Thursday, November 08, 2007

Pinta tu aldea

Por Carolina Sborovsky

¿Cómo narrar la ciudad propia, el barrio, el universo de la cuadra? ¿Cómo volver a mirar el paisaje de los recorridos cotidianos?, ¿qué vuelve propio, íntimo -en definitiva: literario- a las anécdotas que se suceden sobre las desgastadas veredas de todos los días cuando la ciudad, el barrio, el universo de la cuadra muta hasta volverse irreconocible? Dos antologías de reciente aparición proponen mapas narrativos: en Diagonal Sur (Edhasa) cinco de los mejores escritores latinoamericanos cuentan su relación con su ciudad, mientras que en Buenos Aires escala 1:1 (Entropía) “la joven guardia” de nuevos narradores prueba su oficio mediante una travesía de 25 relatos sobre distintos barrios porteños.

Entre el amor y el espanto: Diagonal Sur.

Ciudad monstruo, ciudad volcán de deseos, ciudad sitiada por la hostilidad de vicarios y matarifes por nada, ciudad convertida en brillante fetiche a través de los ojos de quien vuelve desde lejos a mirarla. Así describen su propia ciudad y la relación íntima que con ella guardan Juan Villoro, Alan Pauls, Patricia Melo, Marcelo Cohen y Pedro Lemebel. Varias décadas más tarde de aquella citadísima declaración de Borges según la cual era el espanto -y no el amor- lo que lo ataba tan profundamente a Buenos Aires, cinco brillantes voces de la narrativa actual exploran y despliegan un amplio repertorio de sentimientos posibles entre esos polos. Y, si bien la perplejidad ante la ciudad que de tan diversa se volvió inabarcable es el sentimiento que recorre con más fuerza a todos los relatos, la diversidad y la vocación por el experimento de cada escritor vuelve esta antología una experiencia en sí misma.

Juan Villoro persigue el vértigo horizontal del Distrito Federal de México y su posapocalíptica belleza: el narrador, perdido en uno de los tantos barrios desconocidos, repite cual mantra “¿por qué carajo vivimos acá?”. Otro es el camino de Marcelo Cohen. Su deslumbrante relato celebra la vivacidad del barrio del Once, populoso mercado de la baratija a cielo abierto, entre lo mersa de sus carteles de lencería al por mayor, la festividad de comederos peruanos, el bullicio de todos los dialectos que allí se gritan superpuesto al de las disquerías y la solemne liturgia de un shabat. Lo sorprendente de Cohen – digámoslo: uno de los mejores escritores porteños de su generación junto a Pauls, también antologado, y a Jarkowski- es su pericia para encontrar allí donde pareciera que nada nuevo hay par decir un relato agudo y mordaz: “Algo hay que hacer con la excitación sobreinducida y atascada, ¿no? En el modelo actual que predomina, una vida es una larga rutina jalonada de orgías; la consigna del Once es: “Miniorgías para todos ¡ahora!”.

Por su parte, la única escritora de la selección, Patricia Melo, revela su fórmula secreta para novelar la violencia incontenible de San Pablo y Río de Janeiro, su encuentro con matadores a sueldo para escribir sus célebres policiales negros (o non fictions); Alan Pauls, otra vez, nos recuerda cómo lo habitual puede volverse monstruoso, por ejemplo, en una esquina del barrio de Caballito en un delicioso diario clínico muy “pauls”; Pedro Lemebel deambula por los suburbios del gay town de Santiago de Chile: el asfalto, puro fuego; los reductos under, una masa de deseos entreverados, a la vez que no se priva de explotar comparaciones y chicanas entre porteños y transandinos.

Un gran mérito de esta selección es tener en cuenta que quien decide comprar una antología busca un panorama diverso y de calidad sobre la producción actual. Esta cuidada selección a cargo de Graciela Speranza y Matilde Sánchez, editada como secuela del Segundo Encuentro de Pensamiento Urbano en Buenos Aires en un simpático diseño pocket, ofrece un puñado de voces potentes y heterogéneas.

En el prólogo que abre el libro las escritoras opinan que: “Pensamiento, arte y ciudad se vuelven indiscernibles en el siglo XX. Pero el idilio más o menos esperanzado con la ciudad se volvió puro espanto. En todas las metrópolis y también en Buenos Aires las diferencias sociales recrudecen los enfrentamientos y desalientan el contacto. Aún así no hay más allá de las ciudades”. No todo es desconsuelo, sin embargo, ya que “mientras buena parte de la política se encierra en un pragmatismo obstinado, el arte hace las preguntas más impertinentes. La literatura puede anticipar direcciones de la vida urbana aún impensadas”. Tendremos que agudizar, entonces, el ingenio; forzar la imaginación para recrear nuestros gastados espacios diarios.

Barriales
Desde hace un tiempo, la nueva generación de narradores denominados por la primera antología que los reunió como “la Joven Guardia” viene demostrando que la ficción porteña se renueva con auspiciosa vitalidad. A partir del suceso de esa primera selección, siguieron varias otras como la femenina Una terraza propia (Norma), la picante En Celo, sobre sexo, editada por Mondadori que acaba de sacar In Fraganti, a partir de resonados casos policiales argentinos. La consigna de Escala 1:1 (Entropía), esta vez, fue contar los barrios de Buenos Aires. Aquí la “Joven Guardia”, ya ampliada, dibuja un mapa literario, una travesía de veinticinco relatos alejados de cualquier guía turística. Fijados con la precisión del cronista atento, cada uno es una muestra de fidelidad a las calles tantas veces recorridas donde conviven la capacidad de observación, la sensibilidad para el ritmo y el desenfado para contar.

Entre toda la paleta, algunos textos son verdaderos hallazgos, como “Eleven”, de Natalia Moret, quien elude tics de chica sexualmente liberada y da una ingeniosa vuelta de tuerca a ese clisé; “Animetal”, el genial cuento en el que Leo Oyola crea un potente voz lumpen (e incluso la parodia) en una helada noche en el Bajo Flores; “Capacidad de adaptación”, un agudísimo micro- memoir de Sonia Budassi; “Autocine” del también actor Mariano Pensotti y “En la santería”, la filosa excursión a la sordidez barrial de Hernán Vanoli. La primera persona y las anécdotas casi mínimas en la mayoría de los relatos da a esta antología un tono bastante íntimo, en algunos casos nostálgico o de reflexión en voz alta que, junto con el estilo llano, directo y el leve cinismo para tratar ciertos temas caracterizan a esta nueva generación. Quizás otros relatos, menos afortunados, vuelvan algo despareja la calidad total de la colección, o de a momentos algunos (pocos) la vuelvan monocorde; sin embargo esa heterogeneidad, creemos, puede ser tomada como parte de la consigna y el riesgo de la antología.

La Buenos Aires que se dibuja es contradictoria, festiva, cruel y bestial. Heterogénea y fascinante, cada relato arma figuras caprichosas en el vertiginoso calidoscopio de nuestra urbe. Como advierte el escritor y compilador Juan Terranova: “Buenos Aires incluye tanques de agua teñidos de óxido, terrazas llenas de macetas, calles bien y mal iluminadas, parques reciclados, avenidas y edificios, personajes excéntricos y para cada uno de sus habitantes, la poética del recorrido privado. Además, sus aldeas, a las que llamamos barrios, generan sus historias y sus formas de desprecio y seducción”.