. Palar, abrir el mundo, dejar las lumbrices pataleando. Eso aserena. Viene como una respiración de ahí.
Tuesday, December 09, 2008
Sagasti dominical
Luis Sagasti diseccionó concienzudamente Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, para su presentación bahiense. A continuación, el texto completo:
Los domingos son para dormir, declara Sonia Budassi, de entrada nomás, en el título de su colección de cuentos. Pese a la fuerza del enunciado, no se trata de una certeza propia de un "acto de fe", como se titula su primer cuento, ni una declaración de principios sino, antes bien, la constatación visceral de que algo se ha partido, se ha roto y que es imposible componerlo.
Estos domingos donde hay que dormir, eran, me animo a decir, la zona del tiempo donde se ponía de manifiesto la verdad de un orden arrancado a la barbarie; los domingos constituían (y aún constituyen, claro, con cierta devaluación) el día asignado a la actualización del orden consagrado, o sea liberado del peso de la historia, de la transmutación. Los domingos, cifra de lo inmutable, la van de Parménides. Religión, familia y tradición comulgan en amalgama. La misa, la reunión familiar frente a la mesa (el asado, la pasta de la vieja), el fútbol de la tarde, la vuelta del perro que constata la vigencia del orden conseguido. Los domingos como el panóptico que bien analizaba Foucault: constatación, vigilancia, sanción.
Los incómodos cuentos de Sonia, cuyo sistema nervioso se funda en un formidable sentido del ritmo, niegan esa tríada constituyente de un modo de ser, de una identidad, de un lugar de pertenencia. Acaso sea en el domingo donde mejor se ve un país, una cultura. El resto de los días el trabajo globaliza, la búsqueda de la renta nos hace ciudadanos del mundo.
Los cuentos, como dije antes, dan testimonio de que estos tres pilares se han hecho añicos o se encuentran en vías de. A diferencia de la narrativa norteamericana que lo que muestra es apenas el indicio de un drama que se soslaya, la famosa teoría de la punta del iceberg que John Cheever y Raymond Carver elevaron a cotas casi insuperables, Sonia se interna por ese lugar en donde el iceberg se ha quebrado. No le interesa tanto qué es lo que subyace tras la eterna sonrisa Kolynos de la familia frente al televisor, sino los perfiles agrietados que el témpano ha dejado al desprenderse de la barrera de hielos.
Del mismo modo rehuye del costumbrismo o, si leemos bien, inaugura acaso un costumbrismo de las grietas. Veamos. No hay un andar por el borde, pese a que hay desplazamientos, deslizamientos sobre lo estipulado, lo socialmente convenido, los domingos; digamos que sus cuentos no bordean el filo sino que sencillamente se instalan en las grietas de una sociedad cuyos valores instituidos, el núcleo que fundamenta identidades, señala pertenencias, exige reconocimientos, se ha deshilachado. Sexo, familia, resguardo, intimidades, constituyen tópicos que uno a uno la autora deconstruye mediante un proceso de revisión acrítica, indolente, como al descuido, sabiendo antes que muchos, cuáles son los colores de los nuevos paisajes.
“No existe mayor amparo que el que te brinda tu peluquero de toda la vida”, se lee en "Las cosas que brillan a mi alrededor", por si queda alguna duda de lo que decimos.
Todos los cuentos están narrados en primera persona y en tiempo presente. Dan la impresión de ser muy viscerales, confesiones arrancadas a la fuerza, pero no nos engañemos. Habitante de un mundo desencantado, no hay ninguna ingenuidad ni apresuramiento. El frecuente uso del paréntesis, el sustantivo sin artículo por ejemplo, son procedimientos mediante el cual las narradoras toman distancia de la partida donde se han jugado las tripas. Advierten que todo es una puesta en escena. Un gran teatro. Cotillón. Maquillaje que se ha corrido. Vestuario muy vintage. Cito: “La justicia es un caracol que se resguarda a si mismo, de vez en cuando deja marcas en el piso.” Pero darse cuenta de eso, de vivir en un mundo de duplicaciones y simulacros, no escatima el sufrimiento. Será una ilusión el mundo, como dicen los hindúes, pero, mierda, como pican los mosquitos imaginarios.
En este mundo de frontera, que no es ya la barrera de hielo como tampoco el iceberg que se aleja, todo se encuentra fuera de su lugar, fuera de las normas: el estudiante al que se le venció la visa, los hermanos sin padre del formidable "Seis menos dos", el vacilar de los sentimientos, la ambigüedad sexual, la fantasía de un amor duro como los diamantes, soledad y exclusión como el más próximo de los temores, el quedar fuera de concurso. (El cuento "Roomates" es una pequeña y angustiosa maravilla). Estos desplazamientos, que bien pueden intercambiar toxinas con los cuentos del malogrado Foster Wallace –recordar a La chica del pelo raro- genera un estado de irrealidad, una niebla fosforescente, algo que brilla y oscurece al mismo tiempo.
En esta serie de relatos, poblados de observaciones letales como latigazos, encontramos a una buceadora profunda de lo que la insignificancia ha hecho con nosotros o acaso sea al revés: de cómo lo profundo nos transforma por momentos en algo insignificante. La fortaleza de semejante ambigüedad es algo que como lectores debemos agradecerle.
Los domingos son para dormir, declara Sonia Budassi, de entrada nomás, en el título de su colección de cuentos. Pese a la fuerza del enunciado, no se trata de una certeza propia de un "acto de fe", como se titula su primer cuento, ni una declaración de principios sino, antes bien, la constatación visceral de que algo se ha partido, se ha roto y que es imposible componerlo.
Estos domingos donde hay que dormir, eran, me animo a decir, la zona del tiempo donde se ponía de manifiesto la verdad de un orden arrancado a la barbarie; los domingos constituían (y aún constituyen, claro, con cierta devaluación) el día asignado a la actualización del orden consagrado, o sea liberado del peso de la historia, de la transmutación. Los domingos, cifra de lo inmutable, la van de Parménides. Religión, familia y tradición comulgan en amalgama. La misa, la reunión familiar frente a la mesa (el asado, la pasta de la vieja), el fútbol de la tarde, la vuelta del perro que constata la vigencia del orden conseguido. Los domingos como el panóptico que bien analizaba Foucault: constatación, vigilancia, sanción.
Los incómodos cuentos de Sonia, cuyo sistema nervioso se funda en un formidable sentido del ritmo, niegan esa tríada constituyente de un modo de ser, de una identidad, de un lugar de pertenencia. Acaso sea en el domingo donde mejor se ve un país, una cultura. El resto de los días el trabajo globaliza, la búsqueda de la renta nos hace ciudadanos del mundo.
Los cuentos, como dije antes, dan testimonio de que estos tres pilares se han hecho añicos o se encuentran en vías de. A diferencia de la narrativa norteamericana que lo que muestra es apenas el indicio de un drama que se soslaya, la famosa teoría de la punta del iceberg que John Cheever y Raymond Carver elevaron a cotas casi insuperables, Sonia se interna por ese lugar en donde el iceberg se ha quebrado. No le interesa tanto qué es lo que subyace tras la eterna sonrisa Kolynos de la familia frente al televisor, sino los perfiles agrietados que el témpano ha dejado al desprenderse de la barrera de hielos.
Del mismo modo rehuye del costumbrismo o, si leemos bien, inaugura acaso un costumbrismo de las grietas. Veamos. No hay un andar por el borde, pese a que hay desplazamientos, deslizamientos sobre lo estipulado, lo socialmente convenido, los domingos; digamos que sus cuentos no bordean el filo sino que sencillamente se instalan en las grietas de una sociedad cuyos valores instituidos, el núcleo que fundamenta identidades, señala pertenencias, exige reconocimientos, se ha deshilachado. Sexo, familia, resguardo, intimidades, constituyen tópicos que uno a uno la autora deconstruye mediante un proceso de revisión acrítica, indolente, como al descuido, sabiendo antes que muchos, cuáles son los colores de los nuevos paisajes.
“No existe mayor amparo que el que te brinda tu peluquero de toda la vida”, se lee en "Las cosas que brillan a mi alrededor", por si queda alguna duda de lo que decimos.
Todos los cuentos están narrados en primera persona y en tiempo presente. Dan la impresión de ser muy viscerales, confesiones arrancadas a la fuerza, pero no nos engañemos. Habitante de un mundo desencantado, no hay ninguna ingenuidad ni apresuramiento. El frecuente uso del paréntesis, el sustantivo sin artículo por ejemplo, son procedimientos mediante el cual las narradoras toman distancia de la partida donde se han jugado las tripas. Advierten que todo es una puesta en escena. Un gran teatro. Cotillón. Maquillaje que se ha corrido. Vestuario muy vintage. Cito: “La justicia es un caracol que se resguarda a si mismo, de vez en cuando deja marcas en el piso.” Pero darse cuenta de eso, de vivir en un mundo de duplicaciones y simulacros, no escatima el sufrimiento. Será una ilusión el mundo, como dicen los hindúes, pero, mierda, como pican los mosquitos imaginarios.
En este mundo de frontera, que no es ya la barrera de hielo como tampoco el iceberg que se aleja, todo se encuentra fuera de su lugar, fuera de las normas: el estudiante al que se le venció la visa, los hermanos sin padre del formidable "Seis menos dos", el vacilar de los sentimientos, la ambigüedad sexual, la fantasía de un amor duro como los diamantes, soledad y exclusión como el más próximo de los temores, el quedar fuera de concurso. (El cuento "Roomates" es una pequeña y angustiosa maravilla). Estos desplazamientos, que bien pueden intercambiar toxinas con los cuentos del malogrado Foster Wallace –recordar a La chica del pelo raro- genera un estado de irrealidad, una niebla fosforescente, algo que brilla y oscurece al mismo tiempo.
En esta serie de relatos, poblados de observaciones letales como latigazos, encontramos a una buceadora profunda de lo que la insignificancia ha hecho con nosotros o acaso sea al revés: de cómo lo profundo nos transforma por momentos en algo insignificante. La fortaleza de semejante ambigüedad es algo que como lectores debemos agradecerle.
Monday, September 22, 2008
Primeras páginas (III)
¿Vos me querés a mí? (novela)
de Romina Paula
¿Vos me querés a mí?
–No, yo lo que te quería decir... A ver, esperá, no sé cómo decírtelo, lo estoy pensando ahora, ¿eh? A ver... No, eso. Bueno, nada, que el otro día me quedé pensando. ¿Viste cuando me preguntaste lo del ascensor?
–Sí...
–No, esperá, eso no fue, ¿qué era lo que me habías dicho antes, esa palabra que me molestó, cuál era?
–¿Guachita?
–No... ¿Eso me dijiste?
–Sí...
–No, no era eso, era otra cosa peor...
–No, era guachita...
–¿En serio? ¿Y yo me enojé por eso? No puede ser... Bueno, no importa, la cosa es que me quedé pensando y la verdad que no sé si sirve de algo que te lo diga, pero igual te lo quería decir, que nada, que estuve pensando y que viste que la última vez que nos vimos yo estaba un poco rara, bah, como que me fui poniendo rara, porque estaba todo bien, pero en un momento me puse a pensar y como que me colgué porque es algo que me pasa siempre, y ya sé cuando me empieza a pasar, me doy cuenta y no quiero que me pase, viene y ya sé, es una sensación que ya conozco y trato de combatirla y bueno, en eso estoy, y no es algo de lo que vos te tengas que hacer cargo, es algo más mío en realidad, pero es como que me miro de afuera y me pregunto “¿pero está bien esto que estoy haciendo?”. Me pasa que me pregunto sin querer, si la situación en la que estoy es en la que quiero estar en realidad y bueno, como que después llego a conclusiones, como que tomo decisiones, no digo que esté bien, pero no puedo evitarlo, como que me vienen y bueno, como que el otro día me quedé pensando y la cosa es que pensé que no sé si quiero estar de novia... ¿Se entiende?
–Sí... Bah, no sé. O sea, sí, creo que entiendo lo que me querés decir, pero no sé muy bien a qué viene, tampoco entendí muy bien el otro día pero nada, pensé que era como una cosa del momento, que te habías ofendido, ni me imaginé que te habías quedado pensando ni que tuvieras toda una teoría al respecto... Igual no entiendo muy bien, nosotros nunca dijimos nada de estar de novios ni nada...
–No, nada, es eso nada más, que quiero que lo sepas… A ver, yo no digo que pienso que vos querés estar de novio conmigo, no digo eso, en realidad ni te lo estoy diciendo tanto a vos, me lo estoy diciendo más bien a mí... Tampoco es algo tan concreto, no sé si puedo explicarlo, no digo que se pueda decidir así, ya sé eso. Es más bien como que me viene, no es que yo lo pienso, que me lo pregunto, sino que estoy así y de repente como que me viene esa sensación, como que me empiezo a ver de afuera, veo la situación de afuera y me juzgo, como si me preguntara... Pero es más bien como una forma de pensar, no sé, de proyectar en el mejor de los casos. No digo que haya que definir algo, ni en pedo, pero bueno, en un momento hay una serie de cosas que se van acumulando y entonces de repente yo me pregunto. ¿Pero estamos de novios? O ¿yo quiero estar de novia?... Por ejemplo, desde hace fácil una semana que hablamos todos los días por teléfono...
–Pero vos me llamaste...
–Sí, bueno, por eso, yo no te lo estoy echando en cara, ¿eh? Yo no digo que seas vos, lo que digo es que hablamos todos los días y bueno, nada, yo no puedo evitar preguntarme ¿pero yo estoy de novia con este pibe? ¿Entendés? Tiene como que ver con el compromiso, no es que yo necesite saber, pero de repente me pregunto si mis acciones son consecuentes con mi sentimientos, como que me cuesta un poco tener acceso a mis sentimientos, no sé, es raro, y como también nos estuvimos viendo mucho...
–No sé, yo tenía ganas de verte...
–No, yo también tenía ganas, no es ése el tema... Lo que pasa es que yo no te puedo dar ninguna garantía, eso te quería decir más que nada, que no te puedo dar ninguna garantía, porque siempre me fascino mucho al principio pero después se me pasa, eso es lo que pasa, ¿entendés? Y por eso quería decírtelo, porque si no después el otro queda pagando y como está todo bien con vos, quería que lo supieras... Es eso más que nada, como que me cuesta darme bien cuenta si una situación está buena o no de verdad, ¿entendés? No buena, digo, bah sí, buena, como saber realmente si es eso lo que quiero, como saber si es verdad, no sé si a vos te pasa...
–¿Qué?
–Lo que te digo, no sé, que te dé miedo lo que te pasa, no sé, no saber. Que por momentos estás bien y estás contento y decís mmm sí esto es algo y le das para adelante y estás bien, y después de repente hay como algo que no está bien, como que mirás de afuera, como que puedas dejar de pensar que el otro es lo que pensás que es, como que se te desvanezca, no sé, que te deje de gustar...
–¿Que me deje de gustar qué?
–Yo.
–Ah, sí, claro que me pasa...
–¿En serio? Qué horror... Bueno, mejor.
–Porque a vos te pasa.
–Sí, claro, todo el tiempo. Bah, no sé si es eso exactamente, es eso en parte, pero no es sólo eso, es como si eso fuera consecuencia de otra cosa, no sé, creo, bah, lo estoy pensando ahora... Qué bueno, a mí me pareció que eras medio así, como jodido, como que un par de zapatos equivocado o una mala combinación de colores puede ser letal... ¿no? No te rías, boludo, es así. ¿O no?
–Bueno, no sé si tanto como eso pero sí, pienso que podés dejar de gustarme...
–Si el otro día en el bulo espantoso ese, ni bien nos vimos, yo me di cuenta que me miraste como con cara de “qué secretaria fisurada” y me abrazaste en seguida porque no me querías mirar. En serio, no me digas que no fue raro...
–Sí, pero era obvio que iba a ser raro después de esos días sin vernos...
–Sí, bueno, ya sé, pero me re di cuenta de lo de la secretaria fisura...
–Qué boluda, no pensé eso, no pensé secretaria fisura, parecías más bien rumana...
–¿Rumana? ¿Por qué rumana?
–No sé, por la ropa... Igual parecés un poco rumana...
–¿Qué tenía puesto?
–No sé, pero estabas rumana.
–Qué forro... Tenía puesta una pollera con flores, ya me acuerdo, y las sandalias... No, pero no parecía rumana, qué malo...
–No sé, yo pensé que parecías rumana...
–Qué forro... No sé. Bueno, no importa, ¿en qué estábamos? Ah, sí, bueno, nada, más o menos eso es lo que te quería decir. Que a veces me pongo a pensar y no puedo evitar preguntarme, vas a pensar que es grasa, pero bueno, es así, no puedo evitar preguntarme, no sé, estoy en una situación y me pregunto ¿Es esto el amor? O más tipo: ¿Esto es amor? Y es eso, es como lo que te decía, que me viene de afuera, y no tiene que ver con vos y me gustaría no preguntármelo, pero no puedo evitar hacerlo porque después durante un tiempo te hago la madre de tus hijos y después de un día para el otro desaparezco y listo, como que de repente decido que hay algo que no está bien, bah, como que ni lo decido, es como si me viniera de algún lado del interior, como que me viene de adentro algo que me dice esto no está bien y desaparezco y no sé, es una locura... Y ya sé cómo es, después el otro queda pagando y es un bajón, por ahí está bueno que este todo claro desde el principio...
–¿Pero tenés ganas de verme?
–Sí, obvio, ¿qué tiene que ver eso?
–No sé, yo no sé mucho más que eso tampoco. Además, la verdad que la semana pasada me sorprendí, porque eras vos la que llamaba... Yo no sé si somos novios o no, no sé qué somos, no me interesa mucho tampoco saberlo, qué somos, y todo bien, yo entiendo lo que me decís, o creo, puedo identificar esa sensación, como que te viene de afuera, todo bien, pero ya ese pedorreo sobre el amor, no sé si me interesa mucho entrar en eso, me parece que no me interesa y que es un poco engañoso. Y no sé, ya lo del otro día, lo de que te quedaste pensando, justo el otro día que estuvo medio choto, bah, que no cogimos muy bien, no sé, por ahí me equivoco, pero me parece que sos un poco resultadista...
–¿Resultadista? No entiendo qué me querés decir…
–No, nada, que ahora me decís estas cosas y fue justo la última vez que nos vimos que no pudiste acabar y entonces…
–Ay, qué boludo, ¿qué tiene que ver eso?
–Bueno, ponele que no tenga nada que ver, pero entonces es muchísima casualidad que me vengas con este planteo justo ahora, después de que no estuvo muy bueno la otra vez, porque la semana anterior habíamos estado a pleno...
–Sí, ya sé, pero igual lo de acabar olvidate, mirá si eso va a tener algo que ver, eso me chupa un huevo, mirá si eso me va a importar, qué boludo...
–Y entonces, ¿qué te agarró justo ahora?
–No, no es justo ahora, ése es el tema. No es justo ahora. Es algo que me pasa siempre y que no quiero que me pase más, ¿entendés? Me gustaría no tener que pensarlo tanto, pero después las cosas pasan igual y yo quiero que estés al tanto, que sepas que existe la posibilidad de que yo desaparezca, que convivas con eso. O que no convivas, por ahí convivir es mucho, pero no sé, que lo sepas, que lo tengas en cuenta, no sé, no te quiero quemar la cabeza...
–No, no me estás quemando la cabeza, está todo bien, igual no entiendo muy bien a qué viene...
–¿Cómo que no entendés a qué viene? ¿Qué es lo que no entendés?
–No, sí entiendo, está todo bien, olvidate...
–No, pero decime...
–No, no, ya está, no importa, no era nada...
–...
–...
–Che...
–¿Qué?
–¿Vos me querés a mí?
de Romina Paula
¿Vos me querés a mí?
–No, yo lo que te quería decir... A ver, esperá, no sé cómo decírtelo, lo estoy pensando ahora, ¿eh? A ver... No, eso. Bueno, nada, que el otro día me quedé pensando. ¿Viste cuando me preguntaste lo del ascensor?
–Sí...
–No, esperá, eso no fue, ¿qué era lo que me habías dicho antes, esa palabra que me molestó, cuál era?
–¿Guachita?
–No... ¿Eso me dijiste?
–Sí...
–No, no era eso, era otra cosa peor...
–No, era guachita...
–¿En serio? ¿Y yo me enojé por eso? No puede ser... Bueno, no importa, la cosa es que me quedé pensando y la verdad que no sé si sirve de algo que te lo diga, pero igual te lo quería decir, que nada, que estuve pensando y que viste que la última vez que nos vimos yo estaba un poco rara, bah, como que me fui poniendo rara, porque estaba todo bien, pero en un momento me puse a pensar y como que me colgué porque es algo que me pasa siempre, y ya sé cuando me empieza a pasar, me doy cuenta y no quiero que me pase, viene y ya sé, es una sensación que ya conozco y trato de combatirla y bueno, en eso estoy, y no es algo de lo que vos te tengas que hacer cargo, es algo más mío en realidad, pero es como que me miro de afuera y me pregunto “¿pero está bien esto que estoy haciendo?”. Me pasa que me pregunto sin querer, si la situación en la que estoy es en la que quiero estar en realidad y bueno, como que después llego a conclusiones, como que tomo decisiones, no digo que esté bien, pero no puedo evitarlo, como que me vienen y bueno, como que el otro día me quedé pensando y la cosa es que pensé que no sé si quiero estar de novia... ¿Se entiende?
–Sí... Bah, no sé. O sea, sí, creo que entiendo lo que me querés decir, pero no sé muy bien a qué viene, tampoco entendí muy bien el otro día pero nada, pensé que era como una cosa del momento, que te habías ofendido, ni me imaginé que te habías quedado pensando ni que tuvieras toda una teoría al respecto... Igual no entiendo muy bien, nosotros nunca dijimos nada de estar de novios ni nada...
–No, nada, es eso nada más, que quiero que lo sepas… A ver, yo no digo que pienso que vos querés estar de novio conmigo, no digo eso, en realidad ni te lo estoy diciendo tanto a vos, me lo estoy diciendo más bien a mí... Tampoco es algo tan concreto, no sé si puedo explicarlo, no digo que se pueda decidir así, ya sé eso. Es más bien como que me viene, no es que yo lo pienso, que me lo pregunto, sino que estoy así y de repente como que me viene esa sensación, como que me empiezo a ver de afuera, veo la situación de afuera y me juzgo, como si me preguntara... Pero es más bien como una forma de pensar, no sé, de proyectar en el mejor de los casos. No digo que haya que definir algo, ni en pedo, pero bueno, en un momento hay una serie de cosas que se van acumulando y entonces de repente yo me pregunto. ¿Pero estamos de novios? O ¿yo quiero estar de novia?... Por ejemplo, desde hace fácil una semana que hablamos todos los días por teléfono...
–Pero vos me llamaste...
–Sí, bueno, por eso, yo no te lo estoy echando en cara, ¿eh? Yo no digo que seas vos, lo que digo es que hablamos todos los días y bueno, nada, yo no puedo evitar preguntarme ¿pero yo estoy de novia con este pibe? ¿Entendés? Tiene como que ver con el compromiso, no es que yo necesite saber, pero de repente me pregunto si mis acciones son consecuentes con mi sentimientos, como que me cuesta un poco tener acceso a mis sentimientos, no sé, es raro, y como también nos estuvimos viendo mucho...
–No sé, yo tenía ganas de verte...
–No, yo también tenía ganas, no es ése el tema... Lo que pasa es que yo no te puedo dar ninguna garantía, eso te quería decir más que nada, que no te puedo dar ninguna garantía, porque siempre me fascino mucho al principio pero después se me pasa, eso es lo que pasa, ¿entendés? Y por eso quería decírtelo, porque si no después el otro queda pagando y como está todo bien con vos, quería que lo supieras... Es eso más que nada, como que me cuesta darme bien cuenta si una situación está buena o no de verdad, ¿entendés? No buena, digo, bah sí, buena, como saber realmente si es eso lo que quiero, como saber si es verdad, no sé si a vos te pasa...
–¿Qué?
–Lo que te digo, no sé, que te dé miedo lo que te pasa, no sé, no saber. Que por momentos estás bien y estás contento y decís mmm sí esto es algo y le das para adelante y estás bien, y después de repente hay como algo que no está bien, como que mirás de afuera, como que puedas dejar de pensar que el otro es lo que pensás que es, como que se te desvanezca, no sé, que te deje de gustar...
–¿Que me deje de gustar qué?
–Yo.
–Ah, sí, claro que me pasa...
–¿En serio? Qué horror... Bueno, mejor.
–Porque a vos te pasa.
–Sí, claro, todo el tiempo. Bah, no sé si es eso exactamente, es eso en parte, pero no es sólo eso, es como si eso fuera consecuencia de otra cosa, no sé, creo, bah, lo estoy pensando ahora... Qué bueno, a mí me pareció que eras medio así, como jodido, como que un par de zapatos equivocado o una mala combinación de colores puede ser letal... ¿no? No te rías, boludo, es así. ¿O no?
–Bueno, no sé si tanto como eso pero sí, pienso que podés dejar de gustarme...
–Si el otro día en el bulo espantoso ese, ni bien nos vimos, yo me di cuenta que me miraste como con cara de “qué secretaria fisurada” y me abrazaste en seguida porque no me querías mirar. En serio, no me digas que no fue raro...
–Sí, pero era obvio que iba a ser raro después de esos días sin vernos...
–Sí, bueno, ya sé, pero me re di cuenta de lo de la secretaria fisura...
–Qué boluda, no pensé eso, no pensé secretaria fisura, parecías más bien rumana...
–¿Rumana? ¿Por qué rumana?
–No sé, por la ropa... Igual parecés un poco rumana...
–¿Qué tenía puesto?
–No sé, pero estabas rumana.
–Qué forro... Tenía puesta una pollera con flores, ya me acuerdo, y las sandalias... No, pero no parecía rumana, qué malo...
–No sé, yo pensé que parecías rumana...
–Qué forro... No sé. Bueno, no importa, ¿en qué estábamos? Ah, sí, bueno, nada, más o menos eso es lo que te quería decir. Que a veces me pongo a pensar y no puedo evitar preguntarme, vas a pensar que es grasa, pero bueno, es así, no puedo evitar preguntarme, no sé, estoy en una situación y me pregunto ¿Es esto el amor? O más tipo: ¿Esto es amor? Y es eso, es como lo que te decía, que me viene de afuera, y no tiene que ver con vos y me gustaría no preguntármelo, pero no puedo evitar hacerlo porque después durante un tiempo te hago la madre de tus hijos y después de un día para el otro desaparezco y listo, como que de repente decido que hay algo que no está bien, bah, como que ni lo decido, es como si me viniera de algún lado del interior, como que me viene de adentro algo que me dice esto no está bien y desaparezco y no sé, es una locura... Y ya sé cómo es, después el otro queda pagando y es un bajón, por ahí está bueno que este todo claro desde el principio...
–¿Pero tenés ganas de verme?
–Sí, obvio, ¿qué tiene que ver eso?
–No sé, yo no sé mucho más que eso tampoco. Además, la verdad que la semana pasada me sorprendí, porque eras vos la que llamaba... Yo no sé si somos novios o no, no sé qué somos, no me interesa mucho tampoco saberlo, qué somos, y todo bien, yo entiendo lo que me decís, o creo, puedo identificar esa sensación, como que te viene de afuera, todo bien, pero ya ese pedorreo sobre el amor, no sé si me interesa mucho entrar en eso, me parece que no me interesa y que es un poco engañoso. Y no sé, ya lo del otro día, lo de que te quedaste pensando, justo el otro día que estuvo medio choto, bah, que no cogimos muy bien, no sé, por ahí me equivoco, pero me parece que sos un poco resultadista...
–¿Resultadista? No entiendo qué me querés decir…
–No, nada, que ahora me decís estas cosas y fue justo la última vez que nos vimos que no pudiste acabar y entonces…
–Ay, qué boludo, ¿qué tiene que ver eso?
–Bueno, ponele que no tenga nada que ver, pero entonces es muchísima casualidad que me vengas con este planteo justo ahora, después de que no estuvo muy bueno la otra vez, porque la semana anterior habíamos estado a pleno...
–Sí, ya sé, pero igual lo de acabar olvidate, mirá si eso va a tener algo que ver, eso me chupa un huevo, mirá si eso me va a importar, qué boludo...
–Y entonces, ¿qué te agarró justo ahora?
–No, no es justo ahora, ése es el tema. No es justo ahora. Es algo que me pasa siempre y que no quiero que me pase más, ¿entendés? Me gustaría no tener que pensarlo tanto, pero después las cosas pasan igual y yo quiero que estés al tanto, que sepas que existe la posibilidad de que yo desaparezca, que convivas con eso. O que no convivas, por ahí convivir es mucho, pero no sé, que lo sepas, que lo tengas en cuenta, no sé, no te quiero quemar la cabeza...
–No, no me estás quemando la cabeza, está todo bien, igual no entiendo muy bien a qué viene...
–¿Cómo que no entendés a qué viene? ¿Qué es lo que no entendés?
–No, sí entiendo, está todo bien, olvidate...
–No, pero decime...
–No, no, ya está, no importa, no era nada...
–...
–...
–Che...
–¿Qué?
–¿Vos me querés a mí?
Friday, August 22, 2008
Primeras páginas (II)
Hidrografía doméstica (novela)
de Gonzalo Castro
Uno
Me miro los pies. Otro día. Hace una semana que tengo miedo, y que busqué por todas partes. De todas maneras puede tratarse de un error, porque muchas veces me pasa de confundir los sentimientos. Sentir calor y era angustia. Sentir como una opresión en el pecho y era sueño. Por suerte puedo quedarme en la cama a analizar todo esto.
El vivir sola me ha dado madurez, en el medio del bosque, un auténtico vergel. A veces abro la puerta y es un desierto lunar, el frío entra por los poros de mi casa y yo estoy en la cama.
La cama más grande del mundo. Nadie tiene una cama así. Mis padres tienen una cama grande en la que supongo que malamente se aburren y así y todo es chica al lado de la mía. Mis amigos de mi edad tienen camas de juguete, camas para dormir. Unos amigos más grandes tienen camas en todo caso como la de mis padres, pero todos suponemos que se divierten un poco mejor, aunque algunos se la pasan llorando. Quizá es mi influencia. Yo nunca lloro, pero creo que a veces inspiro a llorar.
Mi cama ocupa los veintidós metros cuadrados de mi casa, en una de mis primeras coincidencias de predestinación generadora. Entonces mi casa está hecha para un colchón de dos plazas, tres colchones de una plaza, y un colchón de tamaño indefinido, sábanas, mantas parciales, retazos de acolchados, almohadas y almohadones, todo seguramente robado a mi familia.
En mi casa es ley estar descalza, y mala costumbre andar en piyama. Mi casa está en el fondo del gran jardín de la casa de mis padres, y además del gracioso espacio mullido tengo un baño de fantasía con dos viejas bañeras con patas, como dos Behemots obedientes, paralelos (una historia bastante larga y que favorece a mi padre, aunque después él se haya arrepentido), y vidrios, espejitos de colores, caracolas (maravillas por las cuales una entregaría todas esas inútiles piezas de oro y plata a las fuerzas realistas).
Afuera, mi patio pequeño; después empieza la frondosidad, la anchuria arbolada, la vegetación subtropical, supertropical, y más allá lo de ellos, la parquización, la piletización olímpica. Pero en mi patiecito tengo una parrilla, un anafe y un horno de barro auténtico (nuestro planeta consta de tierras y aguas, los dos elementos base para producir barro), pero clausurado.
Necesito dormir.
de Gonzalo Castro
Uno
Me miro los pies. Otro día. Hace una semana que tengo miedo, y que busqué por todas partes. De todas maneras puede tratarse de un error, porque muchas veces me pasa de confundir los sentimientos. Sentir calor y era angustia. Sentir como una opresión en el pecho y era sueño. Por suerte puedo quedarme en la cama a analizar todo esto.
El vivir sola me ha dado madurez, en el medio del bosque, un auténtico vergel. A veces abro la puerta y es un desierto lunar, el frío entra por los poros de mi casa y yo estoy en la cama.
La cama más grande del mundo. Nadie tiene una cama así. Mis padres tienen una cama grande en la que supongo que malamente se aburren y así y todo es chica al lado de la mía. Mis amigos de mi edad tienen camas de juguete, camas para dormir. Unos amigos más grandes tienen camas en todo caso como la de mis padres, pero todos suponemos que se divierten un poco mejor, aunque algunos se la pasan llorando. Quizá es mi influencia. Yo nunca lloro, pero creo que a veces inspiro a llorar.
Mi cama ocupa los veintidós metros cuadrados de mi casa, en una de mis primeras coincidencias de predestinación generadora. Entonces mi casa está hecha para un colchón de dos plazas, tres colchones de una plaza, y un colchón de tamaño indefinido, sábanas, mantas parciales, retazos de acolchados, almohadas y almohadones, todo seguramente robado a mi familia.
En mi casa es ley estar descalza, y mala costumbre andar en piyama. Mi casa está en el fondo del gran jardín de la casa de mis padres, y además del gracioso espacio mullido tengo un baño de fantasía con dos viejas bañeras con patas, como dos Behemots obedientes, paralelos (una historia bastante larga y que favorece a mi padre, aunque después él se haya arrepentido), y vidrios, espejitos de colores, caracolas (maravillas por las cuales una entregaría todas esas inútiles piezas de oro y plata a las fuerzas realistas).
Afuera, mi patio pequeño; después empieza la frondosidad, la anchuria arbolada, la vegetación subtropical, supertropical, y más allá lo de ellos, la parquización, la piletización olímpica. Pero en mi patiecito tengo una parrilla, un anafe y un horno de barro auténtico (nuestro planeta consta de tierras y aguas, los dos elementos base para producir barro), pero clausurado.
Necesito dormir.
Primeras páginas (I)
Semana (novela)
de Sebastián Martínez Daniell
Lo mejor será
Escuchen todos. Escuchen cómo trina... ¿quién es que trina entre los muebles? Sí, escuchen cómo trina... o cómo canta...; de un modo curioso. Yo conozco ese canto insistente, que también es el canto habitual... Y conozco esa voz. El canto de esa voz potente que viene desde lejos. Es un último ruego remoto. Un mensaje ultramarino saboteado por el oleaje. Lo que queda de un trino devorado por las criaturas del mar. El resto de una intención. Lo que queda del mejor grito. O quizás es el canto a media voz de alguien muy próximo. El susurro íntimo de un ser inaudible. Es una injuriosa demanda al oído que proviene desde dentro. Con persistencia. Desde dentro y en una lengua extraña. Ya está. Cesó, desapareció. Lo mejor será que siga durmiendo.
Una recta inagotable
Cada día que comienza me esfuerzo por mejorar, por progresar. Recorro el escarpado camino de la auto superación. Soy un hombre que no teme alcanzar día a día nuevas metas. Pongamos como ejemplo el tabaquismo. No me conformo con ser un adicto al cigarrillo. No me satisface sólo fumar mecánicamente sin objetivos ni perspectivas. Fumar sólo para terminar un cigarrillo y, al rato, encender otro sin un plan directriz, sin un concepto que sustente la práctica. Por el contrario, intento ser un profesional del cigarrillo. Fumar cada día más. Cada día en peores circunstancias. Me apena no tener suficiente fuerza de voluntad para poner el despertador y levantarme en la madrugada a fumar un cigarrillo más.
Y esta mañana, ¿qué? Abrir los ojos y fumar, por supuesto. Y no es placentero. Es un verdadero martirio este primer cigarrillo y su denso humo que atraviesa la garganta reseca, antes de tomar un vaso de agua, antes de lavarme los dientes. La boca pastosa y los pulmones que reciben la primera laceración y se resisten al penoso proceso del tumor y la metástasis. ¿Qué más? La luz del helio consumiéndose en el vacío y entrando por la persiana. El entumecimiento de los miembros y la lejana voluntad de cambio. En la calle, a través de la ventana, apenas los escucho, un niño con su madre.
El niño, más que llorar, grita. No es el llanto desesperado del sufriente. Es un grito urgido, innecesariamente urgido. Grita con fuerza, con mucha fuerza. Aturde. No articula sentido. Sólo vocales. No tiene nada para expresar. No hay ninguna exigencia concreta, es sólo un grito que espera ser atendido.
La madre lo mira. Se avergüenza. De reojo nos mira a todos, se siente nerviosa. Está en una encrucijada. Impone su autoridad o cede ante el ridículo. Se hace fuerte. Toma del brazo al niño y lo sacude.
El niño grita cada vez más fuerte. Con la boca cada vez más abierta. Sin dolor, con voluntad de poder. Quiere algo y está convencido de merecerlo. Sus gritos pierden intensidad a medida que el aire va vaciando sus pulmones. Pero inspira violentamente y vuelve a gritar. Cada vez más fuerte.
Ahora la madre también grita. Pero son gritos diferentes. Son gritos racionales, intentan convencer al niño de algo. De que deje de gritar. Le grita que deje de gritar. Luego baja la voz y le habla. Que sea bueno. Que la gente los mira. Que está haciendo papelones. Pero fracasa y calla. Balancea la mano y le pega.
El niño llora. Llora y grita. Grita porque ya venía gritando. Llora porque siente impotencia. Los dos se van. Los miro irse y miro el teléfono. Ah, sí. El teléfono, el mensaje, la amenazante intermitencia del contestador automático. Esa luz suave y verdosa que colma el espacio alarmando sobre los riesgos de la mirada y la pulsión escópica. Luego se ausenta invitando a Morfeo a trazar una recta inagotable entre el letargo de las siestas y los desmayos de la nocturnidad. Y así alternativamente.
Presiono el botón pertinente y el ganador es... ¡Tosca! Ella, regresando de su segundo desayuno, ya preparada para tachar todas las anotaciones de su agenda mientras yo todavía intento reunir los pedazos sueltos de lucidez. Ya te llamo, Tosca. Será lo primero que haga en cuanto termine de convocar a la plana mayor de Pinkerton & Pinkerton y demos con ese huidizo teléfono. ¿Que te llame? Sí, claro, más tarde te llamo. Sí, sí, chau para vos también.
Tenía una escueta intención de llamarla. Y grandes intenciones de seguir durmiendo. Eso haría si no fuera por esto que se clava en mi sien. Por supuesto. La antena del teléfono que asoma por debajo de la almohada. Y ese amanecer nos acongoja a todos.
de Sebastián Martínez Daniell
Lo mejor será
Escuchen todos. Escuchen cómo trina... ¿quién es que trina entre los muebles? Sí, escuchen cómo trina... o cómo canta...; de un modo curioso. Yo conozco ese canto insistente, que también es el canto habitual... Y conozco esa voz. El canto de esa voz potente que viene desde lejos. Es un último ruego remoto. Un mensaje ultramarino saboteado por el oleaje. Lo que queda de un trino devorado por las criaturas del mar. El resto de una intención. Lo que queda del mejor grito. O quizás es el canto a media voz de alguien muy próximo. El susurro íntimo de un ser inaudible. Es una injuriosa demanda al oído que proviene desde dentro. Con persistencia. Desde dentro y en una lengua extraña. Ya está. Cesó, desapareció. Lo mejor será que siga durmiendo.
Una recta inagotable
Cada día que comienza me esfuerzo por mejorar, por progresar. Recorro el escarpado camino de la auto superación. Soy un hombre que no teme alcanzar día a día nuevas metas. Pongamos como ejemplo el tabaquismo. No me conformo con ser un adicto al cigarrillo. No me satisface sólo fumar mecánicamente sin objetivos ni perspectivas. Fumar sólo para terminar un cigarrillo y, al rato, encender otro sin un plan directriz, sin un concepto que sustente la práctica. Por el contrario, intento ser un profesional del cigarrillo. Fumar cada día más. Cada día en peores circunstancias. Me apena no tener suficiente fuerza de voluntad para poner el despertador y levantarme en la madrugada a fumar un cigarrillo más.
Y esta mañana, ¿qué? Abrir los ojos y fumar, por supuesto. Y no es placentero. Es un verdadero martirio este primer cigarrillo y su denso humo que atraviesa la garganta reseca, antes de tomar un vaso de agua, antes de lavarme los dientes. La boca pastosa y los pulmones que reciben la primera laceración y se resisten al penoso proceso del tumor y la metástasis. ¿Qué más? La luz del helio consumiéndose en el vacío y entrando por la persiana. El entumecimiento de los miembros y la lejana voluntad de cambio. En la calle, a través de la ventana, apenas los escucho, un niño con su madre.
El niño, más que llorar, grita. No es el llanto desesperado del sufriente. Es un grito urgido, innecesariamente urgido. Grita con fuerza, con mucha fuerza. Aturde. No articula sentido. Sólo vocales. No tiene nada para expresar. No hay ninguna exigencia concreta, es sólo un grito que espera ser atendido.
La madre lo mira. Se avergüenza. De reojo nos mira a todos, se siente nerviosa. Está en una encrucijada. Impone su autoridad o cede ante el ridículo. Se hace fuerte. Toma del brazo al niño y lo sacude.
El niño grita cada vez más fuerte. Con la boca cada vez más abierta. Sin dolor, con voluntad de poder. Quiere algo y está convencido de merecerlo. Sus gritos pierden intensidad a medida que el aire va vaciando sus pulmones. Pero inspira violentamente y vuelve a gritar. Cada vez más fuerte.
Ahora la madre también grita. Pero son gritos diferentes. Son gritos racionales, intentan convencer al niño de algo. De que deje de gritar. Le grita que deje de gritar. Luego baja la voz y le habla. Que sea bueno. Que la gente los mira. Que está haciendo papelones. Pero fracasa y calla. Balancea la mano y le pega.
El niño llora. Llora y grita. Grita porque ya venía gritando. Llora porque siente impotencia. Los dos se van. Los miro irse y miro el teléfono. Ah, sí. El teléfono, el mensaje, la amenazante intermitencia del contestador automático. Esa luz suave y verdosa que colma el espacio alarmando sobre los riesgos de la mirada y la pulsión escópica. Luego se ausenta invitando a Morfeo a trazar una recta inagotable entre el letargo de las siestas y los desmayos de la nocturnidad. Y así alternativamente.
Presiono el botón pertinente y el ganador es... ¡Tosca! Ella, regresando de su segundo desayuno, ya preparada para tachar todas las anotaciones de su agenda mientras yo todavía intento reunir los pedazos sueltos de lucidez. Ya te llamo, Tosca. Será lo primero que haga en cuanto termine de convocar a la plana mayor de Pinkerton & Pinkerton y demos con ese huidizo teléfono. ¿Que te llame? Sí, claro, más tarde te llamo. Sí, sí, chau para vos también.
Tenía una escueta intención de llamarla. Y grandes intenciones de seguir durmiendo. Eso haría si no fuera por esto que se clava en mi sien. Por supuesto. La antena del teléfono que asoma por debajo de la almohada. Y ese amanecer nos acongoja a todos.
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