Friday, June 05, 2009

Primeras páginas (V)

Antuca (novela)
de Raúl Castro

Miro los destellos de agua, el temblor de los reflejos, las ondas que se cruzan y bailotean, y es una red tan intrincada como mi memoria, tan impenetrable y misteriosa.

El muelle de madera podrida cruje siempre, con una queja monótona y vacía.

Así paso las horas y los días mirando el agua marrón, con olor a barro fermentado, a junco y a pescado.

Paso las horas y los días esperando mi nombre. Esperando que se abra ese telón pesado que me separa de mis recuerdos, y sepa quién soy. Que me diga quién carajo es este tipo que está sentado en este muelle crujiente de madera podrida, mirando el agua.

Mi historia termina del otro lado de la isla, donde los naranjales se encuentran con el río Luján, donde los camalotes se enganchan en el recodo de la orilla.

Allí me recogió Roberta y me arrastró por el yuyal y el colchón de naranjas caídas, me cargó por la escalera de troncos hasta la casilla y me dejó en su catre, como si hubiera pescado un hombre.

Roberta dice que hervía y que hablé mucho pero que no entendió lo que decía, que más bien era un lamento o un llanto, y que a veces me retorcía como un animal maniatado que estuvieran marcando.

Eso decía Roberta, y es toda mi prehistoria. A los tres días desperté violentamente, me sorprendí sentado sobre un catre, en una casilla precaria, con una mujer maciza, de cara aindiada, pómulos fuertes, pelo lacio y tez muy oscura, que me miraba desde un rincón, sentada en una silla de mimbre.

Dice que me sacó del río enredado en las ramas de un camalote, con las manos atadas con alambre de enfardar. Todavía tengo marcas rojas en las muñecas y heridas en el cuerpo que parecen quemaduras, y un horror impreciso y lejano que se mueve atrás de la niebla, más allá del naranjal.

En mi historia, por lo menos la que recuerdo, dependo de Roberta.

Los primeros días, cuando yo andaba receloso y sin ganas de vivir esa vida que no entendía, me alimentó, contra mi voluntad, con sopa de pescado y curó mis heridas con un líquido verde y pegajoso que preparó en un mortero.

Me ayudó a bajar la escalera para llegar a la letrina que está al pie de la casilla y me acompañó hasta el río para lavarme.

Siempre en silencio.

Roberta es de muy pocas palabras, pero un día, cuando mis músculos ya se habían tonificado, mis piernas me mantenían y mis brazos podían abrazar, me dijo: –Bueno, ahora sos mi hombre.

Hicimos el amor en el piso de madera de la casilla.

¿Por qué recuerdo el nombre de las cosas?

¿Por qué puedo hablar y expresarme y al mismo tiempo no recordar quién soy?

Hago chasquear un junco sobre el agua, rítmicamente, como queriendo romper la trama plateada que me separa del pasado.

Esperando una señal, un signo, alguna imagen que me permita reconstruirme.
No sé mi nombre ni mi cara. No hay espejo. Roberta dice que había uno y se rompió cuando la creciente se llevó a su Pedro, y que a ella no le interesa perder tiempo mirándose.

Mi cara se destruye en el agua del río.

La piel tiene memoria. Envuelto en Roberta me estalla el pasado como un fogonazo, como un pozo de aire.

Otras pieles, otros cuerpos, imágenes fragmentadas que trato de reconstruir pero que escapan como un sueño censurado.

Sus brazos me rodean para calmarme. Los mismos brazos fuertes que me cargaron cuando estaba medio muerto, pueden llevarme hasta mi pasado, creo.

Hoy descubrí que tengo ciertas habilidades. Arreglé el gasógeno.

Es un colector de gas de los pantanos muy primitivo. Dos tambores enfrentados que se desplazan uno dentro del otro con agua en el de abajo, acumulan el gas que asciende por un caño clavado en el suelo hasta dos o tres metros de profundidad. Hay tanta materia orgánica en descomposición que este sistema colecta el gas suficiente para un uso diario moderado. Desde que a Pedro se lo llevó la correntada no funcionaba y Roberta cocina con leña abajo de la casilla.

Roberta cree que ahora las cosas están en su lugar. Piensa que me voy a quedar con ella y que de alguna manera le pertenezco.

Yo miro el río. Sé que un día me iré por ese río, pero quisiera primero encontrar mi memoria, saber qué soy.

Roberta dice que si los que me tiraron al río saben que estoy vivo me van a venir a buscar, y creo que tiene razón.

–No es bueno que se esté en el muelle cuando pasan las lanchas –me recuerda.
Pienso que ella sabe más de lo que dice, y por ahora, hasta que mi memoria no se aclare no tengo más remedio que hacerle caso.
Pero es en el agua donde busco mi memoria. En ese tramado brillante espero que se forme alguna imagen de mi pasado.

–Hoy viene José –me dice–. Ni bien escuche el ruido de su lanchón, se mete en la casa y no se asoma.

Digo que sí, como un chico obediente.

–¿Fuma? –me pregunta, con el ceño fruncido.

–Negros –le digo, recordando.

Estoy escondido en la casilla, mirando por una ranura entre las tablas, porque llegó José.

Según parece, una vez por mes atraca su lanchón en el muelle y carga bolsas de naranjas, pieles de nutria o frascos de mermelada. Después negocia con Roberta. Es una larga discusión que termina pareciendo un juego de picardía, del que ninguno de los dos parece salir conforme. Pero José tiene las de ganar, porque trae de todo en el lanchón (yerba, azúcar, aceite, bebidas, cigarrillos, revistas) y como se basa en el trueque, se maneja más por las necesidades que por el costo real de la mercadería.

Cuando el lanchón de José se va, ayudo a Roberta a cargar las provisiones.
Entre las bolsas hay un cartón de Particulares y una botella de ginebra. Le agradezco con la mirada. Ni sonríe. Insondable.

Roberta es más misteriosa que mi memoria. Impone distancia, y un natural acatamiento.
Se mueve con majestuosa dignidad como si la casilla fuese una mansión y el fangal con olor a junco podrido un parque.

Me gusta verla trabajar. Su cuerpo voluminoso pierde densidad, y sus movimientos son livianos y eficaces, con esa solvencia de quien conoce bien el lenguaje de la materia.

La necesito.

Andar sin memoria es andar sin paredes. Estás desamparado y torpe, sin referencia. Sentís vértigo, y en algunas ocasiones la angustia te paraliza. En esos casos me acerco a Roberta, camino tras de ella como un perro porque mi mundo está solo dentro de su cono de sombra.

Reconozco su olor, sus deseos, algunos pensamientos, lo demas en Roberta es misterio. Un misterio de sombra húmeda, de presagio.

Estoy en la casilla pensando estas cosas, mientras ella anda por afuera, siempre en movimiento, siempre haciendo algo.

Cae la tarde y la luz en la pieza se vuelve irreal. Los últimos rayos del sol que filtra el sauce, pasan por el ventanuco y se reflejan en la madera rojiza y la luz parece un polvo leve que va cubriendo las cosas.

Estoy sentado en el sillón de mimbre, embargado de color y sombras, como mirando un viejo cuadro. Un cuadro visto muchas veces pero al que siempre se le encuentran matices, detalles, algún magnifico golpe de pincel.

Entra Roberta y se sorprende. Me imaginaba en el muelle, como siempre, esperando mi pasado.

–No se mueva –le digo–. Mire un poco más hacia la ventana.

Me hace caso.

La luz marca sus pómulos, la fuerza de sus rasgos, su belleza dura. Quiero tener una paleta y pintarla. Mis manos se acuerdan de pinceles y espátulas. Siento el olor del aceite y los pigmentos.

Recorro su figura detalle por detalle como si la viera por primera vez, tomándome todo el tiempo.

Ella sigue ahí, estática y majestuosa, dejándose mirar.

–Sáquese la ropa, Roberta –digo con seguridad, y es la primera vez que le doy una orden.

Se quita la bata y la deja con cuidado sobre el catre.

–Vuelva a la posición que estaba. Mire un poco más hacia acá.

Nunca había visto su cuerpo desnudo. Cuando hicimos el amor siempre era oscuro, siempre una tarea nocturna.

Ahora su cuerpo esta aquí, potente, absorbiendo la luz amarillenta.

Los brazos musculosos cuelgan inertes y la punta de sus dedos tocan apenas la tela del calzón que cubre su abultado vientre y sus carnosas nalgas. Los muslos bajan macizos como columnas de bronce, como seguras pinceladas de amarillo sobre marrón.

El pasado mordisquea mis entrañas. Gotas de sudor me recorren la cara y gotean por mi mentón.

–Sáquese el corpiño, Roberta.

Obedece. Sus senos se vuelcan, generosos, amplios. Los pezones erguidos color rosa morado sobre el amarillo. El toque de espátula. El temblor del óleo en la sombra del seno. El olor a aceite y a transpiración.

–Sáquese todo.

Afloja la cinta que le ciñe la cintura, y se baja el calzón. Lo hace despacio y con seriedad.

Le pido que se ponga en cuclillas, que se lleve la mano derecha a la nuca y que apoye la mano izquierda en el suelo. Su rodilla se flexiona y su espalda se curva hasta que los pezones tocan sus piernas.

La realidad tiene la textura del óleo. La luz en Roberta se vuelve profunda y vigorosa, y el amarillo enrojece en las sombras, en los rincones húmedos, en los pliegues oscuros de su cuerpo.

De pronto me veo como en un espejo, frente a esa mujer en cuclillas, con un pincel en una tela imaginaria.

Escapo de la casilla porque siento un vacío que me traga. Corro hasta el muelle. Hasta el límite de mi realidad, donde comienza el agua de la memoria, los brillos indescifrables.

Estoy llorando.

Me siento sobre los troncos podridos y enciendo un cigarrillo.

Mientras fumo, anochezco con el río.

Miro hacia la casilla. Roberta encendió el sol de noche y está escamando un surubí para la cena.

Wednesday, February 25, 2009

Condición de las flores, de Mario Bellatin

Por Ariel Schettini

Para negar la sentencia que diagnostica que los argentinos somos pedantes y altaneros, contamos con una serie (estoy tentado de decir: un ramillete) de visitantes ilustres que han apostrofado a los argentinos de modos diversos. No me refiero a los ya célebres “viajeros del siglo XIX” –aunque podría incluir en esta lista a los “naturalistas” (porque algo de naturalista hay en la obra que nos convoca), sino a aquellos que durante el siglo XX no han cesado de hacer de esta pobre patria un hogar que demandó de ellos epítetos y exhortaciones, títulos y advertencias.

En el año 1932, Borges adjudicó la autoría de la definición del efecto geográfico astronómico de la pampa (la vastedad del horizonte) a uno de los tantos “visitantes ilustres” de Victoria Ocampo, Pierre Drieu La Rochelle. En su paso por Argentina, antes de su “conversión” al nazismo, dijo la frase que es relatada por Borges así: “(...) recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica (...)” (Revista Sur, Nro. 349.)

No muchos años después, en una de sus conferencias en la Universidad de La Plata, Ortega y Gasset, otro visitante ilustre, nos calificó de modos varios (en todas sus versiones uno podría decir que eran formas educadas y finas de decir que los argentinos eran haraganes…). Pero lo hizo con un argumento de la “Geografía Humana”: Ortega miró la vasta llanura pampera y percibió que en esa inmensidad que se hundía había algo de la idiosincrasia argentina: la idea de un país cuyo valor consistía en ser una pura promesa que jamás se habría de realizar. Como Ortega y Gasset era filósofo, creyó que una palabra suya era suficiente para cambiar ese destino ya trazado en la orografía y decidió poner manos a la obra y hacer del relieve pampeano un desafío que su sola voz habría de transformar como un terremoto: “Argentinos, a las cosas”, rezó, para la sabiduría o el misterio nacional.

Seguramente hubo otros, pero hoy me preocupa agregar uno más a la lista: la semana pasada, invitados por la Fundación que dirige Arturo Carrera, un grupo de artistas e intelectuales fuimos a conocer el proyecto de Estación Pringles. Conocimos la Estación de Quiñihual, donde pronto habrá una residencia de artistas, que en el medio de la pampa podrán ver florecer su obra, protegidos por la hospitalidad de otros artistas. Allí, Arturo Carrera confrontó a Mario Bellatin con el Paisaje chato, uniforme e indudablemente rico, y el Autor de Condición de las flores dijo su frase para el bronce.

Ajeno a la historia de extranjeros que lo precedían, dijo aquello que los argentinos esperan que se diga cuando se coteja a un foráneo con esa rareza del relieve pampeano.

Como en todos los casos en los que habla, casi sin intención o fingiendo espontaneidad, Bellatin inauguró la lista ilustre del siglo XXI.

El hombre miró la llanura, y luego de una meditación corta y bajo el rayo del sol que nos doblegada, pronunció las palabras. Dijo (y aquí la entrego para la meditación colectiva): “¡Qué verde es casi todo!”.

Desafiado por esa voz, apenas atiné a pensar en este libro nuevo de Bellatin, “Condición de las flores”, en su novela, “Flores”, en todos los lugares de su obra donde la naturaleza y la cultura son puestas en estado de contradicción. “Condición de las flores” (la condición de las flores es una contradicción de las flores: existen para reproducir a la especie y las arrancamos para adornar el espacio; o: atraen por su belleza en el momento en que agonizan…) es un libro más y es una miscelánea de textos (un ramillete), pero ¿qué querrá decir la palabra “miscelánea” en la obra de Bellatin, que está apenas construida, o que está siempre en una estado o de proceso de inacabamiento o, como dijo otro crítico, de “despojo”? Su obra habla sobre lo que queda. Lo que queda de un despojo esencial que dejó a los textos en fragmentos, en cachos, en partes y en ruinas que no se pueden rearmar.

“Que verde es casi todo”, dijo. Y mientras lo miraba caminar por esa especie de vacío que es la pampa, pensaba que de alguna manera el “efecto Bellatin” sobre la cultura argentina es tan pregnante porque nada le conviene más a nuestra literatura, en la que el exotismo es un estado de las cosas continuo. Bellatin sería un caso de exotismo radical: sus personajes son extranjeros adentro de sus cuerpos y su único vínculo con la verdad de sí es que se ven a sí mismos como lo que queda de un despojo esencial.

Un exotismo que hace de lo raro el espacio donde se respira. Pero se respira con asma, por efecto de un exilio constante en el que los personajes viven su relación consigo mismos.

De modo que para la obra de Bellatin no hay extranjería ni aduana ni documento de identidad. Aquello de lo que se habla siempre está desubicado, siempre es deforme, y siempre está fuera de la norma.

Por eso no se puede hablar de miscelánea, porque el procedimiento de su escritura se arma a partir de la yuxtaposición de objetos o de partes que provienen de un todo imposible. Como si se quisiera volver a armar un nuevo juguete partiendo de piezas de varios, otros distintos: se une la cabeza con las ruedas y los ojos se atan a un tractor. En el caso de Bellatin, el asombro ocurre porque a esas piezas yuxtapuestas las vemos funcionar y caminar.

El niño de Condición de la flores debería haber jugado, pero a los diez años escribió su primer libro (objeto y juguete), que sólo sirvió para escándalo de sus mayores. Entre el juguete y la obra algo que tiene que ver con bestias institucionalizadas, con animales serviles o perros de vidas heroicas fue suficiente para crear la primera máquina que funciona en el mismo lugar donde muestra su monstruosidad.

No hay miscelánea porque tampoco nunca hubo novela. En el sentido estricto de la palabra. Como no hay literatura en Bellatin, podríamos decir, sino objetos como juguetes con el poder siniestro de una cuerda infinita o instalaciones artísticas verbales que no necesitan de las claves clásicas de la literatura (personajes, enigma, intriga, situaciones, parámetros espacio/temporales), apenas las marcas del soporte (que en “Condición de las flores” parecen escritas por otro personaje de Bellatin): largos prolegómenos que indican cómo fue hallado este texto y en qué condiciones estaba cuando fue encontrado:

Este relato ocupa 6 páginas mecanografiadas o es un dactiloscrito o fue enviada por correo electrónico en hojas lisas de 21 x 30 cms… fue enviado a... en el momento de su creación… datamos esta etapa de elaboración en hojas de papel con sello que dice ¡Calidad Atlas Industria peruana… doblado en 4 : el primer doblez forma un pliego de 21,7 por 30,7 cms…!

Como si se tratara de un autor o de un artista muy viejo cuya obra es rescatada en un palimpsesto, como si el texto existiera por efecto de una búsqueda y la investigación científica, y que lo único que presenta como enigma al lector es una pregunta que no se escribe pero que en todos esos prolegómenos se interrogan lo mismo que los personajes, héroes o perros: ¿Por qué existo?

Ni miscelánea ni novela, ni fragmento ni caso científico. Flores, que solamente para que vivan con nosotros se arrancarán de cuajo. Los restos de una novela contada, en otra parte, allá lejos en la pampa, donde todo (casi todo) es verde, y lo que no es verde son las flores o es el Estado. Es decir, lo que agoniza y el momento en que agoniza entiende que vive, y lo que vive es solamente lo que duele, y lo que duele apenas comienza, está muy verde, como todo o casi todo lo que es.

Noviembre de 2008

Thursday, January 15, 2009

Primeras páginas (IV)

Todo esto será tuyo (novela)
de Augusto Bianco

1

–El tren venía por el espacio abriendo el universo. Verdetierra, verdetierra, laguna y cielo, desparramo de pájaros, alambrado y silencio. Sin saberlo, entraba en un mundo que sería mío... De la estación, hicimos campo hasta una paré altísima. Todo parecía quieto, muerto, sin lugar. Nos hicieron pasar. Movieron papeles, suelas, palabras. Isa me dijo: hijo, aquí van a enseñarte a ser un hombre de bien. Me dio un beso y se fue. Nunca más la vi.

–Tuvo que viajar... Ya te contaré.

–En el dormitorio me mostraron: tu cama, tu pilcha, tu ropero, tu número, el ciento once. Resinación y obediencia. Ciega, me dicieron. Quitaron la luz que me estaba desvistiendo. Para apurarme, el celador me tiró un bollo. Como me reí, ligué otro. Como me reí más, otro. Resultado: terminé en el piso y el tipo me zapateó completo. Los pibes, a zafarrancho.

–¿De qué te reías?

–No sé. Ha de ser la drenamina.

–La adrenalina...

–Eso... Entra un dogor, con voz de pito pone todos a callar y me revolea escalera abajo. De los pelos. En el patio empieza a meterme trompadas de sangre. Reíte ahora uno uno uno feto de mil putas. Al final, me metió un gargajo y yo le batí: gracias, vieja.

–¿Por?

–No sé. Venía perdedor. No sabía que me podía reasionar... En enfermería supe que al inflado le decían Clara Boya; que cuando lo veían venir los pibes se hacían encima, entonces iba por otro; que había un par de monguis que habían quedado así por los piñazos del bufa; que con el único que no se metía era con uno que se llamaba Chatarra; que al dire le decían Cangrejo por la cara de curda. Eso supe por el Moncho, un correntino gorgojo, trucha de mulita. Buenazo. Contaba que la vieja lo había parido prematurro. De gramos. Que lo cagó y se fue. Que para salvarlo la partera se lo enchaconó y lo crió ahí calientito calientito. Que le daba teta ahí abajo direto y que cuando al final lo desconchó se vio que se le había formado otro umbligo. Único humano con dos umbligos mostraba levantando la pilcha.

Ella lo miró torcido.

–Bueno, después me batió la justa... Éste, me lo hizo la vieja que me parió y éste otro es un cuarenticincazo que me chantó la yuta. Lo que esplica por qué además era el único humano con umbligo a la espalda.

–¿Lo balearon?

–De lado a lado. El viejo, que no era el viejo sino el punto de la partera, cansado de tanto conche y desconche se lo alquiló a un circo para que lo tirara a cañón. Un día se le cayó del cielo a un policía que lo confundió con estraterrestre por lo fulero y lo balió. Resultado, el cirquero lo devolvió por inservible y el punto de la partera al concebirlo difunto lo encajonó para basura. Pero esa noche se raja el cielo, se desmadra el río y el jonca con el pibe se va Paraná abajo y le entra por la ventana a una curandera que recibe el cadáver a medio hacer...

–¡Qué historia!

–...La mano santa se lo disputa a la parca, lo retorna a la esistencia y se lo vende al mismo circo, mire usté, como el único humano nacido dos veces que en realidá eran tres. Y ¡vuelta a cañonearlo! Y ahí, basta. El Moncho se espianta definitivo, en camalote, río abajo como quien va en bote a mano y remando... En el Purga, pasó, como todos, por el buzón, el desierto...

–¿El desierto?

–Montañas de arena en cuadros de madera, dejando siempre uno libre. Cuando el Cangrejo viene y me dice saque a pasear las montañas, yo le contesto, oiga, ¿está en pedo? Y el tipo: acá el pedo es salú y me manda derecho al buzón, un roperito de entrar parado. Días. Encima, cuando te abren te caés y como no podés caminar te mueven a rebencazos. Total, que te cuidás.

Ella pasó el mate.

–¿La escuela funcionaba?

–Funcionó dos años, con la Yeguasa. Le decíamos así por yegua santa. Yo me hice gente con ella... Un día le confío: no tengo recostadero. Y ella: todos tenemos en el mundo un lugar reservado nuestro que nadie ocupará jamás. ¿Ha de creerme?

–Comonó.

–Y cuál es ese lugar, pregunto. Tendrá que descubrirlo, me dice. Me enseñó a tenerme respeto. Y paciencia... El másimo tesoro no es el dinero, es la intensidá de la mirada, decía, la curiosidá. El pior enemigo del pobre es la vergüenza, vergüenza de preguntar, de no saber. No se dice pa', se dice para; no se dice lo' libro', se dice losss librosss. Cada vez que alguno decía: y yo qué sé, ella contestaba: todo niño es un sabio que no sabe que sabe. ¡Nos rompecabeceaba, la guacha! ¿Y saben por qué sabe aunque no sepa? Porque quiere aprender. Nunca afirmaba: esplicaba preguntado. La sigo viendo en su despedida... Yo casi no la escuchaba porque la venía palando para adentro, almacenándola para el invierno. Al final, como pasando raya y sumando dijo: hay dos tipos de tiempo, en uno de esos tiempos no hay despedidas ni dolores. Ahí los espero. Abrió la puerta y se mandó... Como nadando.

Oscurecía.

–...La hallaba igualita a la virgen María. Pintada. Pero no ha de ser porque al tiempo agarró cría. Ésa fue, se malicia, la razón de su partida. Por sentir la paz que en su calor despedía, con el Cabeza hacíamos tarde en biblioteca...

–¿Quién es el Cabeza?

–Mineti, mi hermano.

–Si vos no tenés hermanos.

–Hay hermanos que se hacen, y valen doble, triple. El Cabezón es mi hermano. Me leía. Nos perdíamos en las historias... tanto, que cuando sonaba la campana salíamos tembleques.

–Y de mis visitas, ¿te acordás?

–Cómo no me voy a acordar. Cuando me dicieron tenés visita se me aflojaron las patas. Tenía miedo que fuera Isa. Que me sacara.

–¿No querías salir?

–¿Está loca?

–Hablabas tan poco...

–Usté traía un dulce de leche envuelto en papel blanco, atado con hilo blanco a un manguito de madera blanca, marcado a fuego como las vacas, donde se leía "Confitería París"... Después, no vino más.

–Enfermé... El frío, esas horas de tren, y yo tan chacabuca.

–¿Usté la veía a Isa?

–Le había pedido tu tenencia.

–¿Qué le contó de mí?

–No mucho. Vos sabés, es de pocas palabras.

–Yo soy distinto, Sara...

–Sos como todos.

–No. En el Purga me decían Piltra, por Piltrafa. Un día... Chatarra me manda llamar. Él hacía cuartel en la cancha de paleta. Así que a vos te gusta que te den felpa, te gusta el fracaso, y movía el faso de un lado para el otro con la lengua. Bueno, te voy a dar el gusto, te voy a fracasar para siempre, pero no a vos, a tu colifa. Andá sabiendo, me alesionó, que todos llevamos dentro un colifato, un mostro descerebrado y caníbal. Para ser alguien hay que hacerlo mierda, ¿cuadrás?, bien mierda. Si no, él te hace mierda a vos. Así que, aprontate. Para mí, ese día no termina de pasar... A cada mano que me metía se me soltaba el cuerpo y tras el cuerpo lalma. Cuando el Chata paró yo estaba a la miseria, pero él no andaba mejor. Los pibes me alzaron: Pil-tra-fa... Pil-tra-fa... Ni mierda me voy a olvidar ese día... Tenés las manos pesadas y el cuerpo firme habló y todos escucharon, pero para incrustarle al Clara Boya las astillas de la napia contra la nuca te falta yel, odio, cemento. Todo podrás si te lo propones. Son muchos los que quieren patinar sobre esa bolsa de pus.

Ella se levantó y encendió la luz.

–¿Y en taller, qué hacían?

–Carpintería, torno... Pero lo que más me gustaba era huerta, gracias a las enseñanzas del tío Tuto. ¿Usté lo conoció?

–Apenas.

–Un tipazo. Gracias a él, me hicieron capaz.

–...Capataz...

–Eso. Palar, abrir el mundo, dejar las lumbrices pataleando. Eso aserena. Viene como una respiración de ahí.

Tuesday, December 09, 2008

Sagasti dominical

Luis Sagasti diseccionó concienzudamente Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, para su presentación bahiense. A continuación, el texto completo:

Los domingos son para dormir, declara Sonia Budassi, de entrada nomás, en el título de su colección de cuentos. Pese a la fuerza del enunciado, no se trata de una certeza propia de un "acto de fe", como se titula su primer cuento, ni una declaración de principios sino, antes bien, la constatación visceral de que algo se ha partido, se ha roto y que es imposible componerlo.

Estos domingos donde hay que dormir, eran, me animo a decir, la zona del tiempo donde se ponía de manifiesto la verdad de un orden arrancado a la barbarie; los domingos constituían (y aún constituyen, claro, con cierta devaluación) el día asignado a la actualización del orden consagrado, o sea liberado del peso de la historia, de la transmutación. Los domingos, cifra de lo inmutable, la van de Parménides. Religión, familia y tradición comulgan en amalgama. La misa, la reunión familiar frente a la mesa (el asado, la pasta de la vieja), el fútbol de la tarde, la vuelta del perro que constata la vigencia del orden conseguido. Los domingos como el panóptico que bien analizaba Foucault: constatación, vigilancia, sanción.

Los incómodos cuentos de Sonia, cuyo sistema nervioso se funda en un formidable sentido del ritmo, niegan esa tríada constituyente de un modo de ser, de una identidad, de un lugar de pertenencia. Acaso sea en el domingo donde mejor se ve un país, una cultura. El resto de los días el trabajo globaliza, la búsqueda de la renta nos hace ciudadanos del mundo.

Los cuentos, como dije antes, dan testimonio de que estos tres pilares se han hecho añicos o se encuentran en vías de. A diferencia de la narrativa norteamericana que lo que muestra es apenas el indicio de un drama que se soslaya, la famosa teoría de la punta del iceberg que John Cheever y Raymond Carver elevaron a cotas casi insuperables, Sonia se interna por ese lugar en donde el iceberg se ha quebrado. No le interesa tanto qué es lo que subyace tras la eterna sonrisa Kolynos de la familia frente al televisor, sino los perfiles agrietados que el témpano ha dejado al desprenderse de la barrera de hielos.

Del mismo modo rehuye del costumbrismo o, si leemos bien, inaugura acaso un costumbrismo de las grietas. Veamos. No hay un andar por el borde, pese a que hay desplazamientos, deslizamientos sobre lo estipulado, lo socialmente convenido, los domingos; digamos que sus cuentos no bordean el filo sino que sencillamente se instalan en las grietas de una sociedad cuyos valores instituidos, el núcleo que fundamenta identidades, señala pertenencias, exige reconocimientos, se ha deshilachado. Sexo, familia, resguardo, intimidades, constituyen tópicos que uno a uno la autora deconstruye mediante un proceso de revisión acrítica, indolente, como al descuido, sabiendo antes que muchos, cuáles son los colores de los nuevos paisajes.

“No existe mayor amparo que el que te brinda tu peluquero de toda la vida”, se lee en "Las cosas que brillan a mi alrededor", por si queda alguna duda de lo que decimos.

Todos los cuentos están narrados en primera persona y en tiempo presente. Dan la impresión de ser muy viscerales, confesiones arrancadas a la fuerza, pero no nos engañemos. Habitante de un mundo desencantado, no hay ninguna ingenuidad ni apresuramiento. El frecuente uso del paréntesis, el sustantivo sin artículo por ejemplo, son procedimientos mediante el cual las narradoras toman distancia de la partida donde se han jugado las tripas. Advierten que todo es una puesta en escena. Un gran teatro. Cotillón. Maquillaje que se ha corrido. Vestuario muy vintage. Cito: “La justicia es un caracol que se resguarda a si mismo, de vez en cuando deja marcas en el piso.” Pero darse cuenta de eso, de vivir en un mundo de duplicaciones y simulacros, no escatima el sufrimiento. Será una ilusión el mundo, como dicen los hindúes, pero, mierda, como pican los mosquitos imaginarios.

En este mundo de frontera, que no es ya la barrera de hielo como tampoco el iceberg que se aleja, todo se encuentra fuera de su lugar, fuera de las normas: el estudiante al que se le venció la visa, los hermanos sin padre del formidable "Seis menos dos", el vacilar de los sentimientos, la ambigüedad sexual, la fantasía de un amor duro como los diamantes, soledad y exclusión como el más próximo de los temores, el quedar fuera de concurso. (El cuento "Roomates" es una pequeña y angustiosa maravilla). Estos desplazamientos, que bien pueden intercambiar toxinas con los cuentos del malogrado Foster Wallace –recordar a La chica del pelo raro- genera un estado de irrealidad, una niebla fosforescente, algo que brilla y oscurece al mismo tiempo.

En esta serie de relatos, poblados de observaciones letales como latigazos, encontramos a una buceadora profunda de lo que la insignificancia ha hecho con nosotros o acaso sea al revés: de cómo lo profundo nos transforma por momentos en algo insignificante. La fortaleza de semejante ambigüedad es algo que como lectores debemos agradecerle.

Monday, September 22, 2008

Primeras páginas (III)

¿Vos me querés a mí? (novela)
de Romina Paula

¿Vos me querés a mí?


–No, yo lo que te quería decir... A ver, esperá, no sé cómo decírtelo, lo estoy pensando ahora, ¿eh? A ver... No, eso. Bueno, nada, que el otro día me quedé pensando. ¿Viste cuando me preguntaste lo del ascensor?
–Sí...
–No, esperá, eso no fue, ¿qué era lo que me habías dicho antes, esa palabra que me molestó, cuál era?
–¿Guachita?
–No... ¿Eso me dijiste?
–Sí...
–No, no era eso, era otra cosa peor...
–No, era guachita...
–¿En serio? ¿Y yo me enojé por eso? No puede ser... Bueno, no importa, la cosa es que me quedé pensando y la verdad que no sé si sirve de algo que te lo diga, pero igual te lo quería decir, que nada, que estuve pensando y que viste que la última vez que nos vimos yo estaba un poco rara, bah, como que me fui poniendo rara, porque estaba todo bien, pero en un momento me puse a pensar y como que me colgué porque es algo que me pasa siempre, y ya sé cuando me empieza a pasar, me doy cuenta y no quiero que me pase, viene y ya sé, es una sensación que ya conozco y trato de combatirla y bueno, en eso estoy, y no es algo de lo que vos te tengas que hacer cargo, es algo más mío en realidad, pero es como que me miro de afuera y me pregunto “¿pero está bien esto que estoy haciendo?”. Me pasa que me pregunto sin querer, si la situación en la que estoy es en la que quiero estar en realidad y bueno, como que después llego a conclusiones, como que tomo decisiones, no digo que esté bien, pero no puedo evitarlo, como que me vienen y bueno, como que el otro día me quedé pensando y la cosa es que pensé que no sé si quiero estar de novia... ¿Se entiende?
–Sí... Bah, no sé. O sea, sí, creo que entiendo lo que me querés decir, pero no sé muy bien a qué viene, tampoco entendí muy bien el otro día pero nada, pensé que era como una cosa del momento, que te habías ofendido, ni me imaginé que te habías quedado pensando ni que tuvieras toda una teoría al respecto... Igual no entiendo muy bien, nosotros nunca dijimos nada de estar de novios ni nada...
–No, nada, es eso nada más, que quiero que lo sepas… A ver, yo no digo que pienso que vos querés estar de novio conmigo, no digo eso, en realidad ni te lo estoy diciendo tanto a vos, me lo estoy diciendo más bien a mí... Tampoco es algo tan concreto, no sé si puedo explicarlo, no digo que se pueda decidir así, ya sé eso. Es más bien como que me viene, no es que yo lo pienso, que me lo pregunto, sino que estoy así y de repente como que me viene esa sensación, como que me empiezo a ver de afuera, veo la situación de afuera y me juzgo, como si me preguntara... Pero es más bien como una forma de pensar, no sé, de proyectar en el mejor de los casos. No digo que haya que definir algo, ni en pedo, pero bueno, en un momento hay una serie de cosas que se van acumulando y entonces de repente yo me pregunto. ¿Pero estamos de novios? O ¿yo quiero estar de novia?... Por ejemplo, desde hace fácil una semana que hablamos todos los días por teléfono...
–Pero vos me llamaste...
–Sí, bueno, por eso, yo no te lo estoy echando en cara, ¿eh? Yo no digo que seas vos, lo que digo es que hablamos todos los días y bueno, nada, yo no puedo evitar preguntarme ¿pero yo estoy de novia con este pibe? ¿Entendés? Tiene como que ver con el compromiso, no es que yo necesite saber, pero de repente me pregunto si mis acciones son consecuentes con mi sentimientos, como que me cuesta un poco tener acceso a mis sentimientos, no sé, es raro, y como también nos estuvimos viendo mucho...
–No sé, yo tenía ganas de verte...
–No, yo también tenía ganas, no es ése el tema... Lo que pasa es que yo no te puedo dar ninguna garantía, eso te quería decir más que nada, que no te puedo dar ninguna garantía, porque siempre me fascino mucho al principio pero después se me pasa, eso es lo que pasa, ¿entendés? Y por eso quería decírtelo, porque si no después el otro queda pagando y como está todo bien con vos, quería que lo supieras... Es eso más que nada, como que me cuesta darme bien cuenta si una situación está buena o no de verdad, ¿entendés? No buena, digo, bah sí, buena, como saber realmente si es eso lo que quiero, como saber si es verdad, no sé si a vos te pasa...
–¿Qué?
–Lo que te digo, no sé, que te dé miedo lo que te pasa, no sé, no saber. Que por momentos estás bien y estás contento y decís mmm sí esto es algo y le das para adelante y estás bien, y después de repente hay como algo que no está bien, como que mirás de afuera, como que puedas dejar de pensar que el otro es lo que pensás que es, como que se te desvanezca, no sé, que te deje de gustar...
–¿Que me deje de gustar qué?
–Yo.
–Ah, sí, claro que me pasa...
–¿En serio? Qué horror... Bueno, mejor.
–Porque a vos te pasa.
–Sí, claro, todo el tiempo. Bah, no sé si es eso exactamente, es eso en parte, pero no es sólo eso, es como si eso fuera consecuencia de otra cosa, no sé, creo, bah, lo estoy pensando ahora... Qué bueno, a mí me pareció que eras medio así, como jodido, como que un par de zapatos equivocado o una mala combinación de colores puede ser letal... ¿no? No te rías, boludo, es así. ¿O no?
–Bueno, no sé si tanto como eso pero sí, pienso que podés dejar de gustarme...
–Si el otro día en el bulo espantoso ese, ni bien nos vimos, yo me di cuenta que me miraste como con cara de “qué secretaria fisurada” y me abrazaste en seguida porque no me querías mirar. En serio, no me digas que no fue raro...
–Sí, pero era obvio que iba a ser raro después de esos días sin vernos...
–Sí, bueno, ya sé, pero me re di cuenta de lo de la secretaria fisura...
–Qué boluda, no pensé eso, no pensé secretaria fisura, parecías más bien rumana...
–¿Rumana? ¿Por qué rumana?
–No sé, por la ropa... Igual parecés un poco rumana...
–¿Qué tenía puesto?
–No sé, pero estabas rumana.
–Qué forro... Tenía puesta una pollera con flores, ya me acuerdo, y las sandalias... No, pero no parecía rumana, qué malo...
–No sé, yo pensé que parecías rumana...
–Qué forro... No sé. Bueno, no importa, ¿en qué estábamos? Ah, sí, bueno, nada, más o menos eso es lo que te quería decir. Que a veces me pongo a pensar y no puedo evitar preguntarme, vas a pensar que es grasa, pero bueno, es así, no puedo evitar preguntarme, no sé, estoy en una situación y me pregunto ¿Es esto el amor? O más tipo: ¿Esto es amor? Y es eso, es como lo que te decía, que me viene de afuera, y no tiene que ver con vos y me gustaría no preguntármelo, pero no puedo evitar hacerlo porque después durante un tiempo te hago la madre de tus hijos y después de un día para el otro desaparezco y listo, como que de repente decido que hay algo que no está bien, bah, como que ni lo decido, es como si me viniera de algún lado del interior, como que me viene de adentro algo que me dice esto no está bien y desaparezco y no sé, es una locura... Y ya sé cómo es, después el otro queda pagando y es un bajón, por ahí está bueno que este todo claro desde el principio...
–¿Pero tenés ganas de verme?
–Sí, obvio, ¿qué tiene que ver eso?
–No sé, yo no sé mucho más que eso tampoco. Además, la verdad que la semana pasada me sorprendí, porque eras vos la que llamaba... Yo no sé si somos novios o no, no sé qué somos, no me interesa mucho tampoco saberlo, qué somos, y todo bien, yo entiendo lo que me decís, o creo, puedo identificar esa sensación, como que te viene de afuera, todo bien, pero ya ese pedorreo sobre el amor, no sé si me interesa mucho entrar en eso, me parece que no me interesa y que es un poco engañoso. Y no sé, ya lo del otro día, lo de que te quedaste pensando, justo el otro día que estuvo medio choto, bah, que no cogimos muy bien, no sé, por ahí me equivoco, pero me parece que sos un poco resultadista...
–¿Resultadista? No entiendo qué me querés decir…
–No, nada, que ahora me decís estas cosas y fue justo la última vez que nos vimos que no pudiste acabar y entonces…
–Ay, qué boludo, ¿qué tiene que ver eso?
–Bueno, ponele que no tenga nada que ver, pero entonces es muchísima casualidad que me vengas con este planteo justo ahora, después de que no estuvo muy bueno la otra vez, porque la semana anterior habíamos estado a pleno...
–Sí, ya sé, pero igual lo de acabar olvidate, mirá si eso va a tener algo que ver, eso me chupa un huevo, mirá si eso me va a importar, qué boludo...
–Y entonces, ¿qué te agarró justo ahora?
–No, no es justo ahora, ése es el tema. No es justo ahora. Es algo que me pasa siempre y que no quiero que me pase más, ¿entendés? Me gustaría no tener que pensarlo tanto, pero después las cosas pasan igual y yo quiero que estés al tanto, que sepas que existe la posibilidad de que yo desaparezca, que convivas con eso. O que no convivas, por ahí convivir es mucho, pero no sé, que lo sepas, que lo tengas en cuenta, no sé, no te quiero quemar la cabeza...
–No, no me estás quemando la cabeza, está todo bien, igual no entiendo muy bien a qué viene...
–¿Cómo que no entendés a qué viene? ¿Qué es lo que no entendés?
–No, sí entiendo, está todo bien, olvidate...
–No, pero decime...
–No, no, ya está, no importa, no era nada...
–...
–...
–Che...
–¿Qué?
–¿Vos me querés a mí?

Friday, August 22, 2008

Primeras páginas (II)

Hidrografía doméstica (novela)
de Gonzalo Castro

Uno


Me miro los pies. Otro día. Hace una semana que tengo miedo, y que busqué por todas partes. De todas maneras puede tratarse de un error, porque muchas veces me pasa de confundir los sentimientos. Sentir calor y era angustia. Sentir como una opresión en el pecho y era sueño. Por suerte puedo quedarme en la cama a analizar todo esto.

El vivir sola me ha dado madurez, en el medio del bosque, un auténtico vergel. A veces abro la puerta y es un desierto lunar, el frío entra por los poros de mi casa y yo estoy en la cama.

La cama más grande del mundo. Nadie tiene una cama así. Mis padres tienen una cama grande en la que supongo que malamente se aburren y así y todo es chica al lado de la mía. Mis amigos de mi edad tienen camas de juguete, camas para dormir. Unos amigos más grandes tienen camas en todo caso como la de mis padres, pero todos suponemos que se divierten un poco mejor, aunque algunos se la pasan llorando. Quizá es mi influencia. Yo nunca lloro, pero creo que a veces inspiro a llorar.


Mi cama ocupa los veintidós metros cuadrados de mi casa, en una de mis primeras coincidencias de predestinación generadora. Entonces mi casa está hecha para un colchón de dos plazas, tres colchones de una plaza, y un colchón de tamaño indefinido, sábanas, mantas parciales, retazos de acolchados, almohadas y almohadones, todo seguramente robado a mi familia.

En mi casa es ley estar descalza, y mala costumbre andar en piyama. Mi casa está en el fondo del gran jardín de la casa de mis padres, y además del gracioso espacio mullido tengo un baño de fantasía con dos viejas bañeras con patas, como dos Behemots obedientes, paralelos (una historia bastante larga y que favorece a mi padre, aunque después él se haya arrepentido), y vidrios, espejitos de colores, caracolas (maravillas por las cuales una entregaría todas esas inútiles piezas de oro y plata a las fuerzas realistas).

Afuera, mi patio pequeño; después empieza la frondosidad, la anchuria arbolada, la vegetación subtropical, supertropical, y más allá lo de ellos, la parquización, la piletización olímpica. Pero en mi patiecito tengo una parrilla, un anafe y un horno de barro auténtico (nuestro planeta consta de tierras y aguas, los dos elementos base para producir barro), pero clausurado.


Necesito dormir.

Primeras páginas (I)

Semana (novela)
de Sebastián Martínez Daniell

Lo mejor será

Escuchen todos. Escuchen cómo trina... ¿quién es que trina entre los muebles? Sí, escuchen cómo trina... o cómo canta...; de un modo curioso. Yo conozco ese canto insistente, que también es el canto habitual... Y conozco esa voz. El canto de esa voz potente que viene desde lejos. Es un último ruego remoto. Un mensaje ultramarino saboteado por el oleaje. Lo que queda de un trino devorado por las criaturas del mar. El resto de una intención. Lo que queda del mejor grito. O quizás es el canto a media voz de alguien muy próximo. El susurro íntimo de un ser inaudible. Es una injuriosa demanda al oído que proviene desde dentro. Con persistencia. Desde dentro y en una lengua extraña. Ya está. Cesó, desapareció. Lo mejor será que siga durmiendo.


Una recta inagotable

Cada día que comienza me esfuerzo por mejorar, por progresar. Recorro el escarpado camino de la auto superación. Soy un hombre que no teme alcanzar día a día nuevas metas. Pongamos como ejemplo el tabaquismo. No me conformo con ser un adicto al cigarrillo. No me satisface sólo fumar mecánicamente sin objetivos ni perspectivas. Fumar sólo para terminar un cigarrillo y, al rato, encender otro sin un plan directriz, sin un concepto que sustente la práctica. Por el contrario, intento ser un profesional del cigarrillo. Fumar cada día más. Cada día en peores circunstancias. Me apena no tener suficiente fuerza de voluntad para poner el despertador y levantarme en la madrugada a fumar un cigarrillo más.

Y esta mañana, ¿qué? Abrir los ojos y fumar, por supuesto. Y no es placentero. Es un verdadero martirio este primer cigarrillo y su denso humo que atraviesa la garganta reseca, antes de tomar un vaso de agua, antes de lavarme los dientes. La boca pastosa y los pulmones que reciben la primera laceración y se resisten al penoso proceso del tumor y la metástasis. ¿Qué más? La luz del helio consumiéndose en el vacío y entrando por la persiana. El entumecimiento de los miembros y la lejana voluntad de cambio. En la calle, a través de la ventana, apenas los escucho, un niño con su madre.

El niño, más que llorar, grita. No es el llanto desesperado del sufriente. Es un grito urgido, innecesariamente urgido. Grita con fuerza, con mucha fuerza. Aturde. No articula sentido. Sólo vocales. No tiene nada para expresar. No hay ninguna exigencia concreta, es sólo un grito que espera ser atendido.

La madre lo mira. Se avergüenza. De reojo nos mira a todos, se siente nerviosa. Está en una encrucijada. Impone su autoridad o cede ante el ridículo. Se hace fuerte. Toma del brazo al niño y lo sacude.

El niño grita cada vez más fuerte. Con la boca cada vez más abierta. Sin dolor, con voluntad de poder. Quiere algo y está convencido de merecerlo. Sus gritos pierden intensidad a medida que el aire va vaciando sus pulmones. Pero inspira violentamente y vuelve a gritar. Cada vez más fuerte.

Ahora la madre también grita. Pero son gritos diferentes. Son gritos racionales, intentan convencer al niño de algo. De que deje de gritar. Le grita que deje de gritar. Luego baja la voz y le habla. Que sea bueno. Que la gente los mira. Que está haciendo papelones. Pero fracasa y calla. Balancea la mano y le pega.

El niño llora. Llora y grita. Grita porque ya venía gritando. Llora porque siente impotencia. Los dos se van. Los miro irse y miro el teléfono. Ah, sí. El teléfono, el mensaje, la amenazante intermitencia del contestador automático. Esa luz suave y verdosa que colma el espacio alarmando sobre los riesgos de la mirada y la pulsión escópica. Luego se ausenta invitando a Morfeo a trazar una recta inagotable entre el letargo de las siestas y los desmayos de la nocturnidad. Y así alternativamente.
Presiono el botón pertinente y el ganador es... ¡Tosca! Ella, regresando de su segundo desayuno, ya preparada para tachar todas las anotaciones de su agenda mientras yo todavía intento reunir los pedazos sueltos de lucidez. Ya te llamo, Tosca. Será lo primero que haga en cuanto termine de convocar a la plana mayor de Pinkerton & Pinkerton y demos con ese huidizo teléfono. ¿Que te llame? Sí, claro, más tarde te llamo. Sí, sí, chau para vos también.

Tenía una escueta intención de llamarla. Y grandes intenciones de seguir durmiendo. Eso haría si no fuera por esto que se clava en mi sien. Por supuesto. La antena del teléfono que asoma por debajo de la almohada. Y ese amanecer nos acongoja a todos.

Wednesday, December 05, 2007

Besos

[por Iosi Havilio, para Confesionario]

A los trece años me agarró la costumbre de darle besos a una botella de criadores antes de ir a la cama. Besos al pico enroscado, besos de lengua, profundos, y ahora que lo pienso, más cerca del sexo oral que de los besos de boca. En la oscuridad de mi cuarto, con los ruidos de la avenida corriendo cuatro pisos abajo, se había convertido en un rito íntimo, casi una cábala. Incluso a veces, que ya me había acostado, la garganta me ponía en alerta negándome el sueño porque no había corrido ese trago de whisky caliente que la dejaba ardiendo por un rato. Entonces me levantaba, daba los tres pasos que me separaban del baúl verde, corría las frazadas, descartaba la enorme caja del tren eléctrico brasilero, y a ciegas, reptando con la mano por la pared del baúl, atrapaba por el cuello la botella de criadores que me esperaba siempre fiel. Le daba unos chupones, de pie, y quedaba entonado para esas primeras pajas torpes.

En casa no se tomaba alcohol, mamá tomaba otras cosas, más contundentes, por eso, cuando alguien venía a comer o algo, se traía una botella, casi siempre de vino blanco. La que no se despegaba nunca de su vaso de whisky era María Ester, una pintora amiga de mamá que se traía su propia botella y al irse la dejaba en la vitrina de un aparador del comedor, para la próxima. No sé mucho cómo, pero de tanto pasar, de tanto ver ese envase retacón con su líquido dorado, cada vez que entraba o salía de mi cuarto, un día me la apropié. Eso fue lo primero que hice, apropiármela, y esconderla en la baúl verde, que ya funcionaba como mi cofre vicioso, porque ahí también guardaba, en un pequeño bolso azul acolchado, de club, mi modestísima colección de revistas quasi porno, revistas con mucho relato y pocas fotos, revistas de bolsillo que por eso mismo, por su tamaño, por su sobriedad, me había animado a comprar.

El asunto es que a la botella de criadores, con sus toros tricolor, y su marco dorado, yo le daba besos. Había escuchado por ahí eso de darle besos a una botella, y como últimamente los besos se me habían vuelto una obsesión, practicaba por todas partes. Mucho en el espejo del ascensor, besos magníficos que duraban los cuatro pisos y que quedaban estampados como la marca de una aguaviva. A veces incluso, volviendo de esas primeras fiestas, con las hormonas alteradas, paseaba con el ascensor de una punta a la otra del edificio, dos o tres veces, para prolongar esa ejercicio narcisista que me proveía de los besos que no había dado ni se me había ocurrido pedir. Una vez, imborrable, la vieja del tercero llamó el ascensor mientras yo le quitaba el aire al espejo y claro, ni me enteré cuando abrió la puerta. Tuve que decir algo, o poner alguna cara que nos incomodó mucho a mí y a mi reflejo porque hasta hoy puedo ver y sentir el temblor de brazos y piernas que me acompañó durante ese interminable viaje hasta la planta baja.

El primer beso lo había dado unos meses atrás durante un campamento al Palmar.

Al menos eso fue lo que se dijo. Pero la verdad es que en la oscuridad de la carpa, entre premios y prendas, enredado en esa multitud de cuerpos embolsados, yo el beso nunca lo sentí. Lo cierto es que al otro día, Maki, la chica del beso, no me quería hablar. Decía por ahí que me había re-zarpado.

Un par de años más tarde tuve mi primera novia y empecé con los besos en serio. Una primera novia que duró dos días, más o menos igual al tiempo que duraron los besos, descontando las pocas horas de sueño, las comidas, y los dos brevísimos diálogos que mantuvimos para iniciar y para romper nuestra relación, para salir y para cortar. Esos fueron besos indelebles, narcóticos, casi quirúrgicos, besos record, inagotables, que suspendíamos sólo por alguna urgencia, cuando tocaban el timbre, nos ensalivamos demasiado, se producía el efecto sopapa que nos desconcentraba haciéndonos reír, o nos hacía ruido la panza. Aquellos besos, misteriosamente, tuvieron gusto a yema de huevo, un gusto intenso, embriagante, que nunca pude revivir.

Pero los besos a la botella de criadores no terminaron tan bien. Un viernes cerca de fin de año mi hermana invitó a una compañera del colegio. Una chica alta y rubia, una chica con pecas, que no era nada del otro mundo, pero era un chica. Mamá había salido y estábamos los tres solos. A pesar de ser menor que yo en general mi hermana no me habría mucho su mundo, sobre todo cuando invitaba amigas, se encerraba en su cuarto, y yo tenía que conformarme con merodear. Yo era flaquito, con muchos rulos, y tocaba el piano, un nene medio antiguo. Pero esa noche, en algún momento que salieron del cuarto, algo se iluminó en mi cabeza y pensé en la botella de criadores. Era mi oportunidad. Así que rescaté a mi compañera del baúl, y salí a pasear por la casa con la botella en la mano. Y el alcohol, esa carnada sin competencia, hizo lo que yo todavía no sabía. Las impresionó. Entonces nos instalamos en el living con tres vasos de trago largo a tomar whisky con hielo, mi hermana, la amiga y yo. Yo servía, yo administraba, yo era el amo. Y por supuesto yo era el que más tomaba, esa era mi virtud. Tomaba con naturalidad, muy seguro de mi mismo, creyendo que ese par de meses que había durado mi hábito alcohólico me habían preparado para la situación. Después, muy rápido, las cosas entraron en una zona turbia, desafortunada. Las chicas apenas probaron el whisky, se mojaron los labios. En cambio yo, que para eso estaba, poniendo en juego mi escasa hombría, habré tomado tres o cuatro vasos, suficientes para voltearme. La botella de criadores, igual a un cacique indio, me enjuiciaba desde lo alto del techo del televisor, un grundig gigante con marco de madera falsa. Y enjuiciándome, no entendía cómo tan de golpe había pasado de los besos a la borrasca. Tocando la medianoche, me fui dejando atrapar, sin registro, por la borrachera, esa medusa hipnótica y cruel, ávida de disciplinar a pendejos vanidosos. Y por supuesto, antes, mucho antes de lo planeado, me quedé solo, sin aviso, solo en el sillón de cuero adhiriéndose a mis piernas transpiradas, solo y burlado, con los primeros síntomas del mareo y el final de la transmisión aullando en la tele. Me fui embroncando, maldiciendo a esas dos conchudas, enojándome con mi debilidad, y claro, manoteé la botella y me seguí sirviendo whisky cada vez más caliente. Mi hermana y su amiga se habían encerrado en el cuarto y me llegaba, amortiguado por puertas y paredes, ese tema de Inxs que no paraba de sonar:

Hey now I'm gonna take a new sensation
A new sensation

Are you ready for a new sensation?



Pensé dos veces en deshacerme de las pruebas, esconder la botella en el baúl, llevar los vasos a la cocina, pero ya no tenía fuerzas. Un minuto antes de sucumbir no reconocí más nada y en el mismo segundo que me ovillé en el sillón me quedé dormido con las luces prendidas. Esa noche, o parte de esa noche, hasta que empezaron los dolores, soñé con el monstruo de espuma blanca de los cazafantasmas, ese muñeco leproso del que se desprendían imposibles pedazos de merengue a medida que avanzaba por las calles.

Lo que siguió lo tuve que reconstruir a partir de las evidencias. Esta claro que en algún momento me creció una bomba de tiempo en medio de la panza. Una bomba que nunca explotó y que fui desactivando con una serie de vómitos al pie del sillón. Dos o tres vómitos sólidos, y muchos, incontables, vómitos biliarios. Mamá tuvo que llegar y encontrándome en el sillón con mi mascota estomacal, los vasos con fondito ocre, y la botella arriba del grundig, ni se me acercó, ni me despertó, ni nada, pero tomó una decisión que me iba a anunciar unas horas más tarde.

El despertar, los despertares, fueron anticipados por múltiples visiones taladradas que iban, a pesar de mí, revelándome los hechos, un caos acompasado por una jaqueca que no cabía en mi cabeza. Me senté en el sillón, las piernas flacas, temblorosas, los pelitos erizados, tan débil, tan chiquito, tan triste. Desperté en calzoncillos, es decir, alguien, mamá, o el fantasma de las burbujas blancas, me había sacado el pantalón lo que me disminuía todavía más. Y esta sensación corporal, insólita, tan distinta a las fiebres, a otros dolores de panza, tan distinta a todo a lo conocido, me colocaba en una dimensión nueva. La dimensión del sinfín, la amenaza de la resaca eterna.

Desde su cuarto, adivinándome despierto, mamá ordenó que me preparara porque papá nos pasaba a buscar en un rato. El programa no sonaba bien. Adónde vamos, no pregunté. Pero no tardé en enterarme que el destino era el psicólogo. Sí, me llevaban al psicólogo, un sábado por la mañana, de urgencia, cuando en realidad yo necesitaba un lavaje de estómago. Pero no me opuse, no tenía cómo, si abría la boca volvían las arcadas.

Afuera, en la calle, el calor, las bocinas, toda esa gente con bolsas, la luz tremenda de la mañana, terminaron de hundirme. El viaje en auto fue un suplicio, sufriendo una náusea continua que crecía con cada frenada, cada bache, cada semáforo, un viaje mudo, perpetuo. Se ve que el psicólogo, que en realidad era una psicóloga, ya estaba al tanto del episodio porque me hizo pasar sin sorprenderse, ni pedir explicaciones por esta sesión extraordinaria. Era una mujer bonachona que había aprendido a querer, a pesar de mi resistencia inicial. Iba al psicólogo desde hacía un tiempo. Iba al psicólogo, como también iba a piano, y como otros chicos iban a taekwondo. Y yo, al psicólogo, lo llamaba psicoloco. Ahí tenía mi caja forrada con fotos de autos de carrera donde guardaba mis cosas, mis crayones, mi bloc de dibujo, una flauta dulce con olor a podrido, bolitas de vidrio, un atado de boletas de las últimas elecciones, un álbum casi completo con los equipos del mundial de Méjico, y una pelota de goma color ladrillo y franjas blancas de esas que ahora vuelven a verse en las plazas.

En la media hora de sesión habremos cruzado cuatro o cinco palabras, monosílabas, y por primera vez el silencio metódico de la analista me resultó un bálsamo. Permanecí todo el rato abrazado a la pelota de goma que presionando sobre mi abdomen lograba aliviar los picos de dolor. Papá y mamá se habrán pasado discutiendo del otro de la puerta los pasos a seguir para corregir la vida de este preadolescente alcohólico.

Volví a casa y la puerta se cerró detrás de mí como los barrotes de una celda. Mamá ni entró, de mi hermana y su amiga no quedaban rastros. Era mi castigo, un sábado de encierro doblado de dolor, con la obligación tácita de desinfectar el living de los restos de mi borrachera. Ahí seguía, inmutable, igual a un cachorro fiel y mojado, mi primer vómito etílico. Pero no tuve fuerzas, ni ánimo para limpiarlo enseguida, era más fuerte que yo. Todo lo que pude hacer antes de ir bañarme, fue levantar los vasos y la botella de criadores. En la cocina, puse el whisky lo más lejos posible de mi vista, la sola visión de esa etiqueta con los toros enojados me aterraba. Abrí la canilla y estuve a punto de lavar los vasos con la esperanza de suprimir ese olor dulzón y pesado que cargaba todo el ambiente.

Pero sucedió algo, algo más, una última cosa que me desarmó entero, algo que me arrojó al otro lado, al mundo de la desolación. Alguien, yo mismo, había apilado los vasos, y la mezcla de alcohol y calor los había pegado, sellándolos a fuego, como bebes siameses nacidos con un mismo brazo derecho, o un perro y una perra trabados en la cópula, imposibles de desunir. Ni el agua, ni la fuerza, ni nada, pudo en ese momento desprender la boca de un vaso del culo del otro, y eso sí me hizo estremecer como nunca, provocándome un escalofrío largo que creció hasta las lágrimas. Resistí un poco pero rápido me dejé vencer por la contundencia de la deformidad, abandoné los vasos sobre la mesada, y huí de la cocina refugiándome en la bañadera vacía con un pensamiento único, indisoluble, que me vuelve cada tanto, cuando menos lo espero.

Alguien, alguna vez, tiene que separar esos vasos. Aunque haya que romperlos.

Wednesday, November 14, 2007

Barrios de puño y letra

Thursday, November 08, 2007

Pinta tu aldea

Por Carolina Sborovsky

¿Cómo narrar la ciudad propia, el barrio, el universo de la cuadra? ¿Cómo volver a mirar el paisaje de los recorridos cotidianos?, ¿qué vuelve propio, íntimo -en definitiva: literario- a las anécdotas que se suceden sobre las desgastadas veredas de todos los días cuando la ciudad, el barrio, el universo de la cuadra muta hasta volverse irreconocible? Dos antologías de reciente aparición proponen mapas narrativos: en Diagonal Sur (Edhasa) cinco de los mejores escritores latinoamericanos cuentan su relación con su ciudad, mientras que en Buenos Aires escala 1:1 (Entropía) “la joven guardia” de nuevos narradores prueba su oficio mediante una travesía de 25 relatos sobre distintos barrios porteños.

Entre el amor y el espanto: Diagonal Sur.

Ciudad monstruo, ciudad volcán de deseos, ciudad sitiada por la hostilidad de vicarios y matarifes por nada, ciudad convertida en brillante fetiche a través de los ojos de quien vuelve desde lejos a mirarla. Así describen su propia ciudad y la relación íntima que con ella guardan Juan Villoro, Alan Pauls, Patricia Melo, Marcelo Cohen y Pedro Lemebel. Varias décadas más tarde de aquella citadísima declaración de Borges según la cual era el espanto -y no el amor- lo que lo ataba tan profundamente a Buenos Aires, cinco brillantes voces de la narrativa actual exploran y despliegan un amplio repertorio de sentimientos posibles entre esos polos. Y, si bien la perplejidad ante la ciudad que de tan diversa se volvió inabarcable es el sentimiento que recorre con más fuerza a todos los relatos, la diversidad y la vocación por el experimento de cada escritor vuelve esta antología una experiencia en sí misma.

Juan Villoro persigue el vértigo horizontal del Distrito Federal de México y su posapocalíptica belleza: el narrador, perdido en uno de los tantos barrios desconocidos, repite cual mantra “¿por qué carajo vivimos acá?”. Otro es el camino de Marcelo Cohen. Su deslumbrante relato celebra la vivacidad del barrio del Once, populoso mercado de la baratija a cielo abierto, entre lo mersa de sus carteles de lencería al por mayor, la festividad de comederos peruanos, el bullicio de todos los dialectos que allí se gritan superpuesto al de las disquerías y la solemne liturgia de un shabat. Lo sorprendente de Cohen – digámoslo: uno de los mejores escritores porteños de su generación junto a Pauls, también antologado, y a Jarkowski- es su pericia para encontrar allí donde pareciera que nada nuevo hay par decir un relato agudo y mordaz: “Algo hay que hacer con la excitación sobreinducida y atascada, ¿no? En el modelo actual que predomina, una vida es una larga rutina jalonada de orgías; la consigna del Once es: “Miniorgías para todos ¡ahora!”.

Por su parte, la única escritora de la selección, Patricia Melo, revela su fórmula secreta para novelar la violencia incontenible de San Pablo y Río de Janeiro, su encuentro con matadores a sueldo para escribir sus célebres policiales negros (o non fictions); Alan Pauls, otra vez, nos recuerda cómo lo habitual puede volverse monstruoso, por ejemplo, en una esquina del barrio de Caballito en un delicioso diario clínico muy “pauls”; Pedro Lemebel deambula por los suburbios del gay town de Santiago de Chile: el asfalto, puro fuego; los reductos under, una masa de deseos entreverados, a la vez que no se priva de explotar comparaciones y chicanas entre porteños y transandinos.

Un gran mérito de esta selección es tener en cuenta que quien decide comprar una antología busca un panorama diverso y de calidad sobre la producción actual. Esta cuidada selección a cargo de Graciela Speranza y Matilde Sánchez, editada como secuela del Segundo Encuentro de Pensamiento Urbano en Buenos Aires en un simpático diseño pocket, ofrece un puñado de voces potentes y heterogéneas.

En el prólogo que abre el libro las escritoras opinan que: “Pensamiento, arte y ciudad se vuelven indiscernibles en el siglo XX. Pero el idilio más o menos esperanzado con la ciudad se volvió puro espanto. En todas las metrópolis y también en Buenos Aires las diferencias sociales recrudecen los enfrentamientos y desalientan el contacto. Aún así no hay más allá de las ciudades”. No todo es desconsuelo, sin embargo, ya que “mientras buena parte de la política se encierra en un pragmatismo obstinado, el arte hace las preguntas más impertinentes. La literatura puede anticipar direcciones de la vida urbana aún impensadas”. Tendremos que agudizar, entonces, el ingenio; forzar la imaginación para recrear nuestros gastados espacios diarios.

Barriales
Desde hace un tiempo, la nueva generación de narradores denominados por la primera antología que los reunió como “la Joven Guardia” viene demostrando que la ficción porteña se renueva con auspiciosa vitalidad. A partir del suceso de esa primera selección, siguieron varias otras como la femenina Una terraza propia (Norma), la picante En Celo, sobre sexo, editada por Mondadori que acaba de sacar In Fraganti, a partir de resonados casos policiales argentinos. La consigna de Escala 1:1 (Entropía), esta vez, fue contar los barrios de Buenos Aires. Aquí la “Joven Guardia”, ya ampliada, dibuja un mapa literario, una travesía de veinticinco relatos alejados de cualquier guía turística. Fijados con la precisión del cronista atento, cada uno es una muestra de fidelidad a las calles tantas veces recorridas donde conviven la capacidad de observación, la sensibilidad para el ritmo y el desenfado para contar.

Entre toda la paleta, algunos textos son verdaderos hallazgos, como “Eleven”, de Natalia Moret, quien elude tics de chica sexualmente liberada y da una ingeniosa vuelta de tuerca a ese clisé; “Animetal”, el genial cuento en el que Leo Oyola crea un potente voz lumpen (e incluso la parodia) en una helada noche en el Bajo Flores; “Capacidad de adaptación”, un agudísimo micro- memoir de Sonia Budassi; “Autocine” del también actor Mariano Pensotti y “En la santería”, la filosa excursión a la sordidez barrial de Hernán Vanoli. La primera persona y las anécdotas casi mínimas en la mayoría de los relatos da a esta antología un tono bastante íntimo, en algunos casos nostálgico o de reflexión en voz alta que, junto con el estilo llano, directo y el leve cinismo para tratar ciertos temas caracterizan a esta nueva generación. Quizás otros relatos, menos afortunados, vuelvan algo despareja la calidad total de la colección, o de a momentos algunos (pocos) la vuelvan monocorde; sin embargo esa heterogeneidad, creemos, puede ser tomada como parte de la consigna y el riesgo de la antología.

La Buenos Aires que se dibuja es contradictoria, festiva, cruel y bestial. Heterogénea y fascinante, cada relato arma figuras caprichosas en el vertiginoso calidoscopio de nuestra urbe. Como advierte el escritor y compilador Juan Terranova: “Buenos Aires incluye tanques de agua teñidos de óxido, terrazas llenas de macetas, calles bien y mal iluminadas, parques reciclados, avenidas y edificios, personajes excéntricos y para cada uno de sus habitantes, la poética del recorrido privado. Además, sus aldeas, a las que llamamos barrios, generan sus historias y sus formas de desprecio y seducción”.

Thursday, October 04, 2007

El placer no es una variable

La época de la abulia existencial tiene diversos epígonos y ha encontrado en cierta literatura de nuestros días, una encarnación proliferante.

Puede pensarse una trama que entrelaza la estética del Nuevo Cine Argentino con la de algunos de los escritores nóveles que empiezan a ver la luz de la existencia por mano de algunas editoriales que están apostando a esta literatura fresca.

En ese sentido, la Editorial Entropía lleva la delantera en cuanto a preciosas publicaciones de interesantes nuevas promesas del campo literario y de la estética de existencias abúlicas.

La editorial pareciera estar encarando la edición de sus libros siguiendo la regla del “secreto del éxito” de toda pequeña editorial: publicar para determinada pequeña porción de mercado que las grandes editoriales descuidan. Lo que se llama “el nicho editorial”.

Entropía por su parte, pareciera haber encontrado su nicho en lo que podría llamarse “la efervescencia de Puán”: la construcción de lo cool y lo integrado que es ser de Letras en este momento o ser del palo de Letras (basta recorrer los centenares de blogs e intervenciones en blogs de satélites de la carrera, los encuentros de estudiantes de letras, los ciclos de lecturas de narrativa y poesía que se expanden por cuanto antro haya en la ciudad, la importancia de las nuevas revistas literarias de Letras y las intervenciones mediáticas de gente de letras que adquirió, con el Caso DiNucci del verano 2007 su momento de mayor exposición).

“El mundo como supermercado” es el inteligente título (no así tanto el libro) que le puso Michel Houellebecq a una colección suya de artículos de revistas. En momentos en que es clara la forma en que los ciudadanos somos tratados como consumidores a los que se nos intenta vender cualquier cosa como se intentaría vender jabón en polvo, también hay una literatura que puede ser de consumo masivo pero que al mismo tiempo, está contaminada de guiños formales, estructurales y de contenido que harían sonreír de satisfacción a cualquier estudiante que haya aprobado Teoría y Análisis Literario I.

“¿Vos me querés a mí?”, primera novela de Romina Paula se inserta en ese preciso espacio.

La novela toca varios tópicos de la insatisfacción juvenil y en su apuesta por una retórica ampulosa y vacía, desarrolla su problemática: la duda.

Enunciada desde el título, la duda es duda de todo: los valores familiares, el amor, la verdad, la sexualidad, las fantasías, la normalidad, la muerte y el psicoanálisis.

Intercalando un capítulo de diálogo y un capítulo de reflexión introspectiva en forma de monólogo interno, la novela narra algunas situaciones en la vida de Inesia, joven presumiblemente de veintipico, que abandonó una carrera (presumiblemente alguna que se dicte en Puán) para dedicarse al Teatro, que tiene una abuela sobreviviente de un cáncer de mama (cuyo cuerpo no salió indemne) y otra internada en un geriátrico, que está empezando a salir con un pibe pero duda de poder sostener la relación y que, en el fondo intenta lidiar con su duda más profunda: su orientación sexual.

En ese intercambio de capítulos que alternan en dos registros estructurales (diálogo-monólogo interno) también se produce un diálogo cuyo marco es la narración en su totalidad.

Diálogo fracturado por una breve narración en primera persona que se coloca en la mitad del relato aproximadamente y que aporta el único momento de desplazamiento de la acción por medio textual (teniendo en cuenta que el resto de los desplazamientos operan por medio de elipsis y reposición: lo no dicho que el lector repone mediante la materia de los diálogos).

La narración en primera persona es el único momento que no permite la duda aunque se asiente en la subjetividad.

Es objetivo y plantea certezas porque el discurso no se enchastra con las retóricas automáticas de los monólogos internos que terminan conformando una escritura bloguerística (“El punto clave es que no es otra cosa que la riqueza abundancia particularidad del mundo interior, si es que algo como eso existe y no esas palabras, de falsos espasmos y placeres verdaderos, pero no menos efímeros y pelos muchos y largos pelos casatños adheridos a las sábanas junto al olor, mi olor – eso dicen – que yo misma desconozco.” (Paula, p.52)

Los capítulos en forma de diálogo por su parte, se imponen con la potente soberbia de captar a la perfección el habla cotidiana de los jóvenes de clase media en un manejo tan preciso de expresiones y registros que emparenta la escritura de Romina Paula con lo que hizo famoso a J.D. Salinger: transcribir los códigos generacionales adolescentes.

Valga uno de los ejemplos más expecionales (diálogo entre Inesia y Pablo, su chico, acerca del disfrute sexual de ella):

“(Pablo) - Qué locura… no la pasabas muy bien que digamos.

(Inesia) – No, ni en pedo, se ve que el placer no era una variable.

- No.

- Qué bajón.

- Mmmm.

-¿Y ahora?

-¿Ahora qué?

- No, ¿ahora qué onda con eso?

- No sé, bien, no sé… ¿Qué querés que te diga?

- No, no sé, nada, qué onda con eso.

- No se, boludo, ¿qué me preguntás?

- No, nada.

- Que forro.

-¿Por qué?

- No, dejá, no importa, no entendés.

-¿Qué me decís, boluda?


- Ya fue.

-Bueno sí, ya fue…

-…

-¿Me das un beso bonita?” (Paula, 59,60)

Con todo, la narración representa con soltura el estereotipo de pseudointelectual de Puán: con la negación a la francesa (por esa tendencia actual a mutliplicar los modalizadores de negación en la oralidad como quedó demostrado en el fragmento anterior), las referencia directas a la facultad (cuando se compara al Hospital de Clínicas con “estar internado en Puán” (p.70) y sus chicas que recorren el camino de la frigidez en tránsito a la homosexualidad apoyadas en el feminismo mal masticado de Andrea Dworkin: “toda cópula es una violación”.

Así: “Tuve un primer novio con el que cogí y después no quise coger más y estaba como re-loca con el tema, tenía todo un discurso al respecto, como una teoría, pensaba que coger era una violación, porque hay uno que penetra y otro que es penetrado y que el hombre y la mujer estaban en igualdad de condiciones hasta ese momento, en el que el flaco te mete algo hasta acá, ¿entendés?” (Paula, 59).

La cuestión sexual, luego retomada en la llaga interior de la vagina de Inesia producto del sexo heterosexual, la imposibilidad de enamorarse (es decir, la posibilidad de enamorarse con fuerza de un hombre por un breve tiempo y luego desenamorarse sin motivo) configuran el esquema de la duda (la sexualidad) y el carácter de búsqueda e insatisfacciones permanentes del estereotipo Chica-Puán.

Es en ese sentido que la novela delimita y determina todo ese espacio de seres y sus dudas permanentes, donde el placer casi nunca es una variable porque es más cómodo seguir siendo un ser sufriente, un adolescente que añora su infancia asexuada.

La Chica-Puán o Inesia es aquella alternatonta de clase media que se ponía brillantina en el pelo y escuchaba El Otro Yo cuando tenía 15 años.

Sólo que ahora creció y refinó sus gustos (y en eso hay un muy buen trabajo de escritura al referir a productos culturales sofisticados (como el cine alemán) que operan como manifestación de cierto realismo pop cool (en contraste con el Pop Nacional y Popular de la escuela puigiana).

La escritura de la novela es impecable e implacable entonces dando espacio y personalidad a esta subesepecie de jóvenes de clase media que son sus lectores naturales.

En un mundo-supermercado es bueno que haya opciones para todos los tipos de consumidores.

La novela de Romina Paula apunta a aquel tipo de consumidor que contribuye a crear y recrear.

Thursday, August 09, 2007

Presentación de Mockba, de Diego Muzzio

Hace algunas semanas, a partir de los relatos de Mockba, se me ocurría pensar que, a su modo, Muzzio había revitalizado, y por qué no redefinido, aunque con apabullante clasicismo, los términos en que debíamos hablar del género fantástico en la Argentina de estos años. El género fantástico es, se sabe, el género por excelencia, porque trabaja más que ningún otro con la sugestión y con lo ambiguo; y en aquel entonces, cuando me tocó pensar y escribir sobre Mockba –y me disculpo por lo autorreferencial, pero apenas trato de ser coherente-, proponía leer estos relatos en el lenguaje de lo imposible: lo imposible, claro está, entendido como contracara de la medianía, de lo cotidiano, de lo previsible y, mucho más allá, de lo que nos es dado comprender o asimilar. Lo imposible es, también, la muerte, que aquí más que un imán se parece a un secreto, y que como tal debe ser guardado, e incluso negado.

Pero la muerte no sólo es, en este caso, el fin de todo, y sólo a veces es el comienzo de algo. Es más bien un rumor, y al mismo tiempo un meridiano; es el fatum, la fatalidad del destino, sólo que es un destino omnipresente, un destino que asfixia, que lo devora todo, un tatuaje, un mapa sin contornos ni nombres propios. Lo imposible es, en Muzzio, una utopía horrorosa: sus personajes transitan la vida como sombras, como un recuerdo de lo que nunca han sido. De vez en cuando deciden inmolarse: entre la pena y la nada, algunos eligen –fatídicamente- la pena, cuando su única salvación está en no hacerse notar y esperar, con mansedumbre, la muerte. Otros, en cambio, no tienen elección: son muertos vivos, y el horror en ellos es la posibilidad de que los arranquen de esa letanía, que vislumbren cualquier tipo de esperanza.

Hablábamos, minutos atrás, de clasicismo. Es que Muzzio recoge, sin temor y sin efectismos, las tradiciones más sólidas del cuento de fines del siglo XIX y de la primera parte del XX, y se las apropia sin devaluarlas sino, por el contrario, exprimiendo todos sus recursos. Ahí están los ecos kafkianos, y habrá que decir entonces también borgeanos, en El Cementerio Central; ahí también el espíritu de Tolstoi, su desmesurada tristeza, en El correo del zar; ahí la sobriedad, la depurada rispidez narrativa de London o Quiroga dejándose entrever en La soledad de los animales; ahí la intransigencia de Maupassant en El Albino; ahí, en Mockba, la aventura trivial o ridícula, el sueño fallido, la traición, la derrota que es territorio de Onetti y de Roberto Arlt.

Pensando en la totalidad de la obra de Muzzio, ya no sólo en estos relatos, hay que decir que en ellos evidencia una vez más su obsesiva precisión, así como su pulso infrecuente, como si a cada momento intentara encontrar la frase perfecta, sabiendo que no podrá atraparla pero que al menos es capaz de intuirla.

Hablábamos también, minutos atrás, de lo fantástico. No vamos a mentir: la literatura argentina rebosa, en estos años, de buenos o excelentes libros, buenos o excelentes autores. Pero si pudiésemos hacer un reproche en voz alta, un reproche que acaso sea sólo un gesto de egoísmo, estaría relacionado con que en general se sitúan en dos polos: de un lado aquellos que abrazan el realismo, del otro quienes abominan de él. O fuera de los géneros: salvo alguna que otra excepción –Marcelo Cohen, Rodrigo Fresán o Miguel Vitagliano, por citar nombres-, todo es demasiado real, o bien es fantasía pura. Y sin embargo, me permito pensar, les propongo que pensemos juntos, es posible que la mejor literatura pise un terreno más resbaladizo, que se codee en verdad con lo posible, con la duda, con aquello que tal vez esté ocurriendo, o tal vez esté ocurriendo de este modo, y tal vez, incluso, nos alcance.

Los relatos de Muzzio obligan a repensar esos términos, y nos proponen una lectura desconfiada, pero sin duda luminosa, de la realidad. Claro que en esa realidad siempre nos aguarda, al final, la muerte. Y casi nunca hay palabras para explicarla.


José María Brindisi
Julio ´07

Wednesday, August 08, 2007

Talando Árboles

Una discusión sobre la situación de la literatura argentina y la industria editorial

Cuatro jornadas de debate sobre la actualidad de los libros, las editoriales, las librerías, el periodismo cultural, los autores y los lectores. De la crisis a la explosión de las editoriales independientes, de las grandes editoriales a los suplementos culturales.

Durante agosto y septiembre Interzona Editora y Boutique del Libro Palermo Viejo organizan un ciclo de charlas con editores, libreros, periodistas y escritores orientadas a los interesados en los diversos aspectos del libro y su actualidad. Los encuentros se realizarán cada quince días, los días miércoles a las 19 hs en Boutique del Libro Palermo Viejo, Thames 1672.

PROGRAMACIÓN

/ AGOSTO
• Miércoles 15 de agosto, 19 hs
Editoriales grandes y chicas
Editoriales independientes y grupos: ¿Competidoras o complementarias?
¿Qué convierte a una editorial en independiente?
¿Las editoriales más chicas se encasillan?
¿Es el lugar que les dejan o el que eligen?
El rol de los editores. Los autores: ¿cómo eligen dónde publicar?
Relación con los mercados exteriores. Traducciones. Importaciones y exportaciones.
Ediciones pagas, concursos, criterios de selección y exclusión. Políticas editoriales.
Vínculos con librerías, con la academia y con los medios.

Participan:

* Alberto Díaz, editor (Emecé y Seix Barral, Grupo Editorial Planeta)
* Adriana Hidalgo / Fabián Lebenglik, editora (Adriana Hidalgo)
* Valeria Castro, editora (Entropía)
* Juan José Becerra, escritor

Coordina: Gabriela Adamo


• Miércoles 29 de agosto, 19 hs
Libreros y librerías
Lugar de la librería en la “cadena del libro” (escritura, edición, lectura).
¿Cuánto influyen las librerías en general y cada librería en particular en, por un lado, los procesos de edición y reedición y, por el otro, en las elecciones de los lectores?
Importaciones y exportaciones. Desde el lugar del librero, ¿qué se elige tener y qué se elige exponer? ¿Cuál es el margen de acción? Premios, promociones, novedades, reediciones, clásicos, libros de no ficción, best sellers. Feria del libro: del no lector al autor.

Participan:

* Alejandro Pérez Morales, librero (Boutique del Libro)
* Ezequiel Leder Kremer, librero (Librería Hernández)
* Paula Pérez Alonso, editora (Planeta)
* Pablo Avelluto, editor (Sudamericana, Random House Mondadori)

Coordina: Fernando Pérez Morales



/ SEPTIEMBRE
• Miércoles 12 de septiembre, 19 hs
Suplementos y críticas
¿Sirve todavía la crítica literaria? ¿Cómo es la relación entre medios, editoriales y autores? ¿Existe todavía la figura del crítico literario? ¿Es la crítica una instancia de reflexión, o forma parte del proceso de promoción del libro?

Participan:

* Maximiliano Tomas, (editor suplemento Cultura de Perfil)
* Mariano Valerio, (Director revista Los Inrockuptibles)
* Juan Boido, (editor Radar, Página /12)
* Américo Cristófalo, editor (Paradiso)

Coordina: Damián Tabarovsky

• Miércoles 26 de septiembre, 19 hs
Lectores y lecturas
¿Qué es un lector? ¿Cómo se define según las librerías, las editoriales, los autores?
¿Por qué caminos llega al libro? Premios literarios, prensa, televisión.

Participan:

* Silvia Saitta, ensayista
* Fogwill, escritor
* Luis Chitarroni, editor (Sudamericana, Random House Mondadori)
* Juan Sasturain, escritor

Coordina: Fernando Pérez Morales & Damián Tabarovsky

Tuesday, August 07, 2007

Declaración internacional de los editores independientes, por la protección y la promoción de la bibliodiversidad

Preámbulo

El papel de los editores independientes, como actores esenciales de la difusión de ideas, de la construcción del ser humano, se encuentra hoy gravemente amenazado en el mundo entero. La bibliodiversidad –la diversidad cultural en relación al libro– corre peligro.

Los editores independientes padecen intensamente los efectos de la globalización económica, que favorece la concentración financiera de este sector, dominado hoy por grandes grupos que poseen los recursos económicos, los medios de comunicación y mecanismos de difusión. La uniformización de los contenidos está en marcha.

La lógica puramente financiera empuja el mundo editorial hacia una mercantilización incompatible con la creación y la difusión de bienes culturales. A pesar de ello el libro debería ser un bien público.

Frente a estas amenazas, nosotros, 75 editores independientes de más de 45 países –entre los cuales hay representantes de colectivos que agrupan en total más de 465 editoriales– reunidos en París, en la Biblioteca Nacional de Francia, del 1º al 4 de julio de 2007 en el Congreso internacional de la edición independiente, reafirmamos nuestra determinación de resistir y actuar unidos.

Compartimos plenamente los principios de la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de la Unesco que entró en vigor el 18 de marzo de 2007. Expresamos nuestra voluntad de contribuir activamente para que su aplicación en el sector cultural al que pertenecemos sea una realidad. Consideramos que la Alianza de editores independientes que conformamos es un instrumento legítimo para defender la bibliodiversidad y representar la edición independiente, particularmente frente a organismos internacionales y a Estados comprometidos en aplicar la Convención y en poner en práctica políticas nacionales para el libro y la lectura.


Declaración

Denunciamos en primer lugar y con energía toda forma de censura, sea esta directa, indirecta o fruto de la autocensura. Nos declaramos plenamente solidarios con todos nuestros colegas editores, autores y otros profesionales del libro, que sufren actualmente amenazas, agresiones morales o físicas o privación de libertad, que pone bajo serio riesgo sus actividades y aún sus vidas. Asimismo constatamos el desarrollo de formas de censura menos directas, tanto por vías administrativas (bloqueos en las aduanas, impuestos arbitrarios, etcétera) como por vías jurídicas y financieras, o aquellas que resultan de mecanismos de autocensura. El fenómeno de concentración económica, con una lógica puramente mercantil de la labor editorial y de los medios de comunicación, refuerza de manera directa o indirecta distintas formas de censura, o contribuye a su surgimiento.

Constatamos que las leyes antiterroristas o las llamadas "de seguridad" están restringiendo, desde hace ya algunos años, la libertad de expresión a lo largo del mundo; nos comprometemos a luchar contra esas violaciones.

Estamos particularmente alarmados por la escasa circulación de obras e ideas de una cultura a otra en particular por medio del libro. Constatamos, por ejemplo, que muy pocos libros son traducidos al inglés o al árabe mientras que la mayoría de las traducciones son de obras provenientes del mundo de habla inglesa. Tememos un repliegue de las identidades y la instauración de modo durable de un único pensamiento dominante. Pedimos de manera unánime y firme la creación, urgente, de fondos y ayudas para la traducción destinados a los editores independientes. Pedimos a todos los Estados, a los poderes públicos, a los patrocinadores, que movilicen recursos para facilitar la traducción de obras que permitan nuevas modalidades de relación entre las comunidades humanas y el refuerzo de la ya existentes.

Estamos convencidos que las coediciones son un instrumento útil para el diálogo intercultural –particularmente cuando son el fruto de una acción colectiva, plasmada en acuerdos comerciales solidarios. Nos comprometemos a continuar nuestra reflexión –enriquecida por la práctica– sobre la noción de «libro equitativo».

Nos declaramos en favor de la soberanía de los Estados en materia de políticas culturales, políticas que no deben de ningún modo menoscabar la libertad de expresión o violar los derechos humanos. Debe respetarse y aplicarse el derecho soberano a establecer políticas y leyes en favor del libro y para proteger y promocionar las industrias culturales independientes, derecho que nos comprometemos a defender. Dichas políticas deberían, por ejemplo, promover leyes de precio único para el libro, incentivos fiscales, desarrollo de bibliotecas públicas, protección y promoción de las librerías independientes, compras estatales de libros producidos localmente, tarifas nacionales preferenciales para el transporte de libros.

El libro y la edición forman parte de una herencia cultural local pero también universal, la difusión de las obras debe realizarse de modo prioritario –más aun cuando los niveles de desarrollo son desiguales– por medio de la coedición solidaria y la cesión de derechos de autor. Consideramos necesario fomentar la publicación de libros en lenguas locales o minoritarias y nos sentimos identificados con los editores que editan en ellas.

Pedimos la revisión del Acuerdo de Florencia. No nos oponemos al principio de la libre circulación de los libros, pero desgraciadamente, y de manera muy seguida, esta desfavorece los mercados y las industrias locales y nacionales. Deben haber compensaciones tendientes a corregir el intercambio desigual entre países fuertemente exportadores de libros y países mayormente importadores.

Hacemos un llamado a las asociaciones e instituciones que realizan donaciones de libros para que su actividad no afecte de modo negativo la edición local. Creemos que se debe revisar de manera urgente esta actividad y sus mecanismos, buscando darle a la donación de libros una nueva significación, una visión moderna.

Es imperativo que los editores independientes puedan acceder a las compras estatales en sus países. La edición de textos debe confiarse de manera prioritaria a los editores locales independientes, por un lado para favorecer el desarrollo económico del sector y por otro porque es esencial que los contenidos y los libros sean concebidos y producidos localmente.

Pensamos que es esencial que se establezcan sistemas fiscales favorables a la industria del libro. En particular impuestos reducidos y máximas exoneraciones impositivas para la importación de los insumos necesarios a la fabricación del libro. Deploramos el hecho de que el Protocolo de Nairobi no haya sido firmado, ratificado o respetado por todos.

Reafirmamos nuestra convicción en la interdependencia con los demás actores del mundo del libro: autores, traductores, libreros, bibliotecarios. Somos conscientes que nuestro porvenir está estrechamente vinculado, muy en particular, al de los libreros independientes. No olvidamos que ellos son, al igual que los editores independientes, agentes culturales y sociales fundamentales para la información y la formación de las personas. Editores y libreros deben trabajar mancomunadamente para hacer conocer su independencia y el significado de la misma.

En algunos países la distribución del libro se encuentra en plena desregulación debido a la concentración, lo que amenaza toda la cadena del libro. Hacemos un llamado para que sean reguladas las estructuras existentes y para que se creen estructuras alternativas de promoción y distribución.

Las bibliotecas públicas son un eslabón primordial de la cadena del libro, a través de sus adquisiciones deben reflejar la diversidad cultural y facilitar el desarrollo de la edición local al mismo tiempo que cumplir su papel social de formador de lectores.

Es fundamental que se elaboren y apliquen leyes equilibradas en el ámbito de los derechos de autor, leyes que a la vez de proteger el derecho de los creadores garanticen el acceso al conocimiento. Se trata, fundamentalmente, de impedir el monopolio del conocimiento y una desmesurada apropiación privada del saber. Por otro lado es fundamental el acceso a las nuevas tecnologías ya que estas cumplirán un papel esencial para la bibliodiversidad.

Somos conscientes que al mismo tiempo que reivindicamos y luchamos por nuestros derechos debemos comprometernos a cumplir con nuestros deberes y responsabilidades, tanto culturales, sociales como medio ambientales.

Al cabo de estas cuatro jornadas de trabajo en común constatamos nuevamente que nuestra Alianza de editores independientes es un espacio privilegiado para el encuentro, para el diálogo, para el intercambio cultural, para compartir experiencias y conocimientos profesionales, para concebir y poner en marcha proyectos editoriales innovadores, para elaborar acciones de lobby en apoyo a la edición independiente y a la bibliodiversidad. Tenemos conciencia de que somos los primeros actores de nuestros proyectos y reflexiones.

Finalmente hacemos un llamado a los editores independientes de todos los países para agruparse a nivel nacional, regional e internacional, en asociaciones y colectivos que nos permitan defender mejor nuestros derechos y hacer oír nuestra voz. Juntos y con el apoyo de los poderes públicos, los patrocinadores y los organismos internacionales continuaremos en la defensa y promoción de la edición independiente y la bibliodiversidad.

París, miércoles 4 de julio de 2007

38, rue Saint-Sabin – 75 011 Paris (France) – Tel. 00 33 (0)1 43 14 73 66 –

www.alliance-editeurs.org


Lista de firmas


Sindhu ABEBE, Ediciones Sindhu, Etiopía

Nouri ABID, Ediciones Med Ali, Túnez

Joachim ADJOVI, Association Afrilivres, Benín – colectivo de editores independientes que agrupa 55 editoriales del Africa francófona, al sur del Sahara

Silvia AGUILERA, Lom editorial, Chile

Bahman AMINI, Éditions Khavaran, Irán – Francia

Marie-Agathe AMOIKON FAUQUEMBERGUE, Éditions Éburnie, Costa de Marfil

Pascal ASSATHIANY, Éditions du Boréal, Quebec – Canadá

Bichr BENNANI, Tarik ediciones, Marruecos

Pierre BERTRAND, Éditions Couleur livres, Bélgica

Dominique BIGOURDAN, Éditions Sang de la Terre, Francia

Joseph BOU AKL, Ediciones Dar Al-Farabi, Líbano

Isabelle BOURGUEIL, L’or des fous éditeur, Francia

Indu CHANDRASEKHAR, Tulika Books, India

Russell CLARKE, Ediciones Jacana, África del Sur

Sandro COHEN, Editorial Colibrí, México

Gilles COLLEU, Éditions Vents d’ailleurs, Francia

Arielle CORBANI, Éditions de l’Atelier, Francia

Germán CORONADO, Ediciones Peisa, Perú

Anna DANIELI, Ediciones Trilce, Uruguay

Héctor DINSMANN, Libros de la Araucaria, Argentina

Serge DONTCHUENG KOUAM, Presses Universitaires d’Afrique, Camerún

Jacques DOS SANTOS, Edições Chá de Caxinde, Angola

Iñaki EGAÑA, Editorial Txalaparta, País Vasco – España

Fatma EL BOUDY, Elain Publishing, Egipto

Jose Mari ESPARZA, Editorial Txalaparta, País Vasco – España

Marc FAVREAU, The New Press, Estados Unidos de América

Araken GOMEZ RIBEIRO, Editora Contra Capa y Liga Brasileira de Editores (LIBRE), Brasil – colectivo de editores independientes que agrupa 100 editoriales

Müge GURSOY SOKMEN, Ediciones Metis, Turquía

Agnès GYR-UKUNDA, Éditions Bakame, Ruanda

Sofiane HADJADJ, Éditions Barzakh, Argelia

Pablo HARARI, Ediciones Trilce, Uruguay

Susan HAWTHORNE, Spinifex Press, Australia

Jutta HEPKE, Éditions Vents d’ailleurs, Francia

Dorothée-Gérard HOUESSOU, Les éditions du Flamboyant, Benín

Federico IBÁÑEZ, Asociación Bibliodiversidad, España – colectivo de editores independientes que agrupa 129 editoriales

Guido INDIJ, La marca editora y Los Editores independientes de Argentina por la diversidad bibliográfica (EDINAR), Argentina – colectivo de editores independientes que agrupa 33 editoriales

Yasmin ISSAKA, Éditions Graines de pensées, Togo

Aline JABLONKA, Éditions Charles Léopold Mayer, Francia

Ivana JINKINGS, Boitempo Editora, Brasil

Renate KLEIN, Spinifex Press, Australia

Hamidou KONATÉ, Éditions Jamana, Malí

Octavio KULESZ, Libros del Zorzal, Argentina

Béatrice LALINON GBADO, Éditions Ruisseaux d’Afrique, Benín

Alvaro LASSO, Ediciones Estruendomudo, Perú

Anne LIMA, Éditions Chandeigne, Francia

Sami MENIF, Cérès éditions, Túnez

Ritu MENON, Ediciones Women Unlimited y Independent Publishers’ Group, India – colectivo de editores independientes que agrupa 10 editoriales

Anita MOLINO, Federazione Italiana degli Editori Indipendenti (FIDARE) Italia – colectivo de editores independientes que agrupa 87 editoriales

Julie MONGEAU, Les éditions écosociété, Quebec – Canadá

Auguste MOUSSIROU-MOUYAMA, Les éditions du Silence, Gabón

Pablo MOYA, Alianza de editoriales mexicanas independientes (AEMI), México – colectivo de editores independientes que agrupa 15 editoriales

Aïda et Nabil MROUEH, Éditions Al-Intishar, Libano

Jean-Claude NABA, Sankofa & Gurli éditions, Burkina Faso

Abdeljalil NADEM, Éditions Toubkal, Marruecos

Lidio PERETTI, Editora Vozes, Brasil

José Antonio QUIROGA, Plural Editores, Bolivia

Claude RABENORO, Éditions Tsipika, Madagascar

Marie-Michèle RAZAFINTSALAMA, Presse Edition et Diffusion, Madagascar

Jean RICHARD, Éditions en bas, Suiza

Juan Carlos SÁEZ, Asociación de editores independientes, universitarios y autónomos de Chile (EDIN), Chile – colectivo de editores independientes que agrupa 35 editoriales

Rodney SAINT-ÉLOI, Éditions Mémoire d’encrier, Haïtí – Canadá

Asdrúbal SÁNCHEZ, Editorial Laboratorio Educativo, Venezuela

André SCHIFFRIN, The New Press, Estados Unidos de América

Virginie SÉGUINAUD, Éditions Donniya, Malí

Abdulai SILA, Ku Si Mon Editora, Guinea Bissau

Paulo SLACHEVSKY, Lom Editorial, Chile

Bernard STEPHAN, Les éditions de l’Atelier, Francia

José TAVARES, Editora Campo das Letras, Portugal

Roger TAVERNIER, Éditions Emina Soleil, Francia

Susannah TREFGARNE, Zed Books, Reino Unido

Abdón UBIDIA, Editorial El Conejo, Ecuador

Marcelo URIBE, Ediciones Era, México

Jacqueline WAGENSTEIN, Colibri Books, Bulgaria

Cristina WARTH, Pallas Editora, Brasil

XUE Kuisong, Ediciones Sanlian, China